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23/11/2019 09:17 CET | Actualizado 23/11/2019 09:17 CET

Navidad con Ramón Barea

Siento especial querencia por el anuncio de la Lotería que protagonizan Pilar y Félix, por la admiración que desde hace años profeso por este actor.

Tres de la tarde. Barra de una cafetería. Espero a que me sirvan una comida rápida, casi un tentempié. Miro alrededor y percibo la sensación prenavideña que lo envuelve todo, desde la lluvia a los atascos, pasando por los escaparates y la publicidad.

La gente va y viene, las camareras llevan un ritmo frenético y sus brazos se multiplican como los de una deidad hindú. Allí de pie, frente a los hojaldres y las tapas, veo a un hombre maduro sentado que apura su bebida y se dirige a la camarera: “A partir de la próxima semana, ya no comeré más aquí”. La mujer transforma su rostro inmediatamente. “En unos días me jubilo”. Afectada, la camarera pregunta: “Pero ¿podrá venir a saludarnos algún día, aunque no trabaje aquí”. El hombre, de pelo cano y aspecto saludable, responde: “Vivo demasiado lejos para que sea posible venir hasta aquí”. La camarera se queda quieta, rebusca la mejor porción de ensaladilla y se la sirve: “Pues entonces, tómela a nuestra salud”. 

Desconozco si se trata del espíritu navideño, la propensión a las historias conmovedoras en esta época del año o del simple encanto de aquel momento, pero lo cierto es que tuve la sensación de estar inmersa, en apenas unos minutos, en un anuncio de Lotería de Navidad. 

Y es que, desde hace tiempo, no sé si la publicidad se parece a la vida o, cada vez más, si la vida se asemeja a la publicidad.

Precisamente, el anuncio de Lotería de este año es escandalosamente parecido a la situación que les planteo, con cuatro cortometrajes que ilustran lo importante que es compartir algo que nos una. De hecho, el segmento “Emilio y Gloria”, también relata el último día de trabajo de un hombre (Juan Manuel Lara), pero, en este caso, aborda  el modo en que su hija (la nominada al Goya María Morales) debe relevarle en la gerencia de su empresa. 

 

También emocionante, porque apelar a la emoción es lo que buscan año tras año los anuncios de Navidad, es la historia de “Víctor y Carmen”, protagonizada por una joven (la gran Bárbara Santa-Cruz) que se encuentra ingresada en un hospital, cuyo enfermero (Edgar Costas) comparte con ella un décimo que le recuerde que la vida está fuera del centro. 

 

Mucho más jocoso, y en cierto sentido necesario, es el fragmento de “Ramón y José”, la historia de un padre (Mauro Muñiz) cuya hija trae a su nueva pareja (Diego Olivares) a comer con la familia. El padre, que recela del joven, se niega a compartir con él un décimo, a pesar de que el chico ya se ha adelantado, regalándoles el mismo número que les ha comprado a sus propios padres. 

 

Sin embargo, siento especial querencia por el primer segmento, titulado “Pilar y Félix”. Lo habrán visto ya porque, de hecho, ha sido el primero en emitirse. Un hombre (Ramón Barea) va a visitar a la exmujer de su hijo (Lorena López Borial), y lo hace no para ver a sus nietos, que no están en casa, sino para compartir su décimo con ella, a quien echa de menos como parte de la familia. Si he elegido este segmento no es solo porque la historia resulte enternecedora, ni porque la situación planteada se aproxime más o menos a la realidad, sino por la admiración que desde hace años profeso a Ramón Barea.  

 

Este inmenso actor, Premio Nacional de Teatro en 2013, que además ha estado en el Festival de Cannes y se ha paseado con Mariví Bilbao por la alfombra roja en los Premios Oscar (con el cortometraje Éramos pocos de Borja Cobeaga), es uno de los mejores intérpretes actuales, aunque todos sepamos que, en nuestro país, el desconocimiento se une a la ingratitud para que desmerezcamos el talento de nuestros actores.

Barea ha participado en películas de Álex de la Iglesia, Chus Gutiérrez, David Trueba, Gracia Querejeta, Montxo Armendáriz e incluso del oscarizado cineasta iraní Asghar Farhadi. Pero permítanme recordarle en uno de los títulos más surrealistas que ha dado nuestra cinematografía, Entre todas las mujeres (1998), de Juan Ortuoste. Basada en la novela Los cuerpos de las nadadoras de Pedro Ugarte, la historia narra las aventuras y desventuras de un periodista llamado Jorge Galíndez (Barea), que da con sus huesos en prisión por enredarse con un empresario corrupto. Aunque la película en sí no es conocida, la ligazón irónica que vehicula todos los diálogos y la excelente interpretación de Barea hacen de ella una rara avis digna de ser vista.  

Mientras rememoro la película, el hombre y la camarera hablan sobre lo humano y lo divino frente a la barra de la cafetería, y no puedo evitar pensar que el cine, la jubilación y hasta los anuncios saben mejor cuando se acerca la Navidad.