Lo que nadie vio durante el covid: la ciencia revela que medir brotes estudiando aguas residuales tiene puntos ciegos en barrios más pobres
Un hallazgo que llega en un momento crítico.

Durante la pandemia de covid-19, las alcantarillas se convirtieron en un inesperado termómetro de la salud pública. Mientras medio mundo miraba las cifras de hospitales y pruebas diagnósticas, científicos de distintos países comenzaron a rastrear el virus en las aguas residuales con la esperanza de detectar brotes antes de que explotaran. Una herramienta aparentemente segura que hoy revela que también tenía puntos ciegos.
Ahora, un nuevo estudio advierte que esa vigilancia no funcionaba igual para todos. Los investigadores descubrieron que los barrios más vulnerables, normalmente conectados a enormes plantas de tratamiento de agua en grandes ciudades, tardaban más en mostrar señales claras de un brote. Esto se debe a que cuanto mayor es el volumen de agua, más se diluye el rastro del virus y más difícil resulta detectar los primeros contagios. Mientras tanto, en comunidades más pequeñas y con más recursos, un solo caso podía ser identificado mucho antes.
La investigación, que ha sido desarrollada por especiales de la Escuela Maxwell y publicada en American Journal of Public Health, comparó datos por tramos censales entre 2020 y 2024, y llegó a la conclusión de que la cobertura puede ser amplia, pero la detección no es temprana. En las grandes ciudades, donde viven muchas de las poblaciones más vulnerables, el virus puede circular entre decenas de personas antes de que el sistema logre detectarlo. En cambio, en comunidades más pequeñas un solo caso resulta más visible para el sistema.
Hay que corregir los puntos débiles
El estudio señala que más del 80% de las personas que viven en pobreza en el estado de Nueva York residían en áreas donde un brote tendría que superar las 10 infecciones antes de ser detectado de forma consistente en las aguas residuales. Dicho de otro modo, quienes más necesitan que el sistema avise pronto son, precisamente, quienes pueden quedar fuera del radar durante más tiempo.
Estos hallazgos llegan en un momento crítico, ya que el Sistema Nacional de Vigilancia de Aguas Residuales de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) se enfrenta ahora a una financiación incierta, mientras las ayudas de emergencia aprobadas durante la pandemia comienzan a agotarse. Los investigadores advierten que reducir el número de plantas de tratamiento incluidas en la red para abaratar costes podría agravar todavía más las desigualdades detectadas.
Lejos de cuestionar la utilidad de esta herramienta, los autores defienden que la vigilancia de aguas residuales sigue siendo una de las formas más eficaces de anticiparse a futuras crisis sanitarias, aunque creen que necesita corregir sus puntos débiles. Para ello hay que tomar muestras más cerca de los barrios y no solo en las grandes plantas de tratamiento, ampliar la red de vigilancia en comunidades pequeñas y mejorar los modelos estadísticos para detectar señales tempranas incluso cuando los contagios son bajos.
