‘Otello’, ¿en manos de quién está el obsesivo relato?

Carlos Álvarez y Krassimira Stoyanova atrapan a la audiencia que quiere aplaudir sus números o escenas.
Carlos Álvarez y Gregory Kunde en 'Otello' de Verdi en el Liceu
Carlos Álvarez y Gregory Kunde en 'Otello' de Verdi en el Liceu

La producción de Otello de Verdi recientemente estrenada en el Gran Teatre del Liceu se prestaría mucho a la crítica clásica de la ópera. Un análisis pormenorizado de la dirección musical de Gustavo Dudamel. Otro de la pertinencia de las voces porque tiene en sus papeles principales a Gregory Kunde como Otello, Carlos Álvarez como Yago y a Krassimira Stoyanova como Desdémona. Y, si acaso, se podría completar con un breve resumen de la obra.

Sí, la parte musical está muy cuidada y se nota. Sobre todo, en el caso de la soprano y de Carlos Álvarez. Ambos tanto en lo vocal como lo actoral. Por lo que atrapan a la audiencia que quiere aplaudir sus números o escenas. Algo que no siempre se puede porque Verdi ya se preocupó de que sus obras no lo favoreciesen para no interrumpir la continuidad emocional creada con la partitura y el libreto.

En cuanto a Gregory Kunde está bien, pero hay algo en su voz que, escuchando a los dos anteriores, parece no pegar con el personaje ni con la música. Cierta aspereza. A la que se añade cierta torpeza en los movimientos bruscos en escena, como en los que tira de Krassimira/Desdémona, que parecen colocados antes que resueltos. Algo que la dirección de escena podría haber definido de otra manera en función de las características de este cantante y de lo que tiene que cantar.

Por otro lado, Dudamel hace sonar a la orquesta bien en general y muy bien en momentos particulares. En concreto, en la Canción del Sauce donde la música y la voz se unen de una manera que hay que forzarse para separarlas y analizarlas. Ese tipo de hibridación que produce en el espectador un interés emocional por lo que sucede en escena y no por los elementos técnicos que la conforman. Algo que ocurre varias veces a lo largo de la representación.

Distinto es el resultado del trabajo de Amèlie Niermeyer, la directora de escena. La idea es buena, del amor como algo que se construye en la intimidad de los dormitorios al calor del hogar o de las chimeneas y las caricias. Una intimidad que el delirio de los celos primero hace temblar y cambiar de perspectiva y por último acabará poniendo todo patas arriba. Algo que consigue expresar con una proyección sobre un teloncillo transparente en el proscenio del escenario antes de los últimos actos, más que con la interpretación en escena.

Buenas ideas que contrastan con otras no bien resueltas. Como en la escena en la que Otelo espía la conversación entre Yago y Casio, y así alimentar sus celos. La escenografía es tan sencilla que es difícil creer que Otelo pudiera estar escuchándolos y escondido. O que Casio no viese a Otelo merodeando en una habitación sin apenas muebles tras los que esconderse.

Si la crítica se acabase aquí, dejaría esta producción en el limbo de las obras bien ejecutadas. Un buen Otello que poco concierne a sus espectadores más allá de la calidad de los elementos técnicos, de la reproducción mecánica en el que la diferencia la incluye la herramienta utilizada para reproducirla. La que habría, por ejemplo, entre un Bang & Olufsen y un Denon.

Sin embargo, ya se ha dicho que hay muchos momentos de esta producción donde deja de interesar el aspecto técnico o simplemente reproductivo. Lo que importa es lo que sucede en escena. No solo por su conocida historia. Una historia de celos en la que Otelo desconfía de la fidelidad de su esposa, Desdémona, tras las sospechas que es capaz de instilarle el malvado Yago sobre una relación de ella con el tontuelo, pero joven y exitoso Cassio (al menos en la imagen que se proyecta en esta producción).

¿Qué como lo hace Yago? En términos contemporáneos, se diría que lo consigue haciéndose con el relato. Es Yago el que construye un relato poderoso, una fake news, que ataca el talón de Aquiles de Otelo. Sus valores que se obliga a defender obsesivamente. Y en este caso el de la fidelidad conyugal, entendida como una fidelidad sexual.

Una defensa más emocional que racional. Y es por ahí, por las emociones, como muy bien saben las estrellas de la comunicación política actuales, y sabía Yago, por donde se introducen el mal y el capital, que diría la Bruja Avería en los años 80.

Un mal del que se puede desconocer la raíz, como le ocurre a Desdémona, pero del que se puede intuir sus consecuencias, como también le ocurre a ella. Ella que se prepara para morir. Manda traer su traje de novia y colocarlo encima de la cama para ser amortajada. Y canta la Canción del sauce, en la que recuerda que las hojas y ramas de sauce se usan como corona o diadema mortuoria, y que serán su corona y su diadema de muerta, a la vez que se encomienda a Dios y a la Virgen.

Krassimira Stoyanova en Otello de Verdi en el Liceu.
Krassimira Stoyanova en Otello de Verdi en el Liceu.

Un conocimiento con el que no hace nada de nada por salvar la vida. Allí se queda. Plantada, esperando a que se ejecute la sentencia que ella ya conoce. Como tantas y tantas mujeres que luego engrosan las estadísticas de violencia de género. Es ahí donde se encuentra la clave misteriosa de esta obra para estos tiempos. Un misterio que no puede ser contado. Que solo puede ser sentido. Algo que solo puede hacer una obra de arte bien ejecutada. Es decir, que tiene pensamiento y sentimiento enfrentado a lo humano.

Una mujer que se siente amada por ser acosadoramente atendida por un buen hombre. Un buen profesional en lo suyo, el arte de la guerra y el buen gobierno, recto, con valores, cariñoso en la intimidad. Pero que ha sido infectado por el mal, un mal que tiene un propósito, un objetivo, que no es otro que arruinarle la vida, la existencia, para conseguir el poder por el poder. Un mal al que esos valores tradicionales y de siempre le sirven para seguir manejando los hilos, manejando el cotarro. Un mal que lo peor de todo es que es comprensible, inteligible, y, por tanto, excusable o integrable en el funcionamiento social, aunque sea como acto punible, reprobable y castigable.

Un mal que se aprovecha de esos principios y valores inamovibles con los que Otelo, y el resto de los humanos, se obsesionan como si no fueran unas creaciones humanas que se impusieron a otras anteriormente existentes. Un mal que tiende a esclerotizar y a hacer rígidos a un número grande de personas y de grupos sociales.

En esas se está, mientras tanto alguien muere, alguien se muere, alguien lo pasa mal, y se sabe. Se sabe, pero no se entiende porque sigue siendo un misterio el por qué se mantiene, si ya se conocen las consecuencias. Al Otelo se le ve de lejos, pero ¿a Yago? Y, en esta historia de hombres ¿se ve a Desdémona? Tal y como la presentan Gustavo Dudamel, Amèlie Niermeyer y Krassimira Stoyanova se la ve muy bien y se la oye mejor.

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