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05/10/2015 06:55 CEST | Actualizado 05/10/2016 11:12 CEST

El 'dislike' de Facebook como síntoma

La seña de identidad más fuerte de la cultura americana, que gracias a los libros de autoayuda, se ha convertido en tendencia planetaria, es la necesidad de ser positivos siempre como forma de hacer sentir al individuo que está en control de su destino. Esta idea es peligrosa y crea el efecto contrario que pretende producir.

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En su excelente y ya algo olvidado libro, a pesar de ser relativamente reciente, Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo (2009), la autora norteamericana Barbara Ehrenreich ajustaba cuentas con su propia cultura.

No era un empeño fácil, ya que el libro cuestionaba la que quizás sea la seña de identidad más fuerte de la cultura americana contemporánea y que, gracias a los libros de autoayuda, se ha convertido en tendencia planetaria: la necesidad de ser positivos siempre como forma de hacer sentir al individuo que está en control de su destino, por adverso que sea.

No en vano se habla poco de la carga eufemística del idioma inglés actual, en el que casi siempre las dificultades insalvables se denominan retos (challenges), la muerte de un familiar o sufrir una enfermedad incurable equivale a tener algunos problemas personales (personal problems), un trabajo catastrófico puede mejorarse (needs improvement) y un plato de sabor espantoso, sobre todo si es de una cultura culinaria desconocida, es simplemente diferente (different).

Ehrenreich viene a decir que esta idea es peligrosa y crea el efecto contrario que pretende producir en la gente, es decir, mayor dosis de infelicidad. Que la vida también tiene un componente de azar y parcelas en las que controlarlo todo no es posible. Que, si uno no es rico o no encuentra trabajo, no es porque no se haya esforzado lo suficiente o no tenga la personalidad adecuada; que uno puede tener cáncer aun teniendo una dieta rica en verdura, frutas, fibra, y andando 10 kilómetros todos los días; o que un padre puede tener un hijo drogadicto habiendo hecho sus deberes.

Según la autora, la optimista idea de que somos los capitanes de nuestro barco en todo momento estaría causando más daño que beneficio, poniendo en muchos individuos una carga mental innecesaria que causa un estado de ansiedad permanente.

Por eso sabía que, cuando se anunció la noticia de que Facebook tiene pensado implantar un botón para expresar desagrado por algo (dislike, que es una palabra que se usa bastante poco, ya que cuando algo no gusta, simplemente se silencia sin más), la sangre no iba a llegar al río. Básicamente, lo que Facebook está estudiando es la posibilidad de que los usuarios puedan expresar su desagrado ante una mala noticia o una situación injusta, pongamos la noticia de una hambruna o un asesinato en masa en una escuela.

Hasta ahora, la única opción para los usuarios de Facebook más participativos era pulsar el botón de like, lo cual era ciertamente equívoco. Facebook no pretende alterar ni un ápice aquello que ha sido el secreto de su éxito, o sea, el buen rollo y la capacidad de la gente de contagiar energía positiva y metamorfosearse para mejor.

Y, sin embargo, no sé hasta qué punto Facebook llega tarde en lo del dislike. Los millennials ven ya Facebook como una antigualla, un reducto de viejos (sus padres), y se están pasando masivamente a Twitter, donde los trending topics son muchas veces polémicos, discusiones cuerpo a cuerpo, una declaración altisonante.

Acaso tanto optimismo y energía positiva esté acabando por aburrir al personal.