Cómo se crean 16 céspedes idénticos para que el balón bote igual ante Messi en Toronto que en Guadalajara: la ciencia oculta del Mundial
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Cómo se crean 16 céspedes idénticos para que el balón bote igual ante Messi en Toronto que en Guadalajara: la ciencia oculta del Mundial

Un equipo de científicos lleva ocho años trabajando para lograr algo que parece imposible: que los mejores futbolistas del planeta jueguen sobre superficies prácticamente idénticas en los 16 estadios repartidos entre Estados Unidos, México y Canadá.

Alemania celebra uno de sus siete goles ante CuraçaoMarvin Ibo Güngör GETTY IMAGES

Cuando Lionel Messi controle un balón durante este Mundial, la FIFA quiere que sienta exactamente lo mismo en Toronto que en Guadalajara. Que el balón ruede igual, que el césped responda de la misma manera, que un cambio de dirección, una arrancada o un control orientado no dependan de si el partido se disputa bajo el intenso calor mexicano, la humedad de Florida, la altitud de Ciudad de México o el techo cerrado y climatizado de un estadio estadounidense.

Parece un detalle menor, una preocupación reservada para jardineros obsesivos o técnicos de mantenimiento. Sin embargo, detrás de esa idea se esconde uno de los proyectos más ambiciosos y menos conocidos del Mundial 2026. Porque organizar una Copa del Mundo en tres países distintos ya supone un desafío gigantesco. Conseguir que los futbolistas jueguen prácticamente sobre el mismo campo en dieciséis estadios diferentes es algo todavía más complejo.

Para resolver ese problema, la FIFA lleva trabajando desde 2018 con un grupo de investigadores liderado por John Sorochan, profesor de ciencia y gestión del césped en la Universidad de Tennessee. Su misión ha sido sencilla de explicar y extremadamente difícil de ejecutar: construir dieciséis superficies capaces de comportarse de forma casi idéntica durante más de un mes de competición al máximo nivel.

Un Mundial, 16 campos distintos

A simple vista, todos los terrenos de juego parecen iguales. Rectángulos verdes con las mismas dimensiones, las mismas líneas y las mismas porterías. Pero para quienes trabajan en ellos, cada estadio representa un mundo completamente diferente.

El Mundial 2026 se disputa en tres países y dieciséis sedes. Algunas están a nivel del mar y otras a gran altitud. Algunas permanecen cubiertas y climatizadas durante todo el año. Otras están expuestas a lluvias torrenciales, olas de calor o cambios bruscos de temperatura. Incluso varios estadios han tenido que sustituir superficies artificiales por césped natural para cumplir con las exigencias de la FIFA.

La dificultad consiste en que los futbolistas apenas perciban esas diferencias.

La organización quiere que el comportamiento del balón sea prácticamente idéntico en cualquier estadio. Que un pase raso mantenga la misma velocidad. Que un control orientado responda de manera similar. Que los jugadores no tengan que adaptarse al terreno cada vez que cambian de ciudad.

La obsesión llega hasta el punto de intentar estandarizar factores que el espectador medio ni siquiera percibe. La densidad de la hierba, la profundidad de las raíces, la firmeza del terreno o la capacidad de absorción de impactos forman parte de una ecuación que lleva años desarrollándose en laboratorios y campos de pruebas.

El hombre que no mira el partido

Sorochan admite que ya es incapaz de ver un encuentro como un aficionado normal.

Mientras millones de personas siguen una jugada, una ocasión de gol o una polémica arbitral, él mantiene parte de su atención en el césped.

"Siempre estoy observando el campo de alguna manera", explicó recientemente al New York Times. "Si un jugador resbala o se cae, inmediatamente pienso cuál ha sido la causa".

Su historia es curiosa. Nació en Calgary, Canadá, y comenzó estudiando Ciencias Políticas y Geología. Durante un tiempo creyó que acabaría trabajando como abogado relacionado con la industria energética. Sin embargo, un empleo en un campo de golf cambió por completo sus planes.

Aquella experiencia despertó su interés por el mantenimiento de superficies deportivas y acabó llevándole a la Universidad Estatal de Michigan, donde empezó a especializarse en la ciencia del césped.

Allí participó en uno de los grandes desafíos del Mundial de Estados Unidos de 1994: encontrar la manera de cultivar y mantener hierba natural dentro del Silverdome de Detroit, un estadio cubierto donde apenas entraba luz natural.

Aquella experiencia le dejó marcado. Recuerda observar desde las alturas cómo el uso intensivo deterioraba determinadas zonas del campo y preguntarse constantemente qué podía hacerse para mejorarlo. Tres décadas después sigue buscando la respuesta.

La máquina que da patadas al césped

Para preparar este Mundial, Sorochan y su equipo han recurrido a tecnología que parece más propia de un laboratorio de ingeniería que de un estadio de fútbol.

