INTERNACIONAL
19/08/2020 15:03 CEST | Actualizado 07/10/2020 08:43 CEST

¿Para qué sirve un vicepresidente de EEUU?

Kamala Harris aspira a ser la número dos del Gobierno de la mano de Joe Biden, un cargo que hoy ocupa Mike Pence con Donald Trump

AP
Mike Pence y Kamala Harris.

En EEUU, esta es la noche de los número dos. El actual vicepresidente, el republicano Mike Pence, y la aspirante a serlo por los demócratas, la senadora por California Kamala Harris, debaten en una semana en la que el positivo por Covid-19 del presidente Trump lo ha alterado todo.

La posibilidad de que un mandatario o un aspirante a la Casa Blanca enfermen ha puesto en primera línea el papel de estos segundos espadas de la boleta. ¿Pero, en realidad, cuál es la tarea que hoy desempeña un vicepresidente en la nación más poderosa del mundo? ¿Qué competencias tiene su cargo, para qué sirve?

La vida de Pence y la de sus antecesores o sucesores seguramente se parezca poco la de John Hoynes (Tim Matheson) en El ala oeste de la Casa Blanca o Selina Meyer (Julia Louis-Dreyfus) en Veep. Más protocolario, más gris, menos brillante, pero tremendamente interesante, por estar en el meollo de todo.

El papel de vicepresidente es el de fontanero de los problemas diarios, el de telonero del presidente allá donde él no llega y, a veces, también el de competidor, porque estar a sólo un escalón de la presidencia acrecienta el ansia de muchos de ellos por llegar al Despacho Oval. Hasta cinco han pasado por los dos puestos a lo largo de la historia, elecciones mediante. 

Su cargo es el segundo más alto en la rama ejecutiva del país. Es el primero en la línea sucesoria para asumir el mando si el presidente muere, queda incapacitado o es destituido de su cargo mediante un juicio político y llega su correspondiente sentencia condenatoria. Hasta ahora, ocho de ellos han tenido que quedarse con esa responsabilidad por muertes de sus superiores (John Tyler, Millard Fillmore, Andrew Johnson, Chester Arthur, Theodore Roosevelt, Calvin Coolidge, Harry Truman y Lyndon Johnson) y uno más por su renuncia (Gerald Ford). 

Los dos últimos casos son los más llamativos y, también, de los que guardamos una memoria más vívida: el caso de Johnson, que ascendió después del asesinato en 1963 del presidente John F. Kennedy, y prestó juramento dos horas y ocho minutos después, a bordo del Air Force One; y el de Ford, que lo hizo apenas media hora después de que Richard Nixon firmara su renuncia en 1974, acorralado por el Watergate.

La labor del “VP”, según la Constitución, es actuar como presidente del Senado, aunque no tiene voto directo en el hemiciclo, sólo uno autorizado para resolver empates, si no hay salida. Cuando él no está, se vota quién se encarga de entre los demás representantes de los grupos. Es algo bastante frecuente, porque un vice no para quieto: son múltiples sus viajes por el país para contar las bondades del presidente de turno y hacer de correa de transmisión directa, hasta táctil, con sus ciudadanos y electores finales. 

Ejerce de portavoz de la Administración y de consejero del presidente y, en momentos de crisis, es habitual que se les encargue la coordinación de un dispositivo concreto, como le ocurre ahora a Pence con el coronavirus. Algunos vicepresidentes, como Dick Cheney bajo el mando de George W. Bush, que ayudó a forjar la respuesta militar ante los atentados del 11 de septiembre, se han ganado la reputación de ser el verdadero poder detrás del trono de un presidente sin experiencia. Otros, como Al Gore, durante la presidencia de Bill Clinton, hacen equipo de forma muy cercana y ayudan a dibujar nuevas apuestas de gestión, en este caso, la lucha por el medio ambiente. 

Tienen mucho de diplomáticos y de anfitriones, por eso son expertos en persuadir al Congreso cuando alguna norma se complica y, a menudo, son emisarios en misiones al exterior. No hay más que ver el trasiego de Pence por Oriente Medio en esta legislatura. Al final, también son los que más contacto tienen con la población, haciendo una labor de pedagogía esencial cuando llegan unos comicios. Empatía, la que dicen que tuvo Biden, la que dicen que le falta a Pence -salvo cuando visita bases militares-. 

Hay que cambiar

Biden fue vicepresidente durante los dos mandatos de Barack Obama, quien decía de él que era alguien que le podía decir “cosas que nadie más” se podía ni atrever. Pero el ahora candidato demócrata, además de esa unión, quiere algo diferente. Habla con cariño de sus responsabilidades cuando estaba en el cargo, enfatizando cómo dirigió desde el gobierno el rescate masivo de la economía en 2009. Y dice que quiere que su propio vicepresidente sea “simpático” con él.

“Pienso que Biden está buscando un socio político”, alguien que “realmente funcione como uno de sus asesores más cercanos”, sostiene Joel Goldstein, profesor de derecho en la Universidad de St. Louis y experto en la vicepresidencia, citado por AFP.

El demócrata, que alcanzaría la presidencia a los 78 años si gana en otoño, tiene claro que se ve como una figura de transición. De ahí que Harris, mucho más joven que él a sus 55, haya sido la elegida, una afroamericana, mujer. Sólo otras dos mujeres han sido elegidas hasta ahora como candidatas a vicepresidenta: la demócrata Geraldine Ferraro en 1984 y Sarah Palin, republicana, en 2008. Ninguna de las dos llegó a la Casa Blanca.

No se especifican otras facultades para un vicepresidente que las ya citadas, pero “la oficina ha crecido y se ha transformado en una parte central de la presidencia”, añade Goldstein. El segundo actúa como “asesor general y solventa problemas” y eso no va a cambiar, pero está por ver si todo sigue igual o hay un nuevo impulso con la llegada de nuevos aires. 

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