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04/05/2020 10:52 CEST | Actualizado 04/05/2020 10:52 CEST

Crónicas de la feminista defectuosa: Entre la figura tradicional femenina y su evolución

¿Quién es la mujer actual?

kieferpix via Getty Images

Hace unos años, escuché el siguiente comentario en un restaurante donde me encontraba almorzando: “Las mujeres actuales deberían agradecer ser visibles”. Lo dijo un hombre de traje elegante sentado a dos mesas de distancia y acompañado por dos mujeres que no sólo sonrieron a la frase sino a quienes no pareció preocupar demasiado lo que podría implicar. Irritada e incómoda, miré al hombre el suficiente tiempo como para que notara que lo hacía y por un motivo. Me dedicó un gesto casi desdeñoso, como si no entendiera — y quizás era así —el motivo de mi malestar. Al final, rompí el contacto visual mientras el amigo que me acompañaba me miraba preocupado.

— No vas a poder cambiar el mundo — me comentó. Lo hizo con la buena voluntad de quien se preocupa, sin ninguna malicia. Pero sus palabras parecieron resumir esa idea amplia y desconcertante sobre esos límites invisibles de la sociedad, infranqueables y asumidos como necesarios. Quizás inevitables. Me tomó unos minutos contener mi mal humor antes de responder.

— Eso no quiere decir que deba dejar de intentar al menos un cambio beneficioso — digo — al menos quiero creer que el mundo es perfectible y no simplemente, una losa cultural que deba sobrellevar.

P. no responde, aunque le noto incómodo. Y es que nunca será sencillo ese debate sobre la igualdad y la exclusión social. No lo es, porque simplemente las piezas que conforman una idea tan compleja parecen formar parte de una serie de planteamientos culturales sutiles, que la gran mayoría toma por necesarios e incluso habituales. La insistente discusión sobre la igualdad de género y tal vez algo más profundo, como lo es esa visión sobre la mujer fuera de los límites de lo tradicional, es una que, con toda probabilidad, llevará años de aceptación, de una mirada mucho más inquisitiva de lo cultural de nuestra sociedad. Eso, a pesar de los esfuerzos sostenidos, los triunfos y sobre todo, esa interpretación de la identidad de la mujer como parte de una idea mucho más amplia que sólo su rol biológico.

— La mujer y el hombre deben comprenderse en su diferencia. A pesar de todo, el hombre y la mujer son distintos y eso los hace complementarios — responde mi amigo, cauteloso — pero en nuestro país…

— En nuestro mundo — le interrumpo — entiendo lo que deseas decir y quisiera que fuera tan sencillo como un análisis sobre nuestra capacidad para comprendernos desde lo que nos hace distintos. Pero hablamos de un mundo que considera la diferencia una forma de debilidad y que insiste en mirar a la mujer como una criatura incomprensible y frágil.

Aún persiste esa idea de la mujer minusvalorada, sometida a una idea masculina que la supera y la rebasa.

P. no responde. Con un gesto rígido, toma su bebida y toma un par de tragos rápidos. Y me pregunto si esa desagradable sensación de tensión que percibo en sus gestos y que salpica lo que hasta entonces fue una tranquila conversación, es síntoma de esa actitud del mundo contemporáneo con respecto a la lucha por las reivindicaciones femeninas. Después de todo, es un tema espinoso y la mayoría de las veces lo suficientemente doloroso como para que que implique una visión complicada sobre el mundo femenino, sobre esa noción de género que parece confundirse con ideas tan esenciales como el rol tradicional de la mujer y más aún, su papel histórico primordial.

Es un hecho que las mujeres han sido ciudadanas cuestionadas durante siglos en todas las culturas y en la mayoría de las sociedades donde el papel de lo femenino parece resumirse a esa visión sobre la maternidad y su rol como compañera del hombre. La individualidad femenina es de hecho, una cuestión más bien reciente en la historia y quizás por ese motivo, la idea continúa siendo parte de un interminable debate sobre que ideas conforman esa nueva identidad, ese resurgimiento de la independencia emocional y sexual de la mujer moderna. Desde el infanticidio por sexo (ese crimen silencioso y anónimo que condenó a morir a cientos de niñas en diversas culturas que brindan preferencia al varón) hasta las leyes de corte sexista y discriminatorio, la mujer parece continuar luchando contra esa insistencia de la supremacía masculina, la necesidad de la sociedad de asumirla en un papel casi infantil y elemental. Eso, a pesar de que las mujeres solemos insistir que la batalla por la igualdad ha brindado frutos, que los largos años de luchas y debates han conquistado una cuota de libertad extraordinaria en comparación a otras épocas. No obstante, aún persiste esa idea de la mujer minusvalorada, sometida a una idea masculina que la supera y la rebasa. Una sociedad de hombres construida a la medida de lo masculino, y que no duda en dejar claro que la diferencia es una visión que se castiga o se minimiza entre la noción de iguales.

La individualidad femenina es de hecho, una cuestión más bien reciente en la historia y quizás por ese motivo, la idea continúa siendo parte de un interminable debate sobre que ideas conforman esa nueva identidad.

Supongo, por supuesto, que todo se debe a esa insistencia sobre los planteamientos de perfectibilidad y progreso heredados del siglo XVIIII y XIX, que nos hace creer que todo lo que vivimos es mejor que el pasado inmediato y probablemente será peor que el futuro a corto plazo. Aún así, el proceso de la mujer en la búsqueda de igualdad y sobre todo, reconocimiento y respeto, no ha sido lineal, mucho menos sostenido. En todo ese largo camino zigzagueante y la mayoría de las veces accidentado hacia el reconocimiento del valor de la identidad sexual femenina, ha habido épocas de gran libertad, de una expresión del yo de la mujer tan fuerte como sostenido. Sin embargo, le han seguido etapas de profunda represión, una especie de reacción inmediata a esa libertad apenas sugerida, la expresión de la mujer como elemento fundamental de la sociedad por derecho propio.

Desde la quema de brujas en Europa (que fue precedida por la gran libertad e iluminación del Renacimiento) hasta la Revolución Francesa (primer período histórico en que la mujer fue vista bajo el crisol de una relativa igualdad) lo femenino siempre ha sido un asunto complejo para los grandes pensadores y sobre todo, la filosofía que reflexiona sobre los derechos y principios humanistas. Porque la mujer parece ser la excepción a esa necesidad de proclamar la igualdad como valor inalienable. Eso a pesar que Condorcet, filósofo y redactor de la Constitución revolucionaria ya insistía en que: “O bien ningún miembro de la raza humana posee verdaderos derechos o bien todos tenemos los mismos; aquel que vota en contra de los derechos de otro, cualesquiera que sean su religión, su color o su sexo, está abjurando de ese modo de los suyos”. No obstante tan preclara declaración no fue aceptada de igual manera en todos los círculos y mucho menos bajo los mismos aspectos. Con la llegada del periodo conocido como El Terror — y sus leyes limitantes y restrictivas para la mujer — quedó bastante claro que esos primeros análisis sobre los derechos femeninos fueron insuficientes — cuando no inútiles — contra esa gran concepción histórica del rol secundario de la mujer. Una percepción desconcertante, cuando no preocupante, de la necesidad de encontrar esa interpretación del género que sea capaz de asumir la inclusión — en la diferencia y quizás gracias a ella — como indispensable.