Vivir un mes a 2.300 metros: qué beneficios tiene y cómo se convive en una concentración en altitud para una atleta de élite
La mediofondista española Mireya Arnedillo acaba de vivir su primera concentración en el Centro de Alto Rendimiento de Sierra Nevada, un mes en altitud en el que ha experimentado cómo se entrena, cómo se convive y cómo se rinde en uno de los entornos clave del deporte de élite.
Hay un momento en el que todo se reduce a unos pocos minutos. Una salida, cuatro vueltas, una recta final. Ahí no hay margen para el error: o estás, o no estás. Lo que nadie ve es todo lo de antes. Semanas de entrenamiento, meses de rutina… o incluso un mes entero viviendo a más de 2.300 metros, donde incluso respirar cuesta más de lo normal.
Porque en el atletismo no hay montaje. No hay música que acelere el tiempo ni planos que oculten lo repetitivo del proceso. Lo que en el cine se resume en unos segundos aquí se construye durante semanas, en una acumulación silenciosa de días que se parecen mucho entre sí y en los que la épica no está en el final, sino en todo lo que ocurre antes.
Hay una escena que todo el mundo ha visto, aunque no haya corrido nunca. Un deportista sube unas escaleras, jadeando, empapado en sudor, acumulando en cada paso todo lo que ha trabajado durante semanas; llega arriba, levanta los brazos y, de alguna forma, todo tiene sentido. Es una imagen tan repetida que ya forma parte del imaginario colectivo y que, en Rocky, sirve para condensar en apenas unos segundos todo lo que en realidad lleva meses construir.
A más de 2.300 metros de altitud, en Sierra Nevada, ese proceso se intensifica. El aire es más fino, el cuerpo trabaja de otra manera y la rutina adquiere un peso distinto, más exigente y más precisa. Allí es donde la atleta española Mireya Arnedillo ha pasado el último mes, en una experiencia que, antes de empezar, le generaba más dudas que certezas, en parte porque suponía salir de un entorno en el que se siente cómoda y en el que todo está bajo control. "A mí me gusta mucho mi vida en Zaragoza, mi rutina, mi entorno… y tenía bastante incertidumbre", reconoce en una entrevista con el HuffPost.
No era su primera vez entrenando en altitud, pero sí la primera vez que se enfrentaba a una concentración larga en Sierra Nevada, y esa diferencia, aunque pueda parecer menor, cambia completamente la perspectiva. La idea previa, vista desde fuera, no terminaba de encajar con lo que ella buscaba. "Yo, inicialmente, lo veía un poco como una cárcel", dice, utilizando una palabra que resume bastante bien esa sensación inicial de aislamiento, de rutina cerrada y de renuncia temporal a todo lo demás.
De la "cárcel" al campamento
Sin embargo, esa percepción empieza a desmontarse casi desde el principio. Los primeros días son, como ella misma admite, una especie de transición en la que todo resulta un poco extraño, pero basta con que el cuerpo y la cabeza se ajusten al nuevo ritmo para que esa sensación desaparezca. "Los dos primeros días fueron raros, pero luego se me pasó volando", explica, y en esa frase hay una clave importante: la velocidad con la que cambia la percepción del tiempo.
Porque en altitud el tiempo no se mide igual. Desaparecen muchas de las distracciones habituales, se reduce el número de decisiones cotidianas y todo gira alrededor de una rutina muy concreta, lo que hace que los días se encadenen con una naturalidad sorprendente. "Se me pasó súper rápido", insiste, hasta el punto de que el regreso se convierte en algo casi irreal, como si hubiera pasado menos tiempo del que realmente ha pasado. "Volví a Zaragoza y me parecía surrealista que ya hubiera pasado un mes", recuerda.
Ese cambio de percepción tiene mucho que ver con la estructura del día, pero también con el entorno humano que se crea allí arriba, un factor que no siempre se tiene en cuenta cuando se habla de concentraciones en altura y que, sin embargo, resulta fundamental para entender la experiencia.
