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15/10/2020 12:29 CEST | Actualizado 15/10/2020 12:30 CEST

Tremebundas semejanzas

No hay nada más parecido al anticatalanismo del siglo pasado que el actual o el del 29 de septiembre pasado.

Europa Press News via Getty Images
Imagen de archivo de José María Aznar. 

Este artículo también está disponible en catalán.

 

La semana pasada la prensa se hizo eco del estreno de la serie televisiva Elegidos para la gloria sobre el proyecto Mercury 7. Se basa en The Right Stuff (1979) de Tom Wolfe; previamente a la serie, en 1983, ya se había llevado al cine.

Me interesó ver que muchos periódicos hacían mención de las familias y sobre todo de las mujeres de los astronautas y subrayaban que en aquel momento (1959-1970) las mujeres vivían en una posición subordinada. Menciona los casos de Trudy Cooper —una piloto que relegó sus metas y carrera presionada para que ofrecería la imagen de una familia feliz junto a uno de ellos—, o de Louise Shepard que se negó a permitir que la popularidad del marido afectara a su hogar. (Esta reincidencia se debe a que la mayor parte de los diarios han usado una noticia servida automáticamente por la Agencia EFE.)

Volvamos al caso. Me alarmó ver que la prensa postulaba (más que insinuaba) que los únicos papeles posibles para las mujeres de la época eran los papeles que hicieron estas respectivas esposas. Niega así, no tan solo que la cosmonauta rusa Valentina Tereshkova ya había salido al espacio exterior en aquella época (1963), sino también una de las grandes epopeyas del siglo pasado: la de las Mercury 13. Un proyecto financiado por la pionera de la aviación, Jaqueline Cochran, en la que se embarcaron trece experimentadas y consumadas aviadoras yanquis, fuera cual fuera su situación familiar y personal

Aquellas pilotos demostraron objetivamente que eran más aptas que los hombres para ir al espacio: pesaban menos, consumían menos oxígeno y, más importante, tenían más estabilidad y resistencia psicológica. El proyecto Mercury 13 desenmascara el tópico de que las mujeres no han hecho nunca nada en el pasado (o lo que es lo mismo, en tiempos del proyecto masculino Mercury 7) y, de paso, que cuando lo realizan no tienen ya que esforzarse; las Mercury 13 fueron esenciales para las astronautas posteriores.

No hay nada más parecido al anticatalanismo del siglo pasado que el actual o el del 29 de septiembre pasado.

Dos documentales ponen algunas cosas en su sitio y muestran la ignominia de impedir a las pilotos conquistar el espacio. Se trata de Space Ladies. Deferred liftoff de Rebecca Boulanger (Francia, 2002, Planete & Film Concepts asocian) y Mercury 13 de Heather Walsh y David Sington (EE.UU., 2018).

Y es que no hay nada más parecido al machismo del siglo pasado (o de los siglos anteriores) que el actual.

El 29 de septiembre la FAES de José Mª Aznar publicó una anotación que literalmente decía:

Se comprende el valor simbólico que para la actual formación de Gobierno puede tener el que un catalán socialista amenace con «cerrar» Madrid.

Lo relevante es el uso del sustantivo «catalán», puesto que es bien sabido que el actual ministro de Sanidad, el socialista Salvador Illa, es un peligroso, fementido y recalcitrante independentista dispuesto a todo para destruir a España y a Madrid y proclamar la República catalana. Nos retrotrae, por ejemplo, al «antes roja que rota» o al «antes alemana que catalana».

Sería interesante, por otra parte, que diarios que publicaron en primera plana que Tamara Carrasco era una terrorista encausada por rebelión y sedición (por un mensaje de voz), publicaran ahora también en portada que —después de un calvario que sólo ella sabe— la hayan absuelto. Sería bueno que esta misma prensa publicara en primera página que toda la gente encausada por terrorismo en la operación Judas (¡qué gran nombre!), acusada de estar a punto a punto de fabricar bombas (¡en su casa tenían material tan explosivo como la lejía!), está toda sin excepción en la calle; aunque cada persona inmersa en su vía crucis personal.

Y es que no hay nada más parecido al anticatalanismo del siglo pasado que el actual o el del 29 de septiembre pasado.

De qué modo un hombre que ha admitido que cometió una agresión sexual retuerce y violenta la lengua, con qué mala intención usa eufemismos.

A raíz de una denuncia por agresión sexual en 2014, cuando aún era diputado en el Parlament por la CUP —que el interesado admite— y una por abuso sexual cinco años después —que el interesado niega—, el propio Quim Arrufat, ahora exdiputado, ha colgado un vídeo donde respecto a la agresión sexual que sí admite, manifiesta que «involuntariamente había causado un cierto dolor a una chica» y más adelante añade que«no soy un agresor, he llegado a creer que sí, pero no lo soy». (Fragmento del comunicado de Plácido (¡Viva el rey!) Domingo de agosto de 2019: «es doloroso escuchar que puede haber molestado a alguien o haberle hecho sentir incómoda, sin importar cuánto tiempo haya pasado y a pesar de mis mejores intenciones».)

Independientemente de cómo termine el caso en el seno de la CUP —organización que dio y da su apoyo a la mujer— y de lo que dictaminen los tribunales, si es que los casos llegan a juicio, constato consternada las trampas que Arrufat hace con la lengua. De qué modo un hombre que ha admitido que cometió una agresión sexual y que, por tanto, infligió más que un cierto dolor a una persona retuerce y violenta la lengua, con qué mala intención usa eufemismos.

Y es que no hay nada más parecido a un machista y un agresor sexual del siglo pasado y/o de derechas, que un agresor de este siglo y/o de izquierdas.

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