La otra derecha: los conservadores que sí defienden el ahorro y cada vez son más verdes

La actitud del PP contrasta con el convencimiento cada día mayor de sus correligionarios en la UE: ahora, contra Putin, y en paz, por el medio ambiente.
Ursula von der Leyen y Pedro Sánchez, el pasado 22 de junio, en la sede de la Comisión Europea, en Bruselas.
Ursula von der Leyen y Pedro Sánchez, el pasado 22 de junio, en la sede de la Comisión Europea, en Bruselas.
via Associated Press

La oposición que el Partido Popular (PP) está presentando a las medidas de ahorro energético aprobadas por el Gobierno de PSOE y Unidas Podemos no tiene parangón en Europa. En el resto del continente se han tomado decisiones similares sin polémica, por parte de Gobiernos conservadores, liberales y progresistas. Están convencidos de que el reto de la dependencia de Rusia hay que abordarlo, de que Europa no puede seguir pagando mil millones de euros diarios a Moscú por su gas y su petróleo.

La orden de cerrar el grifo, impuesta por la Unión Europea y aplicada luego país a país, ha sido una medida defensiva, de supervivencia, pero que al final está acelerando el paquete de la transición ecológica, que es clave para el devenir de Europa y que pendiente de un impulso definitivo. En ese debate se detecta, también, un rebrote ecologista entre las fuerzas de derecha, que entienden que sin planeta no hay ni libertades ni negocios. Una tendencia que tampoco tiene especial eco en España.

La propia presidenta de la Comisión Europea (CE), Ursula von der Leyen, de la Unión Demócrata Cristiana alemana -miembro del Partido Popular Europeo al que también pertenecen los de Alberto Núñez Feijóo- , es la primera conservadora en defender esta postura, sin dudas. “El ahorro de energía es vital para la seguridad energética de Europa”, escribía el pasado martes, al entrar en vigor el plan de emergencia para reducir el consumo de gas en toda la Unión, que prevé un ahorro conjunto del 15%, entre 45.000 millones y 30.000 millones de metros cúbicos de gas. Ha habido debate entre países para saber qué cuota debía bajar cada cual, pero unidad a la hora de entender que el recorte era obligado. Las reticencias llegaron de países muy dependientes, como Hungría o Polonia. La coyuntura es otra, no ideológica.

“Se acerca el invierno y no sabemos cuánto frío hará (…) pero lo que sabemos con certeza es que (Vladimir) Putin seguirá con sus juegos sucios al abusar y chantajear con los suministros de gas”, resume contundentemente, por ejemplo, el gabinete conservador de la República Checa.

El objetivo de Bruselas es que los tanques de reservas comunitarias estén por encima del 90% de su capacidad cuando bajen las temperaturas, en un mes; por el momento, se ha llegado al 71%, lo que supone casi un tercio más de lo atesorado el año pasado por estas fechas.

Los pasos dados por España y que han entrado en vigor este miércoles no son excepcionales. En Italia se ha aprobado un decreto similar al de España, que estará hasta la primavera, con control de aires y calefacciones; en Francia, hay dos nuevos decretos para sancionar a los locales que tengan la puerta abierta mientras activan el aire y se espera inminente un plan de “seguridad energética” para reducir un 10% el consumo; en la vecina Portugal viene un plan de choque con reducción del consumo en edificios públicos y una campaña de concienciación, como en Grecia, que quiere apagar un 10% del alumbrado público y los monumentos desde las tres de la mañana.

Hay países como Irlanda que ya aplican medidas de ahorro desde abril, viéndolas venir, y todos incluyen recomendaciones a sus ciudadanos para, casa a casa, contribuir a la bajada. No ha habido camisas rasgadas, como en España. De hecho, ahora es la polémica española la que acapara sus titulares.

Coyuntura y convencimiento

El impulso al plan comunitario no ha sido muy ecologista en su concepción, porque incluso se ha aceptado que varios países reabran sus plantas de producción eléctrica con carbón (Alemania ya ha dado el paso), cuando los combustibles fósiles ya estaban cercados, pero sí, al fin, en un reconocimiento secundario de su necesidad. Esta coyuntura ha ayudado a meterle mano a un problema ya viejo, una asignatura pendiente que hace depender a Occidente de Gobiernos no democráticos, iliberales, autoritarios o dictatoriales directamente, que tienen en sus manos importantes reservas naturales. Y la derecha europea está trabajando en ello. La derecha verde, que no sólo existe, sino que va a más.

La manida imagen de verde por fuera, rojo por dentro, hace tiempo que no sirve para explicar la complejidad de un pensamiento que impregna las políticas de los Ejecutivos comunitarios, con matices en su ejecución, pero un mismo objetivo: reducir el impacto del hombre en el planeta para que nos dure. Aunque se aborde a veces a regañadientes, es irrenunciable. Actualmente, según el Centro de Análisis Internacionales de Barcelona (CIDOB), hay ocho gobiernos -además del español, en el que la Alianza Verde suma en Unidas Podemos-, en que están representadas formaciones ecologistas y en algunos, como Alemania, Austria, Irlanda o Finlandia, son determinantes (los demás son Bélgica, República Checa, Islandia y Luxemburgo).

“Eso determina, a la larga, la agenda de los Ejecutivos, porque imponen medidas que no están en los programas políticos de las formaciones principales, pero no tendrían calado real si, de partida, no hubiera interés en estas políticas o, al menos, conciencia de su necesidad. Lo hay, por parte de los partidos mayoritarios, es común, porque común es la preocupación verde”, señala el lobista belga Saul Lau, especializado en derecho ambiental.