Un ecosistema de élite en altitud
Lejos de ser un lugar aislado, Sierra Nevada funciona como un auténtico punto de encuentro para deportistas de distintas disciplinas, que coinciden allí durante periodos más o menos largos y que convierten el centro en una especie de microcosmos del alto rendimiento. "Había atletas, ciclistas, nadadores…", enumera Arnedillo, describiendo un ambiente en el que siempre hay alguien entrenando, recuperando o preparándose para la siguiente sesión.
A esa dinámica se suman además las concentraciones puntuales de federaciones, que introducen nuevos grupos y alteran el equilibrio cotidiano. Durante su estancia, por ejemplo, coincidió con la llegada de atletas de la Federación Española, lo que supuso un cambio evidente en el ambiente. "Subió un montón de gente nueva durante unos días, y fue como un cambio de aires", explica, destacando cómo ese tipo de situaciones rompen cualquier posible monotonía.
La consecuencia es que la rutina nunca llega a ser completamente cerrada. "Cada semana estás con personas diferentes", señala, y eso hace que la experiencia sea más rica y más llevadera de lo que podría parecer desde fuera. En ese contexto, además, la relación entre deportistas cambia, porque aunque en la pista puedan ser rivales, allí arriba comparten algo mucho más inmediato: el proceso.
"Nos ayudamos en todo lo que podemos", dice, y esa ayuda va más allá de lo técnico, porque implica compartir sensaciones, apoyarse en los momentos más duros y entender lo que el otro está pasando sin necesidad de explicarlo. De ahí que recurra a una imagen tan sencilla como precisa para describir la experiencia: "Yo me lo tomé como un campamento", una forma de resumir esa mezcla de convivencia, rutina compartida y objetivo común que define la vida casi en el cielo.
La rutina que no se ve
Esa convivencia no elimina la exigencia, sino que la acompaña. El día a día está cuidadosamente estructurado y se repite con una precisión que responde a una lógica muy concreta: optimizar cada entrenamiento y cada momento de recuperación. La jornada comienza temprano, con una primera sesión que suele concentrar la mayor carga de trabajo, y continúa con un bloque de recuperación que incluye comida y descanso antes de afrontar la segunda sesión del día.
Entre medias, largas horas en las que aparentemente no ocurre nada, pero en las que el cuerpo sigue trabajando de forma constante. "Hay momentos que lo único que haces es estar en la cama, en posición horizontal", destaca la atleta, una frase que podría interpretarse como inactividad pero que en realidad describe una de las partes más importantes del proceso. A esa altitud, el organismo está sometido a un estrés continuo, y la recuperación deja de ser un complemento para convertirse en un elemento esencial del rendimiento.
"Entrenas, pero tienes que recuperar muy bien", insiste, subrayando una idea que atraviesa toda la experiencia: el equilibrio entre carga y descanso es tan importante como el propio entrenamiento. Es ahí donde se construyen muchas de las mejoras que luego se verán en competición, en esos momentos en los que no hay público, ni cronómetro, ni resultados inmediatos.
Entrenar donde respirar cuesta más
El entorno refuerza esa exigencia. La pista, en muchas ocasiones cubierta parcialmente de nieve, obliga a adaptarse desde el primer momento y a asumir que las condiciones no siempre serán ideales. "Yo la veía antes de subir y pensaba que íbamos a poder correr ahí", recuerda, reflejando esa incertidumbre inicial que poco a poco se transforma en normalidad.
Los carriles interiores se mantienen despejados, lo que permite entrenar con cierta continuidad, pero el frío, la humedad del deshielo y la propia altitud añaden una dificultad constante que forma parte del proceso. "Hay días que está mojado, hace frío…", explica, sin dramatizar, como quien asume que ese tipo de situaciones son parte del trabajo.
Porque en altura no se busca la comodidad, sino el estímulo. Se trata de generar un contexto en el que el cuerpo tenga que adaptarse, en el que cada sesión suponga un pequeño desafío añadido y en el que la mejora no sea inmediata, sino progresiva.
El cuerpo que se adapta en silencio
Esa adaptación es el núcleo de todo. A 2.300 metros, la menor disponibilidad de oxígeno obliga al organismo a reaccionar, activando mecanismos que, con el tiempo, se traducen en una mejora del rendimiento. "Los beneficios se generan simplemente por estar allí", explica Arnedillo, dejando claro que no se trata solo de lo que se hace, sino de dónde se hace.
