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06/02/2018 07:35 CET | Actualizado 11/02/2018 20:24 CET

Ursula K. Le Guin: literatura sin ninguna duda de género

Dan Tuffs/Getty Images
Ursula Le Guin (diciembre, 2015).

Este artículo está también disponible en catalán

Se me ha muerto Ursula K. Le Guin (1929-2018).

Se nos mueren más y más autoras; un cruel goteo. De todos modos, siempre podremos cobijarnos en sus obras y libros. En el caso de Le Guin, feminista, ecologista, taoísta, progresista, pacifista... —y perdonen las redundancias—, han sido ochenta y ocho fecundos y polifacéticos años que abrazan una literatura larga y ancha y todo tipo de premios. ¡Gracias, muchas gracias, infinitas gracias!

Libros de ciencia ficción, como la excelente La mano izquierda de la oscuridad. Novela histórica, por ejemplo, Malafrena. La tetralogía de los Libros de Terramar, que habla de los saberes ocultos de la gente del arcaico archipiélago. El espléndido Los desposeídos, donde detrás una nueva trama de ciencia ficción habla de filosofía y ejemplifica y describe el capitalismo, el comunismo y el anarquismo. Libros como El Nombre del mundo es Bosque, una vibrante crítica a la intervención norteamericana en Vietnam, en definitiva, a las guerras imperialistas. El iniciático y juvenil o El ojo de la garza. Cuentos y más cuentos, variadísimas narraciones llenas de intuiciones. También escribe poesía y crítica literaria.

Estamos ante una obra uteral, básica, fundamental, que explica mucha de la literatura o incluso cine posterior: la serie de Harry Potter de J.K. Rowling, situada en una escuela de magia como la que Le Guin se inventó para Un mago de Terramar; el filme Avatar de James Cameron que sigue, aunque no muy finamente, la estela de El Nombre del mundo es Bosque; la ciencia-ficción de Georges R. R. Martin...

En el grave y triste momento de su muerte, me gustaría recordar, sin embargo, el temple y el criterio de una escritora que a pesar de desbordar en todo momento cualquier género —y no sólo los literarios, como veremos más abajo— dijo:

Me llevó años darme cuenta que elegí trabajar en géneros tan marginales y despreciados como la ciencia ficción, fantasía, y literatura para jóvenes, precisamente por estar excluida de la supervisión crítica, académica, canónica, dejando a la artista libre; me tomó diez años más llegar a tener el juicio y el valor para ver y decir que la exclusión de los géneros de la «literatura» es injustificada, injustificable, y no un problema de calidad sino de política.

Seguramente en la elección influyó el modelo de su madre, la escritora y antropóloga Theodora Kracaw Kroeber, autora de un best-seller del indigenismo norteamericano, Ishi, que muestra que Le Guin no sale de la nada, que es un brote de una hermosa genealogía.

Para verlo bastaría reseguir las consecuencias de un detalle de una de sus obras magnas, La mano izquierda de la oscuridad.

El denso e hipnotizante libro —con protagonista de piel negra como el mago de Terramar (y cuando los escribió esta elección mermaba el público lector)— transcurre en un mundo donde las personas no tienen sexo hasta que, en las épocas de celo, se enamoran de alguien y entonces su sexo toma la forma complementaria al sexo que adopta la persona de quien se han enamorado. A lo largo de la vida cambian de sexo varias veces, por tanto, presenta un planeta de identidades sexuales cambiantes donde nadie puede sentirse totalmente de un único sexo y esto impide subordinaciones encarnadas en la biología. (Hace años era lectura en un curso de literatura y recuerdo con gozo el embeleso entusiasmado de las alumnas, que por su cuenta y riesgo lo llegaron a teatralizar para explicarlo a otra clase.)

Pues bien, un reputado autor de ciencia-ficción y crítico, Stanisław Lem, se indignó con la imaginativa, inteligente y atrevida Le Guin de La mano izquierda de la oscuridad porque a su entender esta inestabilidad sexual podía producir una angustia insoportable a los personajes (¡de papel!) de la novela.

Incluso acusó a Le Guin de que los personajes del planeta en realidad le habían salido hombres, tanto por sus palabras como por su indumentaria. Le Guin pidió a Lem que le dijera una sola frase de la novela que no podría ser dicha por una mujer y, por otro lado, explicó que como la acción pasaba en un planeta extremadamente frío había vestido a los seres autóctonos como las y los esquimales. (Se trataba de un claro caso de percepción androcéntrica por parte del autor.)

La ropa, ¡qué otro gran tema el del atavío! Podría colocarse también en el centro de la literatura. Tampoco está sola en este aspecto: las vestimentas ideadas por Le Guin guardan relación con las comodísimas ropas pensadas por Charlotte Perkins Gilman para que las mujeres de su utópica Tierra de Ellas (otra obra que puede ponerse como modelo de literatura que revienta los límites de los géneros) vistieran confortables y a gusto, o posteriormente con la sospecha de la detectiva de Sue Grafton, Kinsey Millhone, sobre los zapatos de tacón de aguja: si fueran tan cómodos, los hombres los usarían.

Literatura, pues, mayúscula; de la buena; sin ningún género de dudas. La enternecedora angustia (real) de Stanisław Lem —un autor que, recordémoslo, también era crítico literario—, el sufrimiento que atribuye a los personajes de Le Guin, sólo puede verse como el máximo homenaje que se puede rendir a una novela, a una ficción, a la capacidad de convencimiento creador de Le Guin, habilísima para hacer creer a un experimentado autor que lo que cuenta es tan «cierto», tan verosímil, que podría pasar realmente. Vamos, que está pasando.

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