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08/04/2013 19:41 CEST | Actualizado 08/06/2013 11:12 CEST

The Lady

Su muerte deja huérfano a un gobierno tory que llegó al poder en el momento de cambio de ciclo, cuando John Major, Tony Blair y Gordon Brown habían apurado hasta el final la bonanza generada por unas políticas que hicieron creer superada para siempre la teoría de los ciclos económicos, y que no acaba de dar con la llave de un nuevo modelo.

"Ser poderoso -dijo una vez Margaret Thatcher- es como ser una dama: si tienes que decir que lo eres es que no lo eres". Margaret Thatcher fue sin ninguna duda ambas cosas. Su muerte me pilla leyendo La línea de la belleza, una excelente novela de Alan Hollinghurst, ganadora del Man Booker en 2004 -el premio más influyente de las letras británicas-, en la que aparece como punto de referencia constante.

The lady, como la llaman los personajes de Hollinghurst, unos con más ironía que otros, marcó sin duda una época que se extiende desde la guerra de las Malvinas, en 1980, campaña a la que se precipitó contra el consejo de una gran parte de su entorno y que le granjeó una oleada de apoyo que le permitió sobrevivir a la impopularidad de las drásticas medidas económicas adoptadas por su primer gobierno, hasta que la caída de Lehman Brothers, en 2008, echó la primera paletada de tierra sobre la burbuja financiera creada por su política desregulatoria.

Si el nombre de Clement Atlee -otro de los grandes primeros ministros británicos del siglo XX- quedará ligado a la creación del estado del bienestar tras la victoria en la segunda guerra mundial, el de Margaret Thatcher es indisociable de la privatización económica, del big-bang que liberó a los mercados financieros de la City de unas cautelas y limitaciones que le impedían competir en la arena global, del petróleo del Mar del Norte que convirtió al Reino Unido en un petroestado, con el enorme impacto que ello tuvo en la City, del famoso cheque británico en Bruselas (I want my money back), de la división del partido tory a cuenta de la Unión -entonces Comunidad- Europea y de un impuesto local mal concebido, el infausto poll tax, cuya impopularidad se convirtió en una de las principales causas de su caída.

Su muerte deja huérfano a un gobierno tory que llegó al poder en el momento de cambio de ciclo, cuando John Major, Tony Blair y Gordon Brown habían apurado hasta el final la bonanza generada por unas políticas que hicieron creer superada para siempre la teoría de los ciclos económicos, y que no acaba de dar con la llave de un nuevo modelo. Tuvo muchos detractores y los tiene todavía. Es difícil no preguntarse si los excesos de la industria financiera que hoy tanto lamentamos o la hiriente desigualdad de la sociedad británica actual hubieran sido posibles sin su política privatizadora y desregulatoria. Pero también lo es preguntarse si el singular crecimiento económico del país desde mediados de los ochenta hubiera sido el mismo sin el thatcherismo. Sea cual sea la respuesta a estos interrogantes, pocos dudan de que su enorme sombra continuará proyectándose durante mucho tiempo sobre la política británica.

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