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02/09/2019 07:15 CEST | Actualizado 02/09/2019 07:15 CEST

Dolor y amor en tiempos del nuevo feminismo

Un orden de estructura pesa sobre la mujer y la presiona para crear una visión sobre su propia vida.

Associated Press
Un momento de la serie 'El cuento de la criada'. 

Para Mary Beard — la llamada “intelectual de moda en el Reino Unido” y autora del interesante libro Mujeres y poder — la noción sobre lo femenino con real arraigo y sustento histórico es una idea relativamente nueva. Y lo es, porque durante buena parte de la historia occidental, la mujer fue ignorada y sobre todo, sufrió un inmerecido anonimato con el que aún debe luchar. No se trata sólo de la idea que la mujer con poder — profesional, artístico — fue la mayoría de las veces ignorada desde cierta visión cultural sino que además se transformó en un tema tabú. Por ese motivo, es evidente la incesante persecución de las mujeres con algún tipo de influencia sobre las masas o el pensamiento colectivo — como demostró la quema de brujas — pero también, el notorio prejuicio hacia lo femenino más allá de lo que cómo la tradición y el conservadurismo lo conciben. Para Beard — historiadora que reflexiona sobre el tema de género desde una curiosa perspectiva general — no se trata de otra cosa que una versión de la realidad que presume el peso del género como un prejuicio primitivo. Una concepción que aún se mantiene en nuestra época.

Para Bear la concepción de lo femenino como menor, secundario, incluso peligroso tiene raíces tan antiguas que resultan casi imposibles de rastrear. “Necesitamos comprender que son problemas profundamente arraigados en la historia de la cultura occidental desde hace milenios. Con eso no quiero decir que estemos atrapados en ellos, pero debemos buscar soluciones diferentes” comentó Bear en una reciente entrevista al periódico El País de España. “Cuando ves ejemplos de mujeres silenciadas en el mundo antiguo, es fácil concluir que forma parte de una discriminación general. Pero lo que muestra la Odisea es que es más que eso. Para dejar de ser un niño y convertirse en hombre, Telémaco debe aprender a callar a las mujeres. Es un silenciamiento mucho más activo. El poder del hombre está correlacionado con su capacidad de silenciar a las mujeres. Toda la definición de la masculinidad dependía del silenciamiento activo de la mujer”, añade. Una presunción inquietante que analiza las duras relaciones de poder entre las mujeres y los hombres a través de la historia pero también, la forma en que nuestra cultura internaliza y normaliza la discriminación al momento de concebir lo que consideramos poderoso y sobre todo, un elemento de importancia sustancial en el ámbito social. Según el análisis de Bear, la historia condiciona la comprensión del poder — quién lo ejerce y la manera en que lo hace — desde un ámbito netamente masculino y convierte a la mujer que lo aspira en una excepción, como si la mera idea de la capacidad convalidada para la influencia intelectual e incluso económica, fuera de exclusiva del sexo masculino.

Por supuesto, durante muchísimo tiempo, las mujeres fuimos invisibles. Como la magnífica Mary Wollstonecraft, que vivió una vida intensa y extraordinaria y hoy poquísima gente la recuerda. O la filósofa Simone Weil, que creó toda una visión sobre lo femenino y sus alcances, por lo que tuvo que luchar contra el poder de una Francia empeñada en comprender lo femenino desde un punto de vista tradicional limitante. Tantas mujeres que desaparecieron como arrasadas por una ola de anonimato. ¿Quién recuerda ahora a Lady Ottoline Morrell? esa mecenas que se enfrentó en solitario a los escombros del siglo XIX en pleno albor del racionalismo y brindó refugio a muchas de las grandes mentes inglesas de la primera mitad del siglo XX. O a la cuasi anónima María Lejárraga, esposa del dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, que por años escribió para su esposo éxitos literarios sin reconocimiento alguno. O esa trágica Camille Claudel, desaparecida y consumida para siempre en la memoria ingrata del arte misógino. De manera que Bear tiene razón en su intento de recordar el motivo por el cual la historia olvidó los nombres de tantas mujeres — los aportes y las implicaciones de sus respectivos legados — e intentar recobrarlos ahora recorremos muchas, de las que asumimos es natural pero que por mucho tiempo, fue una batalla perdida. Un intento de para devolver el nombre — y la importancia — a toda esa galería de heroínas silentes que fueron aplastadas por el peso de la tradición y la mirada masculina de la historia que debieron soportar.

