La ciencia confirma que contar calorías no lo es todo: un nuevo modelo matemático ayudará a desvelar el papel de la flora intestinal en el consumo de energía
Un sistema que sigue el viaje de los alimentos a través del aparato digestivo.

Cada vez más personas revisan obsesivamente las calorías de lo que comen, comparan etiquetas en el supermercado o registran cada comida en una aplicación creyendo que el cuerpo funciona como una simple calculadora. Pero la ciencia empieza a desmontar esa idea, ya que no todas las calorías se aprovechan igual y, en ese proceso, la flora intestinal juega un papel mucho más importante de lo que se pensaba.
Ahora, un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de Arizona ha desarrollado un modelo matemático capaz de seguir el recorrido de los alimentos dentro del organismo y medir cómo interactúan con los miles de millones de microorganismos que habitan en el intestino. El sistema, bautizado como DAMM, revela que parte de la energía que obtiene el cuerpo no depende solo de grasas, proteínas o carbohidratos, sino también de cómo la microbiota procesa los restos de la digestión.
El sistema, cuyas siglas responden a ‘digestion, absorption and microbial metabolism’, sigue el viaje de los alimentos a través del aparato digestivo y separa tres fases: lo que el organismo absorbe en la parte alta del tracto intestinal, lo que llega al colon y lo que hacen allí los microbios con los restos no digeridos. Este nuevo modelo matemático ha sido presentado en una investigación publicada en PLOS One.
Un modelo sensible a la dieta
El modelo estimó que los ácidos grasos de cadena corta absorbidos en el colon aportaban un promedio de aproximadamente 140 calorías diarias, o alrededor del 7,4% de la energía utilizable total. Según el artículo científico, aproximadamente el 85% de la energía utilizable procede del tracto gastrointestinal superior, mientras que cerca del 15% depende del tramo inferior, donde la actividad microbiana desempeña un papel fundamental.
Para llegar a estas conclusiones, DAMM se apoyó en un ensayo controlado con adultos sanos que siguieron dos dietas distintas: una rica en fibra y almidón resistente, diseñada para favorecer la microbiota, y otra más parecida a la dieta occidental habitual, con más alimentos procesados. Quienes siguieron la dieta occidental absorbieron unas 116 calorías más al día que quienes comieron más fibra, sin que el grupo de mayor fibra experimentara mayor sensación de hambre.
“Lo verdaderamente único del modelo DAMM es que vincula cuantitativamente el metabolismo humano con el metabolismo de los microorganismos del colon de una manera que coincide con los resultados del estudio clínico y proporciona información fundamental sobre cómo la comunidad microbiana interactúa con el huésped humano”, asegura el profesor Bruce Rittmann, director del Centro Biodesign Swette para la Biotecnología Ambiental y coautor del estudio.
Los investigadores sostienen que este tipo de herramientas podría ayudar a entender mejor la obesidad, la diabetes y otros trastornos metabólicos, porque no todas las dietas alimentan igual al cuerpo humano ni a la comunidad microbiana del colon. En un escenario más ambicioso, DAMM podría servir para diseñar planes alimentarios más personalizados, aunque los propios autores insisten en que hace falta más validación antes de llevarlo a consulta.
