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05/08/2018 10:24 CEST | Actualizado 05/08/2018 10:24 CEST

'Fedra' o Lolita vuelve a cantar "Amor, amor, amor"

Festival de Mérida/Jero Morales
Lolita en Fedra de Paco Bezerra dirigida por Luis Luque

Siempre hay dudas en darse o no la paliza para ir al Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. La ola de calor no lo favorece. El caso es que se estrenaba una tragedia griega,Fedra, en versión de Paco Bezerra junto a su sospechoso habitual en esto de hacer teatro, el director Luis Luque, experto en montar sus obras, algunas con verdadero acierto (¿recuerdan Lulú?). Y protagonizaba Lolita, quien ya dejara sin habla a tiros y troyanos en La plaza del diamante. A lo que se añadía el siempre incomparable marco del Teatro Romano de Mérida. Así que no resultaba difícil caer en la tentación.

Y la tentación dio sus frutos. Primero con esa escenografía que ha creado Mónica Boromello que, por un lado, extraña al entorno y, por otro, ni lo desdice ni lo maldice, como otras que se han podido ver allí. Una escenografía que uno no puede dejar de mirar gracias a los cambios que permiten las proyecciones de Bruno Praena. Que se muestra y recuerda a una mujer abierta de piernas como el famoso cuadro de Courbet, "El origen del mundo" (aunque la nota de prensa dice que es el hueco del corazón). A lo que se añade un simple tálamo o cama en la que amarse y, también, en la que meterse para desesperarse.

Cómo consigue Luis Luque, el director, que sin apenas movimientos o acciones en esa relativamente sencilla escenografía uno vea la obra con interés, es un misterio. Y que el texto no resulte dicho sino accionado, interpretado, actuado. Lo cierto es que su mano no se ve, no se nota. Típico de directores que se ponen al servicio. Al servicio de que se entienda la obra, de los actores, de los espectadores.

Ambos profesionales crean las condiciones de posibilidad en las que el texto de Bezerra dice más allá de las palabras. Adquiere en sus monólogos y en sus frases poéticas como puños ese aire trágico del melodrama, entendiendo muy bien que este es el género trágico por excelencia de nuestro tiempo. La actualización popular de la tragedia griega o romana en la que Lolita pueda decir sus frases y sus monólogos como una trágica. Lo que el público agradece con aplausos varias veces a lo largo del espectáculo. Y que permite ese juego de energías que se establece entre ella, su personaje y el resto de sus compañeros-personajes. El entusiasmo natural y terreno de Hipólito (Críspulo Cabezas) que sabe que sus inclinaciones y deseos no son aceptables, el aire de rey castrense de Teseo (Juan Fernández) y de Akamante (Eneko Sagardoy) y la calma fría, la serpiente de la razón que repta prudente, de Enone (Tina Sainz). Un juego, equilibrio y desequilibrio, un latido, que puntualiza la música sutil y leve de Mariano Marín.

Nada de esto sería importante si no hubiera nada que contar. Serían meros aspectos técnicos a los que seguramente el público no hubiera reaccionado con el entusiasmo que lo hizo la noche del estreno. Porque lo primero es el cuento. Es el viaje a la grieta en el volcán donde todo se quema. Donde todo arde. Bajo un cielo de olas y rodeado por un mar de nubes. Donde se da lo extraño, lo raro, como ese amor poco acostumbrado de Fedra por Hipólito, el de una madrastra por su hijastro al que ha criado y saca 20 años.

Un amor que individualiza frente a la sociedad, la misma que normaliza las costumbres, las formas y tiende a convertirla en reglas universales. El amor que nos hace sentir únicos. Únicos por lo que se siente, pues no parece posible que otros lo sientan y, parece imposible que el otro o la otra, los objetos de nuestro amor, no lo sientan. El amor, esa enfermedad, esa alimaña, ese deseo incapaz de ser satisfecho, al que se sucumbe en contra de todo lo razonable, incluso cuando no es correspondido. Se necesita una gran trágica intuitiva y vintage, como Lolita, para poder decir esto sin sonrojarse, alguien que lleve cantando "Amor, Amor" tanto tiempo. Para poder decir esto, en cierta disonancia con el resto, actores más del método, y que el público calle, que prefiera el calor al abanico mientras ella hable y que aplauda y grite bravo de forma espontánea a lo largo del espectáculo y al final.

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