Pero para Bear, el asunto es mucho más complejo: según su análisis, a las mujeres se les educa para no sentirse atraídas por las estructuras de poder, lo que convierte al anonimato histórico en una consecuencia de un sustrato moral más profundo. Para la escritora, nuestra sociedad inculca la percepción que “Las estructuras de poder como masculinas y hacemos que las mujeres encajen, que cambien su comportamiento al acceder al poder. Acaban actuando, interpretando un guion. Pero no hay que cambiar a las mujeres, sino las estructuras. Hay que pensar qué es el poder, cómo hablamos de él, cómo está conectado a la celebridad, como son la imagen y el lenguaje asociados al poder. Veremos que es una versión extremadamente masculina. Poder es algo que tú tienes y yo no. Queremos grandes líderes. Pues no. Lo que queremos es grandes contribuidores”, explica. Y es justamente esa noción sobre la percepción de lo femenino como una contribución al bien colectivo — y sobre todo, a la capacidad para comprender a la mujer como parte integral de la cultura — lo que sostiene la identidad de la reivindicación actual sobre el género, la equidad y la búsqueda de la justicia intelectual que permita a la mujer recobrar y obtener poder real de cara a nuestra historia reciente.

Un desconocido me riñó en plena calle por llevar el cabello desgreñado y la camisa blanca de colegio sucia y arrugada.

Además, el tema del tema del poder femenino parece encontrarse profundamente relacionado con la manera en que la actualidad comprendemos el peso y el valor de la identidad. Una noción que acompaña a cualquier mujer, antes o después en su vida. Resulta inevitable recordar la primera vez en que fue notorio que el poder y la identidad femenino estaba bajo discusión. Una manera de analizar el papel de la mujer en nuestra sociedad y sobre todo, la forma en que se comprende a sí misma. Claro está, tal vez no existe “una primera vez” para creer que era necesario entender el valor de los derechos individuales, defenderlos y asumir su importancia, sino que en realidad, se trata de un conjunto de ideas y percepciones que se relacionan entre sí para crear un concepto más amplio y general de lo que la mujer puede ser y aspirar.

En una ocasión, mi madre me insistió en que había nacido inconforme. La idea me hizo reír, porque jamás me he considerado especialmente “rebelde” sino más bien, muy consciente del hecho de la justicia y de la forma en que la comprendo como parte de mi vida. Mi mamá sacudió la cabeza, muy convencida de su extraño concepto.

—Creo que siempre fuiste un poco reaccionaria. Un poco de jamás aceptar nada. Oponerte por mero instinto a cualquier cosa que pudiera parecerte injusto — respondió mi madre —.  Supongo que esa es la raíz de cualquiera que se piensa a sí mismo como parte de un movimiento reivindicatorio.

—Nací feminista, entonces — bromeé. Mi madre me dedicó una de sus miradas burlonas.

—Naciste inconforme, como le ocurre a todos. Sólo que creo que en algún punto, decidiste que eso era bueno y que no había necesidad de justificarte por serlo.

Tenía razón. O al menos, me sorprendió pensarme a mí misma de esa manera. Como dije, nunca me he considerado especialmente rebelde, contestataria o idealista. De hecho, con los años he descubierto que quizás mi mayor virtud intelectual es la curiosidad, la necesidad de hacerme preguntas, de cuestionarme una y otra vez lo que cualquiera podía considerar absoluto. En algunas ocasiones, eso me ha resultado útil. En otras, no tanto. Probablemente en lo tocante al feminismo fue el detonante para algo más. Atreverme a mirar a mi alrededor y preguntarme ¿por qué el mundo es como es? ¿Y por qué debo aceptarlo?

No es una pregunta sencilla. Recuerdo que la primera vez que me la hice, fue cuando un desconocido me riñó en plena calle por llevar el cabello desgreñado y la camisa blanca de colegio sucia y arrugada. Para mi sorpresa, aquel hombre de rostro sonrojado y gordo, parecía especialmente disgustado por mi aspecto.

—Muchacha, ande pa’ su casa y arréglese como una niña — me reclamó. Y lo hizo, delante de una pequeña multitud de transeúntes, que me miraron con cierto interés y al parecer, bastante de acuerdo con el comentario. De pie en la calle, lo miré alejarse por la calle, alarmada y confundida por lo que acababa de ocurrir.

Cuando llegué a casa, me miré en el espejo con una creciente sensación de miedo que no supe explicar muy bien. Seguía teniendo el aspecto de la niña pálida y flacucha que era, de manera que me pregunté qué otra cosa necesitaba para que esa cualidad mía — de ser yo misma, de ser una niña como cualquier otra — fuera más evidente. Miré la falda plisada un poco larga, la blusa torcida, el cabello en punta y me pregunté si verme así me hacía ser menos femenina, menos de lo que suponía tenía que ser. El pensamiento me asustó, me preocupó y después me enfureció. ¿Alguien podía decirme quien era? ¿O cómo debía de verme? ¿La ropa que llevaba podía decir sobre mí más que cualquier otra cosa?

