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17/10/2013 07:43 CEST | Actualizado 16/12/2013 11:12 CET

Gratitud todos los días

Quienes han hecho mucho dinero trabajando, debieran expresar agradecimiento con el auspicio económico de una cátedra en la Universidad o financiando un nuevo pabellón en un hospital de niños. Y si no tenemos dinero, hagámoslo fregando platos o cortando el césped en el parterre que rodea lo que fue tu colegio.

Casi siempre vengo andando desde mi casa a la Universidad. Y también, casi siempre, cuando cruzo el campus universitario, soy bastante observador de todo cuanto acontece en él, sea en los paseos o jardines o la gente con la que me tropiezo. Y debo decir que, tras años, ya poco viene a despertar mi curiosidad y llamar mi atención de un modo especial. El cuadro, al menos por las mañanas, es casi siempre el mismo, un constante trasiego de estudiantes, cientos, presos de andares acelerados hacia sus facultades. Cruce de miradas, muchas agudas, mirando hacia afuera, otras ausentes, mirando hacia adentro. Pero casi todas, seguro, pensando en algún examen o lo interesante de alguna de la clases a la que van a asistir o quizá también lo aburrido de otras. Poco más.

Hoy ha ocurrido algo diferente. Pasando por delante del jardín botánico he visto a un señor de pelo blanco, bien vestido, con camisa blanca y pantalón claro, con una pequeña mochila a la espalda que, agachado, parecía explorar unos matojos que ya altos, crecían en los espacios dejados por los árboles, algunos secos, que rodean el paseo. Y aquello llamó mi atención. Y pronto me dí cuenta que tenía en su mano una podadora pequeña, de esas de jardín, con la que estaba cortando precisamente esos matojos. Me quedé unos segundos observándolo. Cortaba las hierbas, las cogía en racimo, y las dejaba al borde de la valla del jardín. Era obvio que no era un jardinero municipal ni de la universidad. Era alguien que viendo, supongo, el relativo abandono y descuido de los paseos de la Ciudad Universitaria debió haber decidido echar una mano por sí mismo en el adecentamiento de aquello y puso manos en el asunto. No me quedé a ver cuánto tiempo y trabajo fue capaz de realizar. Ni tampoco me acerqué a hablar con él (luego pensé que tal vez debiera haberlo hecho). Sí vi que los espacios que iba dejando atrás estaban cortados y limpios de matojos. Para mí fue suficiente. ¿Qué sintió aquella persona que le llevara a realizar lo que estaba haciendo? ¿Era un jubilado que una vez fue estudiante de la Universidad? ¿Era un arrebato puntual de agradecimiento por el disfrute de aquellos espacios que él mismo vivió años atrás y vio ahora descuidados? En cualquier caso, y por si ello fuera así, quiero señalar que me impresionó lo que hacía aquel hombre y me llenó de impulso a hacer lo mismo.

Hace ya mucho tiempo que vengo señalando, quizá lo que todo el mundo sabe, y es que el agradecimiento es uno de los gestos humanos más hermosos. Agradecimiento a las personas, cercanas o lejanas. Agradecimiento a las Instituciones y a las personas que tras ellas lo merecen. Agradecimiento incluso a lo que ves, sea una sonrisa o un gesto, o a la misma belleza que admiras en una obra de arte, o a lo que oyes, sea una hermosa sinfonía o una hermosa voz. Y también creo haber escrito alguna que otra vez que quienes han hecho mucho dinero trabajando, debieran expresar agradecimiento con el auspicio económico de una cátedra relevante que lleve su propio nombre en la Universidad o financiando un nuevo pabellón, también con su nombre, en un hospital de niños. Y si no tenemos dinero, hagámoslo fregando platos en una casa de acogida o cortando el césped en el parterre que rodea lo que, tal vez hace muchos años, fue tu colegio y al que posiblemente tanto debes. O como en el caso que ahora describo en este blog, cortando los matojos entre árboles y cemento de los entornos de tu universidad a la que, tal vez, también debes algo.

Y cuanto digo no tiene nada de nuevo. Al contrario, es viejo, repetido y ya puesto en marcha en la cultura de los países de raíz germánica o anglosajona. Y una vez más debo decir que todo son valores humanos que solo se pueden ejercitar si fueron entronizados en nuestros cerebros cuando niños. Normas, respeto, empatía, ayuda a los demás bien entendidas, que hoy comenzamos muy tímidamente a justipreciar entre nosotros. Valores que la Neurociencia Cognitiva avanza ya para saber dónde anclan en el cerebro y en qué circuitos neuronales se codifican y que cuando expresados en la conducta constituyen el entorno humano que gratifica tanto la existencia de todos los días. Eso son los peldaños de esa nueva cultura que se avecina. Aprestémonos a abrir los ojos y darnos cuenta de ello.