INTERNACIONAL
19/03/2016 10:46 CET | Actualizado 21/03/2016 17:02 CET

Puerto Rico reivindica su identidad hispana en el cierre del congreso de la lengua

El presidente de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, José Luis Vega/EFE

Si alguno de los escritores, académicos invitados o periodistas que llegaron desde fuera a Puerto Rico para el VII Congreso Internacional de la Lengua Española pensaban que el dominio estadounidense sobre la isla desde 1898 había debilitado su cultura hispana, se habrá dado cuenta de que vivía en el error. Y la clausura del congreso de ayer viernes fue otra ocasión para demostrarlo.

Tomó primero la palabra José Luis Vega, el director de la Academia Puertorriqueña de la Lengua quien, como si se hubiera quedado con una espina clavada al escuchar al rey de España decir durante la inauguración del congreso que estaba en territorio estadounidense, mostró su alegría por el hecho de que Puerto Rico haya organizado “el primer congreso de la lengua española que se celebra en un país antillano”. Ninguna referencia cariñosa sobre la pertenencia de la isla a los EEUU, una cuestión muy problemática en un territorio cuyo estatus político está en cuestión permanentemente.

Y siguió Vega su discurso reivindicando la fuerte identidad hispana de la isla, y recordando al lingüista José Manuel Blecua, que fue director de la RAE y que un día, en Argentina, afirmó que "el español actualmente es un idioma americano con un apéndice europeo". Y para dejar las cosas claras, añadió: “Me temo que al burgalés le hace poca gracia la idea del apéndice, pero la realidad es que los hablantes de España suponen sólo el 10% de los 500 millones de hispanohablantes”. Tiró también de clásicos como Martí para demostrar que el español del Caribe, "hijo de las variedades andaluza y canaria", no tiene nada que envidiar al castellano mesetario que en otra época marcó la regla de lo que era hablar bien y hablar mal el español. Todo dicho con mucha suavidad, pero todo muy contundente.

Así que las dos ponencias que vinieron después, la del cubano Leonardo Padura y la de la puertorriqueña Luce López Baralt quedaron quizá un poco desplazadas del magma emocional del acto de clausura. Y eso que fueron bastante interesantes.

El congreso ha sido un éxito, con más de 8000 personas que han participado en los distintos actos.

La de Padura fue un análisis de cómo se generó una cultura nacional genuinamente cubana a lo largo del siglo XIX, que tuvo a la ciudad de La Habana de emblema y símbolo. Un proceso liderado por determinados sectores de la alta burguesía de la ciudad que, a través de tertulias y algunas obras que se escribieron en aquellos años, fueron alimentando un camino que culminó con la independencia. Pero que luego recibió nuevas aportaciones muy valiosas a través de la obra de escritores como Alejo Carpentier, con su Habana barroca de El siglo de las luces, o Cabrera Infante y su idioma habanero literario. Sin embargo, Padura acabó su intervención diciendo que ese camino parece haber entrado en crisis de unas décadas a esta parte, y que la narrativa de autores como Reinaldo Arenas o Pedro Juan Gutiérrez -y también la suya, aunque no lo dijo- reflejan más bien una deconstrucción de la ciudad, conmocionada por “sus ruinas, sus vacíos y sus fantasma”.

Con una gran erudición académica, la autora puertorriqueña Luce López Baralt partió de Borges para hablar de la conversación en torno a Cervantes que se ha producido a un lado y otro del Atlántico, recordando cómo "los cronistas vieron las Américas bajo el prisma de las novelas de caballería" y estableciendo una relación entre el lo real-maravilloso y el mundo cervantino. Porque "Cervantes, íntimamente, amaba lo sobrenatural".

Cuando la audiencia ya estaba metida en cuestiones literarias, volvieron los agradecimientos institucionales. Pero como la diplomacia está para mantener la amistad entre hermanos, el secretario general del Instituto Cervantes, Rafael Rodríguez-Ponga evitó todo polémica política o lingüística y fue por la vía más sencilla, la de reivindicar el amor por Puerto Rico. Habló de que había tenido profesores puertorriqueños en la universidad que eran estupendos, de que pasó allí su luna de mil, y de que desde este congreso, todos nos sentiremos un poco más de la isla: “Puerto Rico es un ejemplo mundial de lealtad lingüística y de reivindicación de libertad individual y colectiva. Puerto Rico es un ejemplo de búsqueda de la libertad cultural y la libertad lingüística para los hipanohablantes y para los hablantes de otras lenguas en cualquier otra parte del mundo”.

Y es que el congreso tiene pinta de haber salido bastante bien. Como para acabar fundidos en un abrazo. 8000 personas han participado en los distintos actos, ha habido 141 ponentes, entre ellos dos premios Nobel, y se han acreditado 287 periodistas. Y los pasillos han estado llenos permanentemente de gente charlando y disfrutando en conversación con muchos de los ponentes.

Una cosa es que los buenos hermanos discutan por diferencias, muchas veces muy legítimas, y otra cosa es que no se quieran.

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