—Se llama tradiciones y estereotipos — me explicó mi madre cuando se lo pregunté —.  Usualmente, la cultura donde nacemos intenta definirnos de alguna manera. O al menos, lo hace en toda una serie de formas sutiles que pocas veces notamos, pero están allí. Y en nuestro país, una mujer siempre  se espera que vaya bien vestida, peinada, perfumada y con una sonrisa.

Un orden de estructura que pesa sobre la mujer y la presiona para crear una visión sobre su propia vida y valor restringida por el entorno. Pensé en ese concepto, mientras leía el libro Power de la autora Naomi Alderman, una serie de elaboradas construcciones sobre el género, la sexualidad, el tiempo y la identidad. Alderman se plantea una única pregunta: ¿Cómo sería el mundo si los hombres tuvieran temor real a las mujeres? Alderman elabora su hipótesis y lo hace cuestionando los motivos de ese temor hacia una osadía argumental que sostiene quizás una de las novelas más imaginativas y potentes de los últimos años, que analiza y versiona el tema del poder a través de una visión durísima sobre las implicaciones de la capacidad para herir, el terror y la represión. Por supuesto, la ciencia ficción ha reflexionado durante años sobre el ejercicio convencional de las relaciones de poder entre los sexos. Ya Charlotte Perkins Gilman se hacía preguntas semejantes en su novela breve The Yellow Wallpaper y también lo hizo Joanna Russ en el Hombre Hembra, en donde especuló hasta el delirio la identidad de género y sus permutaciones. Ursula LeGuin se ha preguntado durante años sobre la vigencia del género y la sexualidad, en especulaciones lúcidas que asombran por su belleza y por supuesto, Margaret Atwood, llevó el teorema a un nuevo nivel con El cuento de la  criada, donde analizó la desigualdad, el miedo al anonimato histórico y la destrucción de la identidad femenina desde el autoritarismo. Pero Naomi Alderman lleva la propuesta a una dimensión por completo nueva y la convierte en algo por completo distinto. Porque en su novela, el terror subsiste y se extiende a partir de la sexualidad en estado puro y convierte en esa percepción sobre el deseo en un arma destructora capaz de cambiar el orden estructural del mundo. Una noción que desconcierta por su capacidad para analizar ciento de concepciones sobre el tiempo, la cultura y la sociedad, sin perder el hilo conductor de la ficción.

Un orden de estructura pesa sobre la mujer y la presiona para crear una visión sobre su propia vida y valor restringida por el entorno.

Pero sobre todo, Alderman analiza el ejercicio del poder como una expresión individual, cuyas implicaciones están en todas partes y hacen el cambio imparable y extraordinario. Una y otra vez, la escritora describe escenas que dibujan un escenario apocalíptico impensable: Las víctimas de traficantes y proxenetas asesinan a sus agresores. En plena calle y delante de la mirada impávida de cientos de mujeres que vigilan — y admiran — el ataque y hombres que huyen. Hay revoluciones en Riyadh y Delhi. Alderman lleva la noción sobre la destrucción de las finas líneas del entramado del poder a una noción tan enorme que afecta incluso a la religión. Pronto, multitudes enardecidas y convertidas en asesinas en potencia, buscan en libros religiosos no a líderes masculinos, sino a sus contrapartes femeninas. En medio del caos y el miedo que sacude al mundo, los viejos dioses son derribados y la divinidad femenina regresa a los altares. Es entonces cuando el libro alcanza su punto más alto de profundidad y malevolencia. Cada país de la tierra está siendo dominado por millones de mujeres en busca de una venganza ancestral que asombra por su cualidad implícita y durísima. Alderman escribe una catástrofe que arrasa con lo masculino — la normalidad, como la autora insiste en más de una oportunidad dentro de la novela — y finalmente con la última mirada al mundo masculino, la historia del mundo se desploma y cambia para siempre.

La reflexión parece mucho más amplia. Las mujeres ahora mismo tenemos poder económico, cultural y social. O al menos eso quiero creer. No obstante, ese prejuicio cultural sobre la mujer poderosa, esa excepción de la memoria colectiva, continúa caminando por algún lugar de las calles de nuestra mente. Esa “excepción” ancestral, sobrevive. Quizás el trabajo de toda mujer actual, como apunta Bear, sea enfrentarse a esa percepción, luchar contra ella y crear una percepción sobre el bien y el mal, lo moral y lo ético pero sobre todo lo poderoso, a la medida de nuestras aspiraciones. Una percepción sobre la mujer por completo nueva. La mujer del futuro. Un trabajo ímprobo pero sin duda necesario para la comprensión de lo femenino como una forma de herencia.

 

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