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11/05/2018 07:40 CEST | Actualizado 11/05/2018 11:21 CEST

Sant Jordi, rosas, libros y estadísticas

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Este artículo está disponible también en catalán

El día de sant Jordi subo en autobús por la Via Laietana. A la altura del Palau de la Música, lo toma una amiga y me dice que bajará en el paseo de Gràcia, que va a una librería de Pau Claris porque quiere que un autor le firme su libro y estará allí de 12 a 1. Debo poner cara de extrañada porque añade que nunca todavía había hecho una cosa así (parece que con esta aclaración niegue, desmiente o invalide que hoy sí lo está haciendo), pero que conoció al autor en un taller de escritura y...

Me pregunta cómo veo el día, que seguramente estoy contenta, que es sant Jordi y se celebra el libro. Le contesto que más bien se celebra la industria del libro (espero que no me lo haga decir la cruda realidad, es decir, que de mis libros, del que más se ha vendido, se habrán vendido apenas trescientos ejemplares), pontifico que los libros (y leerlos) son otra cosa y que van por su cuenta y que cada uno sigue su camino.

La señora del asiento de atrás —que enarbola orgullosa dos rosas y lleva una bolsa de papel que seguramente contiene algún libro—, al oírme no puede evitar decirme educadamente que qué visión más pesimista, que si no me alegra que se vendan libros. Le digo que sí, claro. Que me gusta bastante más que se vendan libros y rosas que no ropa o coches, y ya no digamos, armas. Llego a mi parada y les digo adiós.

Las ventas muestran que las rosas de Sant Jordi deben ser rojas, las amarillas son accesorias y contingentes. Y que los libros para regalar tienen que ser de ficción

Entonces la señora en un gesto del todo inesperado (tal vez incluso para ella) me alarga una de las rojas rosas que lleva y me desea un buen día (admito que tengo una cierta propensión a que las mujeres me regalen rosas —o claveles de poeta, que viene a ser lo mismo—). Se lo agradezco y me voy a casa contenta. Mira por donde ya tengo una.

Milagrosamente, el día siguiente todavía está ufana y aún no se ha autodegollado, cosa que suelen hacer las rosas de sant Jordi en el mismo momento que traspasan el umbral, la puerta de entrada a casa.

Este año, con la campaña del amarillo, sant Jordi ha mostrado dos verdades. Una, que las rosas de sant Jordi deben ser rojas y que las amarillas (se vendieron seiscientos mil ejemplares que tampoco está nada mal) son accesorias y contingentes, no básicas. Dos, que los libros que se regalan deben ser de creación; es decir, mucha gente compró algún libro que habla del proceso de independencia (especialmente de los que están a favor, o no ferozmente en contra), pero lo hicieron «además» de comprar una novela, una recopilación de cuentos, un libro de poesía. Tienen claras, parece, las líneas que separan la creación del resto.

Me compré algunos libros, claro está, pero sobre todo me dediqué a observar las rosas en casa, aunque confieso que para mí las auténticas son las rosas rosas. Me gustaría poder decir que es influencia del «una rosa, es una rosa, es una rosa» de Gertrude Stein y gastar ínfulas de entendida.

Mucho me temo, sin embargo, que arraigan en la infancia cuando en el jardín enormes rosas veras —si era primera hora de la mañana con algunas gotas de rocío perfecta y estratégicamente dispuestas—, rosas con cuerpo y alma vera y un perfume que lo embriagaba todo, primero se liberaban del corsé puntiagudo y verde oscuro del capullo, luego estallaban serenas y majestuosas, para ir eclosionando despacio, muy lentamente, con gran elegancia y plenitud, y finalmente se deshojaban en una orgía de nostalgia y melancolía al ritmo incierto del mes de abril.

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