'El príncipe constante', libertad constante y sonante

El actor Lluís Homar está superlativo en la representación de esta obra.
Lluis Homar y Rafa Castejón en una escena de 'El príncipe constante'.
Lluis Homar y Rafa Castejón en una escena de 'El príncipe constante'.

Cuando uno se sienta a ver El príncipe constante de Calderón, obra que protagoniza Lluís Homar, toda la polémica que acompañó su elección como director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) enmudece.

El actor está superlativo diciendo el difícil y bello verso de esta obra y, sin apenas movimiento, con su presencia y su voz hace entender, no solo las palabras, sino el contenido. Mejor dicho, lo que mueve a este príncipe y conmueve al resto de personajes y al espectador.

La historia de la obra no es muy políticamente correcta en los tiempos que corren. En ella dos infantes de Portugal salen a la conquista de la musulmana Tánger. Su objetivo no es otro que cristianizar el norte de África. Batalla que no sale todo lo bien que se esperaba, por lo que uno de los infantes, Fernando, se quedará como rehén hasta que el rey de Portugal ceda Ceuta a los musulmanes para volver a islamizarla. Algo de lo que Fernando reniega con fuerza, una fortaleza que encuentra en su fe, en Dios y en la libertad que tiene para elegirla.

Contado así, se podría pensar que una compañía como esta tiraría la casa por la ventana para ofrecer espectáculo, con desembarcos, trajes de época barroca, las tortuosas calles de Fez y sus palacios, y elegiría estrellas hasta para un papel mínimo.

Sobre todo, siendo la primera obra verdaderamente de la era Homar en la sala grande. Y sí, se tira la casa por la ventana, pero no en el sentido citado. Lo hace con el buen criterio artístico de Xabier Alberti que dirige la pieza, derrochando riqueza e inteligencia escénica.

En vez de tramoya y parafernalia, este director apuesta por la sobriedad escénica. Lo que se concreta en un espacio enmarcado por grandes paredes encaladas color ocre claro, cuatro taburetes que valdrán para un roto y un descosido y un suelo arenoso, de desierto o de playa.

Eso es todo lo que se necesita para lo que dicen los actores sitúen al público. Les lleve a Tánger o Fez, a sus palacios, a sus mazmorras o a la playa en la que desembarcarán las tropas portuguesas. Sobriedad escenográfica que se pierde al final, cuando baja del techo una gran plataforma para amortajar a un muerto. Un pequeño e innecesario desliz.

Lluis Homar y Egoitz Sánchez en una escena de 'El príncipe constante'.
Lluis Homar y Egoitz Sánchez en una escena de 'El príncipe constante'.

Y es que el director de escena parece haberse dado cuenta que el valor de la pieza, su belleza, se encuentra en sus versos. Una belleza que hay que poner de tal manera que se pueda admirar y disfrutar, sin filtros, por el simple hecho hacerla presente.

Por eso, hay poco movimiento físico. Lo habitual es que los actores salgan al escenario y ocupen sus sitios. Una vez en ellos, adquieran una postura física natural a la acción que vayan a representar y digan el texto con apenas movimiento. Sí, así descrito parece un Bob Wilson, pero no tiene nada que ver.

Es cierto que el elenco en su conjunto se muestra irregular en el decir. Una irregularidad que desaparece cuando interactúan con Lluis Homar. Su presencia, su voz y su hacer ilumina las voces de sus compañeros, para que se les vea y se luzcan. Como el iluminado de su personaje ilumina por su simple presencia las escenas en las que interviene.

Unas interpretaciones que se acompañan de forma puntual con la música en directo que toca el Cuarteto Bauhaus. Una música de cuerda que se lamenta morosamente, por un lado, o se enrabieta y oscurece, por otro. Muy bien colocada para puntualizar con sutileza algunas escenas o algunas transiciones. Pues la música, la de esta obra, realmente está en su poesía.

Lluis Homar y el Cuarteto Bauhaus en una escena de 'El príncipe constante'.
Lluis Homar y el Cuarteto Bauhaus en una escena de 'El príncipe constante'.

Pero si hay un elemento que resume a la perfección la belleza de este montaje es el vestuario. Un vestuario sobrio en el que reyes y reinas y aristócratas visten trajes actuales predominantemente de negro. Una vestimenta a penas adornada por medallas o escarapelas, pequeños detalles llenos de elegancia.

Formas de vestir que contrastan con la de los esclavos, con camiseta blanca y pantalón naranja. Un guiño al público actual que conoce peor el Siglo de Oro que la serie Orange is the new black y cómo visten los presos pertenecientes al ISIS que se encuentran en Guantanamo.

¿Demasiados elementos técnicos o artísticos a destacar? ¿Quiere eso decir que no hay nada más que contar? ¿Qué es un montaje de trileros? Desde luego que no. Ese rigor que ha impuesto la dirección de escena tiene su lógica.

La lógica rigurosa de un príncipe que se une firmemente a su fe, frente a la lógica rigurosa del severo rey que lo tiene como esclavo porque quiere y puede. La felicidad del primero en su martirio, libremente elegido sin comprometer a otros en su suerte, pero sí defendiendo la libertad de estos, frente a la tristeza del segundo en la amarga victoria y su mal gobierno.

Esa lucha presente del humanismo inclusivo, defendido con fe por unos cuantos, convencidos, príncipes constantes de este tiempo, de esta Europa, de este Occidente. Frente a la política exclusiva de los reinos de taifas actuales, gobernados por señores siempre tristes y amargados.

Los primeros, alegres en su fe, solo construyen belleza. Es cierto que muchas veces es una belleza de aspecto triste, maloliente y fea. Una belleza muerta de hambre. Una belleza modelo Antígona.

Nada que ver con los segundos. Siempre enfadados, a la defensiva, ya que el otro y lo otro le resultan una amenaza para sus propiedades, pero, sobre todo, para sus deseos. Unos deseos que ven a los otros como forma de conseguir más poder, más gloria.

Un poder al que el compromiso real de unos cuantos, libremente elegido y libremente ejercido, simplemente desenmascara. Señala que el rey está desnudo. Y a nadie le gusta y menos a un soberano, que se vean tanto sus vergüenzas y que esa visión sea consecuencia de alguien que eligió libremente no subirse al carro, no someterse a su deseo.

Teatros sorprendentes