Uno de sus desarrollos más llamativos es una máquina llamada Flex. Su funcionamiento es tan simple como sofisticado. Utiliza un pie fabricado mediante impresión 3D, equipado con tacos similares a los de unas botas profesionales, que golpea repetidamente la superficie para simular la interacción de los futbolistas con el terreno.

Los sensores instalados en el sistema permiten medir la tracción, la estabilidad, la absorción de impactos o la energía que devuelve el césped al jugador después de cada apoyo.

La máquina puede reproducir el peso y la fuerza de deportistas de características muy diferentes, desde un niño que juega al fútbol hasta un jugador profesional de gran envergadura.

Toda esa información permite comparar estadios situados a miles de kilómetros de distancia y ajustar sus parámetros para que el comportamiento final sea lo más parecido posible.

Pero los investigadores no solo estudian cómo se mueve el futbolista. También analizan cómo se mueve el balón.

Uno de los aspectos más importantes es el bote. Parece un detalle menor, pero puede cambiar por completo el desarrollo de una jugada. Si un balón se eleva demasiado después de tocar el suelo, obliga al jugador a controlar con el pecho o modificar su posición. Si el bote es limpio y predecible, la jugada mantiene toda su fluidez.

A nivel profesional, esas diferencias pueden decidir partidos.

La ventaja invisible de España

Sorochan está convencido de que la evolución de los terrenos de juego ha transformado el fútbol moderno mucho más de lo que la mayoría de los aficionados imagina.

Cuando se habla de los cambios experimentados por este deporte suelen mencionarse la preparación física, la nutrición, la tecnología o las botas. Sin embargo, las superficies también han vivido una revolución silenciosa.

Los viejos campos embarrados, irregulares y castigados por el uso han dado paso a auténticas alfombras diseñadas para favorecer la velocidad del juego y la precisión técnica.

Para explicarlo, el científico suele recordar a una selección que maravilló al mundo: la España campeona del mundo en Sudáfrica 2010.

Aquella generación formada por Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Sergio Busquets, Xabi Alonso o David Silva construyó buena parte de su éxito alrededor de la posesión, el pase corto y el control absoluto del balón.

"El campo hizo mejor a ese equipo", sostiene Sorochan. No porque los futbolistas necesitaran ayuda para desplegar su talento, sino porque una superficie uniforme y predecible potenciaba todavía más sus virtudes. Cuanto menos impredecible era el terreno, más podía imponerse la calidad técnica de los jugadores.

Quizá esa reflexión explique mejor que ninguna otra por qué la FIFA ha invertido tantos recursos en algo que apenas aparecerá en las retransmisiones.

Porque el objetivo no es que el césped sea protagonista. Todo lo contrario.

Si durante las próximas semanas Messi, Mbappé, Vinícius, Bellingham o cualquier otra estrella pueden desplegar todo su talento sin preocuparse por el terreno de juego, significará que el proyecto ha cumplido su misión. Millones de aficionados verán goles, regates y celebraciones. Muy pocos hablarán del césped.

Y precisamente esa será la mayor victoria de quienes llevan ocho años trabajando para que el balón bote exactamente igual en cualquier rincón de Norteamérica.

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Soy redactor de actualidad en El HuffPost España. Mi objetivo es que no te pierdas nada, sea la hora que sea, estés despierto o dormido.

 

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Creo que soy periodista desde que nací, o eso dice mi madre. Desde ese momento hasta ahora han pasado muchas cosas. Soy de Azuébar, un pueblecito de apenas 300 personas del interior de Castellón y, aunque estudié, entre en mi querida ‘terreta’ (Grado en Periodismo por la Universitat Jaume I) y Salamanca (Máster en Comunicación e Información Deportiva por la Universidad Pontificia de Salamanca), aprendí la profesión en la Agencia EFE, donde cubrí los Juegos de Río 2016, los de Tokio 2020, los de París 2024, así como también los Juegos Olímpicos de Invierno de Pieongchang 2018 y de Pekín 2022. Además, cubrí los Mundiales de fútbol de Rusia 2018 y Qatar 2022.

 

Por otra parte, abrí una extensa etapa como autónomo en la que he colaborado con ‘El Independiente’, el ‘Playas de Castellón, la ‘Revista Volata’, ‘Súper Deporte’, ‘Yo Soy Noticia’ o ‘Ciclo 21’, antes de aterrizar en el Huffington Post. 

 

Si alguna vez me necesitas y no me encuentras, búscame en una pista de tenis. Te puedo recomendar la mejor novela negra de cada país y hablar durante horas del cine de los 80 y 90. Ah, por cierto, acierto todas las preguntas naranjas del Trivial. 

 


 

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