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04/09/2020 11:05 CEST | Actualizado 04/09/2020 11:05 CEST

La mujer en la posguerra: silencio, silencio, siempre silencio…

'Maquis' es una nueva película artesanal, hecha gracias a un 'crowdfunding', que da voz a las mujeres represaliadas durante el franquismo.

Fotograma de 'Maquis'.

La guerrillera Remedios Montero, apodada Celia, comentó una vez: “llegas a dudar de si fue verdad o no lo vivido, porque han sido tantos años de silencio y nadie se ha preocupado de esta parte de la historia...”.

El franquismo no solo trajo el oscurantismo y la represión, también decapitó las pocas libertades que las mujeres habían conquistado en la II República. Las leyes que se dictaron desde Burgos tenían carácter retroactivo, eso anulaba el modus vivendi republicano en su totalidad. Los jueces franquistas rompieron las conquistas femeninas del anterior gobierno y persiguieron a las que habían abortado (estigmatizándolas); reinstaruraron la prostitución (con la esclavitud femenina consecuente); anularon los derechos de libertad de movimiento de la mujer; anularon el derecho a voto y la coeducación, etc… para modelar a la futura mujer como un “ángel del hogar” (curiosamente, bajo el dictamen de la Sección Femenina organizada por otra mujer, Pilar Primo de Rivera).

Al anularse el divorcio, las mujeres que habían reconstruido su vida, incluso con una nueva pareja e hijos, debieron volver con sus exmaridos, y sus vástagos fueron declarados bastardos. Ni que decir tiene que muchas se habían divorciado por maltratos y vejaciones (un mal endémico que todavía padecemos), e imaginemos el infierno en el que se convirtió el resto de su vida.

Mientras las cárceles permanecen saturadas de presos que esperan su fusilamiento sumarísimo, en la cárcel de niños lactantes de San Isidro o en la de Ventas comienzan los experimentos del gen rojo, es decir el robo de niños recién nacidos para insertarles en familias afectas al régimen. Por supuesto, auspiciados por las teorías de filonazis eugenésicos como el doctor Vallejo Nágera. Las mujeres de rojos no pueden trabajar, por lo que muchas veces la salida que tienen para criar a sus hijos es la prostitución o los trabajos más bajos en la escala social.

Nuestras abuelas han guardado tanto sufrimiento que se han acostumbrado a callar, por el terror y la represión de una sociedad que las oprimió y que todavía no las ha reconocido en ningún caso.

Las perdedoras de los perdedores deben vivir en silencio; si no, les esperan las violaciones y torturas en los cuartelillos o la vida en la cárcel. Pero las perdedoras de los vencedores también asisten horrorizadas a una vuelta a la medievalidad. Muchas mujeres católicas, y de derechas, también habían celebrado las conquistas feministas de la República y de nuevo tuvieron que guardar silencio y aceptar el paso atrás. Como siempre, las perdedoras de la historia son ellas, todas, fueran de la ideología que fueran. Nuestras abuelas han guardado tanto sufrimiento que se han acostumbrado a callar, por el terror y la represión de una sociedad que las oprimió y que todavía no las ha reconocido en ningún caso.

Por otro lado, los conventos se vuelven un arma de reclusión contra las rebeldes, las libertinas o refugio de rojas que no tenían donde comer. Las madres superioras adeptas al régimen utilizan su jerarquía para anular sus voluntades y volverlas dóciles esclavas de un poder eclesial que no duda en pasear bajo palio al dictador.

En la guerrilla, o el maquis, el papel de la mujer no corre mejor suerte. Los guerrilleros se apostan en los montes cercanos a sus aldeas y establecen una red de colaboración sin la cual no hubieran podido subsistir tantos años. La guerrilla del monte tiene armas y metralletas, la guerrilla del llano tiene faldas y silencio. Viven vidas de mentira, y a partir de 1947 sufren la política del terror, el llamado bienio negro que dura hasta pasado el 49. Franco decide que, mejor que actuar directamente contra los del monte, resulta más económico acosar, violar, torturar y matar a las mujeres del llano. Poco a poco consigue que la red de apoyo no exista y la guerrilla colapsa, huyendo a Francia, entregándose o muriendo en combate.

La actriz Fátima Plazas, en una escena de 'Maquis'.

Por otro lado, asistimos al silencio de las madres de militares de reemplazo o guardias civiles, muchos sin clara ideología, muchos de los famosos “números”. Sus hijos, muertos en combate por la guerrilla, no son reconocidos públicamente por el régimen que inventó mil y una historias para que se diluyeran sus propias víctimas.

Los muertos son muertos, y tampoco los guerrilleros fueron santos, que muchos ajusticiamientos no eran tales y eran ajustes de cuentas con juicios sin garantía. Sin duda la lucha por las libertades de la guerrilla también tuvo sus grises.

Para las mujeres de los pueblos el silencio se aderezó con la convivencia, el marchamo de cada familia quedó impreso hasta muchos años después, y se tejieron relaciones imposibles. Las clases fueron de nuevo justificadas, como en el Antiguo Régimen, pero las mujeres pobres tuvieron que convivir juntas, cada una con sus llantos nocturnos. 

Franco decide que, mejor que actuar directamente contra los del monte, resulta más económico acosar, violar, torturar y matar a las mujeres del llano.

En Maquis, la película artesanal que hemos hecho gracias a un crowdfounding y con un pequeño equipo de gente que quiso levantar el proyecto a golpe de corazón, hemos querido dar voz a esas mujeres. Sin figuras masculinas, intentando entender los conflictos de aquellas mujeres, sus esperanzas, sus anhelos y, sobre todo, sus silencios. Mujeres que no necesitan hombres para existir, que buscan su felicidad, que no se entienden entre ellas, que caminan por ideas diferentes, pero que, al final, están condenadas a apoyarse. A compartir su posición de perdedoras dentro de un entramado que las ahogaba y asfixiaba hasta convertirlas en la sombra de sus imaginaciones. Otras decidieron seguir construyendo los privilegios del machismo y formar parte de su tela de araña.

Una de mis abuelas fue anarquista, otra fue monja en las misiones de Venezuela (dejó los hábitos en cuanto pudo y se casó con mi abuelo), de las dos aprendí mucho: de una a ser batallador y de otra a ser paciente; de una un posicionamiento político claro y de la otra una moderación en el discurso... Una murió hace años recordando en sus últimas noches todo lo que el franquismo y la guerra le había negado. La otra murió hace unos meses del COVID-19 y no pude ni despedirme de ella. Pero las dos son mujeres que me han construido y me han hecho ser lo que soy, con mis libertades y mis miedos. Ninguna saldrá en los libros de historia, pero para ellas hemos hecho este pequeño largometraje.

Solo espero que dentro de unos años, cuando nuestras hijas vayan a otra biblioteca a buscar información sobre las mujeres del siglo XXI, puedan encontrar, esta vez, muchas referencias. Que entre todos podamos construir una habitación propia para estas nuevas generaciones de mujeres, con películas, con libros, con manifestaciones, con libertades pero, sobre todo, sin silencios. 

Nunca más el silencio.