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18/06/2012 19:38 CEST | Actualizado 18/08/2012 11:12 CEST

Los bárbaros nunca son la solución

Los griegos nos han dado una última oportunidad a los políticos, al sistema. Y quizá nos den una lección también con un fuerte consenso que refunde su patria y la defienda en Europa y para Europa.

La otra noche en Tuiter, a propósito de las recientes elecciones griegas, recordé un poema de Kavafis y pedí que, en ningún caso, los electores de aquel antiguo país mirasen a los bárbaros como una alternativa. Unos pensaron que identificaba a Syriza (la emergente fuerza de extrema izquierda) con los bárbaros; otros, con más acierto, que advertía del peligro de ascenso de la extrema derecha. Pero, la verdad es que mi intención era más simple y profunda. Cuidado con caer en la tentación de imaginarse ingobernables porque entonces lo seremos, esa era la advertencia.

Constaté que "Esperando a los bárbaros" no es la composición más conocida del viejo poeta alejandrino, a quien, sin embargo, todos citan en estos días por su Viaje a Ítaca. La conclusión del poema al que me refiero es la siguiente:

-¿Por qué empieza de pronto este desconcierto y confusión?

(¡Qué graves se han vuelto los rostros!)

¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían

y todos vuelven a casa compungidos?

-Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.

Algunos han venido de las fronteras

y contado que los bárbaros no existen.

-¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?

Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

El caso es que todo el mundo, y digo mundo para decir planeta, ha estado pendiente de la decisión que 7 millones de griegos tomaban sobre su Gobierno. Más bien sobre si se declaraban gobernables o no. En realidad, las primeras elecciones planetarias fueron las de Obama en 2008, también las presidenciales de Francia de este año tuvieron mucho seguimiento, pero no se trataba de países que, como Grecia, ocuparan el puesto 76 en población o el 38 en PIB. De hecho, los comicios griegos han eclipsado el ascenso socialista francés y la confusión que llega de Egipto.

En Grecia, han votado prácticamente los mismos que en la fallida convocatoria anterior, aunque de forma ligeramente distinta. Con idéntico efecto al que se produce en los sistemas de doble vuelta, los votos se han concentrado en las candidaturas con mejores opciones. Nueva Democracia (centro-derecha) y Syriza (izquierda alternativa) han crecido más de 10 puntos al absorber votos de sus propios espectros políticos. El primero lo hace, principalmente, a costa de los conservadores de Anexártitoi Éllines (griegos independientes) y el segundo de los comunistas. También de múltiples formaciones que se quedaron sin representación en mayo.

Si, en mayo, un 20% del voto no obtuvo representación, ahora ese porcentaje es sólo del 5%. Los griegos han querido que su voto contara. Lo que demuestra que, además de padecer, los europeos son perfectamente conscientes de lo que se están jugando.

Los neonazis obtienen el mismo número de votos que en la elección reciente, constatando que su nuevo electorado es impermeable al resto de formaciones. Y el del resto de formaciones a los nazis. Afortunadamente.

En mi opinión, los griegos nos han dado una última oportunidad a los políticos, al sistema. Y quizá nos den una lección también con un fuerte consenso que refunde su patria y la defienda en Europa y para Europa. Claro que, tratándose de Grecia, todo puede interpretarse de mil maneras para sobrevivir. Ya escribía también Kavafis:

Las noticias del desenlace de la batalla naval de Accio

eran, desde luego, inesperadas.

Mas no se precisa componer un nuevo texto.

Basta cambiar sólo el nombre. Allí,

en las últimas líneas, en lugar de «Habiendo liberado a los romanos

del funesto Octavio,

parodia de César»,

poner ahora «Habiendo liberado a los romanos

del funesto Antonio».

Todo el texto encaja bien.

De nosotros, los políticos, depende ahora que, ni los griegos ni nadie, acaben considerando a los bárbaros como una solución. Y como me respondió alguien en Tuiter: Que los bárbaros no sean los bávaros. Ni los italianos, ni los españoles o los belgas. Ni los burócratas, ni los expertos en economía, ni el Fondo Monetario Internacional. Amén.

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