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02/06/2018 11:32 CEST | Actualizado 02/06/2018 11:32 CEST

Vivienda delirante, ciudad menguante

Imagen de archivo de una vivienda en alquiler.
Getty Images
Imagen de archivo de una vivienda en alquiler.

El 77,8% de los residentes en España tiene una vivienda en propiedad y eso amortigua la desigualdad en patrimonio. Sin embargo la desigualdad en renta, consumo y riqueza crece; y se acentúa mucho en las mujeres. Según el Banco de España, hasta 2014, y más ralentizada hasta 2016, "la desigualdad por renta en España es una de las mayores de la UE. Este fenómeno se ha agravado con la crisis y se debe sobre todo a la pérdida de empleo". A la pérdida de viviendas por desahucios y a la subida desproporcionada de los alquileres, se le pueden llamar "efectos indeseables de la crisis"; pero representan, más que nada, el fracaso de las políticas de vivienda que han dado al traste con el parque público de vivienda y suelo. Un fracaso que magnetiza a quienes quieren reproducirlo más pronto que tarde.

Casi nadie se acuerda de la polémica y el debate de la vivienda en el Pleno del Congreso en 2001, -con Zapatero de aspirante a la Presidencia del Gobierno-, de la creación y desaparición del Ministerio de Vivienda, en 2010, junto con la también efímera Sociedad Pública del Alquiler, en 2012. El atractivo por la retórica de la vivienda y la enfática dedicación de los políticos españoles al proyecto inmobiliario tiene su reflejo dramático en la situación que se vive ahora: desaparición de la vivienda pública en propiedad y el alquiler, cambio de operadores y operaciones, aunque como sostiene el catedrático José García Montalvo, "las leyes del suelo tienen muy poco efecto sobre el precio del suelo"; y mucho que ver con la gestión municipal, la financiación y el crédito o las subvenciones. La titularización hipotecaria encadenada que dio lugar a la burbuja de 2008 y a la caída del mercado, han llevado a mucha gente a la pobreza.

El delirio de la vivienda constituye un factor de precariedad de las ciudades en España

A su pesar, el ministro de Fomento es un desarrollista convencido, como demuestra el PGOU de Santander; pero le hace competencia el Ministerio de Energía, Turismo y Agenda Digital, que es el que está de moda, porque maneja los fondos para energía y para el desarrollo imparable del turismo con las subidas de precios que luego gestionan -no los ayuntamientos (porque ya no tienen parque público de alojamientos)- los fondos de inversión. El Banco de Santander vendió a Blackstone en 2017 el 51% del ladrillo del Banco Popular por más de 5.000 millones; para entonces, los concursos de acreedores, absorciones o liquidaciones, ya habían dado al traste con Parquesol o Martinsa-Fadesa, y la quiebra de Reyal Urbis (con 4.600 millones de euros de pasivo) en 2017. Las nuevas estrellas de los fondos de inversión son, entre otras, Neinor Homes, Vía Célere, Aelca, Aedas Homes o Kronos, etc. Eso junto con las resucitadas Realia, Quabit, Amenabar, Pryconsa, Ferrocarril, o ACR. Es un constante flujo de fusiones galácticas, casi imposible de seguir, cada vez más centrado en los apartamentos turísticos y el alquiler.

El nuevo "precariado" que está surgiendo de la crisis de civilización que venimos padeciendo

Con el tiempo ha venido a demostrarse que el delirio de la vivienda constituye un factor de precariedad de las ciudades en España, aunque muy pocos urbanistas, arquitectos, economistas y políticos acertemos a ver qué hay que cambiar en el modelo estructural de la economía española, que suele devorar cíclicamente a sus promotores y va dejando cada vez más corrupción en la estela del urbanismo inmobiliario. Este modelo económico del ladrillo o del low cost, resurge de sus cenizas una y otra vez, y vuelve a dejar a las ciudades sin apoyo para políticas alternativas de planificación sostenible. La hipoteca del suelo urbanizable comprometido en manos del Sareb y de manos privadas es la más grande de la historia. Una operación brutal de reasignación y apropiación de rentas está teniendo lugar a la vista de todos. Un re-saqueo, frente al que los ayuntamientos se encuentran desguarnecidos: entre otras cosas, porque no comprenden los nuevos fenómenos y siguen pensando en el turismo de masas como en la salvación del ladrillo, que ya se ha visto donde nos llevó; de la energía, que vemos ahora dónde nos está llevando con la contaminación y la dependencia del carbono; y de la industria alimentaria, controlada por la logística de Amazon y la asfixia de los productores agroalimentarios en origen que controla Mercadona.

Engels ya hablaba del trabajo a domicilio y muchas de sus reflexiones valdrían hoy

Cuando se habla en algunas administraciones autonómicas del acceso a la vivienda dan ganas de regalarles el libro de Engels, a los que desconocen el nuevo "precariado" que está surgiendo de la crisis de civilización que venimos padeciendo y de las altas tasas de acumulación del capital financiero a través del desplome de los servicios básicos, del trabajo precario y del salario de pobreza que crean una ciudad informal, chantajista y privatizada para los privilegiados. Engels ya hablaba del trabajo a domicilio y muchas de sus reflexiones valdrían para unos trabajadores autónomos que se tienen que pagar su existencia con subsidios, becas o limosnas para poder trabajar. La "ciudad revanchista"; que Neil Smith ha definido como resultado de la "captura-robo"; de rentas, riqueza y consumo a los ciudadanos, a costa de cualquier sentido de la justicia, el equilibrio y la responsabilidad con ellos.

Esa ciudad, hostil a la mayoría y magnánima con la minoría, se está consolidando. Hay que deshacerla democráticamente, antes de que nos duela el urbanismo suicida, tanto o más que el turismo masivo: ambos nos están haciendo la vida imposible, a costa del delirio de la vivienda en alquiler, que está haciendo menguar a la ciudad debido al efecto de los mangantes y las plataformas ilegales, sobre las formas democráticas de los gobiernos locales. Ante la mirada atónita de tantos que no se quieren enterar de los cambios que se han producido en estos diez años que van de 2008 a hoy, la ciudad se hace menguante en el delirio de la vivienda.

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