El cuerpo responde aumentando la producción de glóbulos rojos y mejorando su eficiencia en el transporte de oxígeno, en un proceso lento y acumulativo que no siempre se percibe en el día a día, pero que acaba marcando la diferencia cuando se regresa a condiciones normales. "Cuando bajas, lo notas muchísimo", asegura, señalando ese momento en el que todo el trabajo invisible empieza a tener sentido.
Vivir lejos de todo
A esa dimensión física se suma otra menos visible pero igualmente importante: la distancia. Estar un mes fuera de casa implica salir de la rutina habitual, alejarse del entorno cercano y asumir una forma de vida mucho más simplificada. "Es la primera vez que estaba tanto tiempo sin ver a mi familia", reconoce, evidenciando que el reto no es solo deportivo.
Esa distancia obliga a centrar la atención en lo esencial. Entrenar, comer, descansar y repetir, sin demasiadas distracciones ni interferencias externas. "Allí todo gira alrededor de entrenar", explica, y esa concentración total, que al principio puede resultar incómoda, acaba convirtiéndose en una ventaja, porque permite trabajar con un nivel de enfoque difícil de alcanzar en el día a día.
El atletismo: un deporte de segundos… y de meses
Todo este proceso cobra sentido cuando se entiende la lógica del atletismo, un deporte en el que el margen de error es mínimo y en el que el trabajo de meses -o incluso años- se decide en cuestión de minutos. En un 1.500, la diferencia entre un gran resultado y uno discreto puede estar en un pequeño detalle, en una mala colocación, en un cambio de ritmo mal gestionado o en una última recta en la que las piernas ya no responden como deberían.
España ha tenido referentes claros en esta distancia, atletas como Natalia Rodríguez o Marta Pérez, que han demostrado hasta qué punto la regularidad y el trabajo invisible son determinantes. Nuestra protagonista ya forma parte de esa nueva generación que todavía está en proceso, que construye desde abajo y que entiende que no hay atajos.
Porque en el atletismo no hay montaje, no hay escenas que se puedan repetir. Solo hay un momento, una carrera, una oportunidad. Y todo lo que ocurre antes -cada entrenamiento, cada día en altura, cada decisión aparentemente insignificante- forma parte de ese instante.
Todo el trabajo para unos pocos minutos
Cuando la concentración termina, no hay una escena final que cierre la historia, sino una vuelta silenciosa a la rutina, con horas de carretera y tiempo suficiente para ordenar todo lo vivido. "Se me ha hecho cortísimo", repite, como si todavía no terminara de encajar que un mes entero pueda desaparecer así, casi sin hacer ruido.
A partir de ahí empieza lo realmente importante: competir, medir el impacto de todo ese trabajo invisible y comprobar si ese tiempo en altitud se traduce en algo tangible cuando el cronómetro se pone en marcha. Su objetivo está claro, concreto, casi obsesivo: "Quiero bajar de 4:10". Y en esa cifra se concentra todo, porque no es solo una marca, es la forma de saber si cada entrenamiento, cada descanso y cada día lejos de casa ha valido la pena.
Porque al final, cuando llega ese momento todo se simplifica hasta el extremo. No hay nieve, ni altura, ni concentración, ni semanas acumuladas. Solo hay una atleta corriendo, unas rivales a los lados y un reloj que no espera. Pero lo que parece un instante aislado es, en realidad, la suma de todo lo que ha ocurrido antes, de cada día en el que el cuerpo ha tenido que adaptarse, de cada decisión tomada sin focos ni aplausos.
En un deporte en el que todo se decide en unos pocos minutos, lo verdaderamente importante sucede mucho antes, lejos de la pista y lejos de la mirada de los demás. Es ahí donde se construye la carrera que todavía no ha empezado, donde se ganan esas pequeñas diferencias que luego resultan imposibles de recuperar.
Y por eso, cuando Mireya Arnedillo se coloque en la línea de salida este verano, no estará solo compitiendo ese día. Estará poniendo sobre la mesa también todo lo que hizo antes.
Un mes entero a 2.300 metros… para que, durante unos minutos, todo encaje.