El mayor pragmatismo de las formaciones verdes ha permitido alianzas más allá de las tradicionales con fuerzas progresistas y, además, desde la derecha “hay una corriente de realismo, muy influenciada por el liberalismo”, que ha acercado a los conservadores a un terreno que parecía exclusivo del flanco contrario. “El acercamiento ha sido bidireccional”.

Se habla de conservadurismo verde, de ecoconservadurismo, de greencons. Sus seguidores son quienes defienden que no hay que castigar la producción o el consumo, sino mejorarlos, que hace falta otra política de energía -porque también es pura seguridad, como la invasión de Ucrania ha dejado de manifiesto-, que el crecimiento es necesario y deseable pero no está reñido con el cuidado del medio ambiente.

Lau añade que “la derecha aúna en su mensaje verde valores clásicos de su ideología, como las identidades locales y el patrimonio, el valor del territorio y de la patria que hay que cuidar, el legado a generaciones futuras y la familia, la comunidad, el estado-nación, el amor compartido por un hogar. Eso, sin extremarlo como está haciendo parte de la ultraderecha -Marine Le Pen es el mejor ejemplo-, lleva a ideas-fuerza coincidentes”.

A su entender, el debate es sobre el cómo, no tanto el qué: “unos quieren abordar este problema con un mayor intervencionismo del estado y otros, desde el sector privado, el empresariado y la innovación. Los conservadores no han sabido articular un mensaje claro al respecto y por eso siguen viéndose como antiecologistas, cuando no lo son necesariamente. Hay medidas y hay que venderlas mejor”.

En resumen, “la derecha europea quiere preservar un orden determinado y ha comprendido que lo verde también y que no penaliza electoralmente defenderlo”. Cita al Reino Unido como el mejor ejemplo. Desde el primer paquete de medidas contra el calentamiento global de David Cameron (del Partido Conservador) hasta las de su colega tory Boris Johnson, a quien las viñetas pintan a veces con el pelo verde y que se entregó de lleno en la Cumbre del Clima en su país, la COP26 de Glasgow.

Del negacionismo de otro tiempo casi rechaza hablar el analista. “Donald Trump o Jair Bolsonaro son los menos, liderazgos populistas que distan mucho de la derecha centrada europea de hoy. Puede alinearse con ellos parte de la derecha extrema, pero cuando esos debates se afrontan en serio, el relato se les desmorona. Los alemanes de la AfD (Alternativa por Alemania) tuvieron que abandonarlo porque vieron que decir que el calentamiento global no existía les restaba votos”, ejemplifica.

¿Las sociedades están reaccionando bien? A su entender, no está habiendo grandes crisis si las medidas se toman con orden y tiempo. La “sensibilización”, explica, es esencial. Desde la toma de conciencia del empresariado al ciudadano. “Los emprendedores, mentalmente, cada día tienen menos trabas, porque ellos también quieren estabilidad y saben que pasa por la transición y el cambio de modelo. Hay que adaptarse y lo que necesitan para ello son ayudas, reformas impositivas, planes de modernización. En el caso de los ciudadanos, información y tiempo. El recelo de Francia y el surgimiento de los chalecos amarillos, con el diésel, sirven de recordatorio”.

Al consultarle por el caso español, se limita a decir que “es insoslayable abordar este tipo de medidas” y que “no hay duda” de la urgencia en acabar con la angustia que genera Rusia. En el programa del PP para las últimas elecciones generales, de 2019, dedicó 10 páginas a sus apuestas ambientales, pero sólo tres se referían a cambio climático, medio ambiente y energía; el resto hacía referencia a agricultura y agua, enfocada a regadíos.

Boris Johnson, en noviembre de 2021, llegando en un bus eléctrico a la Cumbre del Clima de la ONU, Glasgow.
Boris Johnson, en noviembre de 2021, llegando en un bus eléctrico a la Cumbre del Clima de la ONU, Glasgow.
Pool via Getty Images

Una causa transversal

“La nuestra es una causa transversal. Hay elementos como la conciencia ecológica, la lucha contra la contaminación, la sostenibilidad, las energías limpias, la economía circular o el calor extremo y la sequía que nos unen. No preguntamos por las siglas que te representan, sino por lo que quieres hacer”, señala a su vez John Branson, miembro de la plataforma Fridays for Future en Bruselas. En su grupo, dice, hay personas conservadoras y progresistas y, de hecho, constata un “boom” de los primeros. ”¿Y por qué tendría que esconderse nadie?”, se pregunta.

En sus manifestaciones y convocatorias, muy vivas justo antes de la epidemia de coronavirus y que ahora tratan de remontar el vuelo, hace tiempo que dejaron de ver sólo a “jóvenes de clase media, universitarios, de ciudades y colectivos de izquierda”, para pasar a tener “compañeros con otras inquietudes”, pero un mismo fin.

Branson se mira en el espejo de Alemania, donde Los Verdes son la segunda fuerza de la coalición a tres que comanda el socialdemócrata Olaf Scholz. “Estaban dispuestos a negociar con la izquierda o con la derecha, lo dijeron en campaña, porque hay objetivos que están por encima de las ideologías. Puede haber debate sobre los medios para lograrlo y eso ya me parece entrar en una segunda etapa de pensamiento, superada la primera, que es la necesidad de actuar”, se felicita.

Reconoce que la izquierda “se ha acercado” mejor a la manera de pensar y a la agenda del mundo verde, pero “en un mundo diverso, con los bipartidismos rotos y el centro al alza... importa, pero importa menos” a quién votes. Repite insistente palabras como “transversalidad”, “causa común”, “intergeneracional”, “interideológico”... Así, dice, es el ecologismo. Y, sobre todo, ha de ser “comprometido y práctico”: “Queda mucho por hacer y cuantos más arrimemos el hombro, mejor. Si estamos en la ONU o en Davos, es que no hay colores”.