BLOGS
18/10/2015 09:57 CEST | Actualizado 18/10/2016 11:12 CEST

Vistalegre o el aldabonazo de Podemos

De Vistalegre salió una formación política dispuesta a la lucha por seducir a una nueva mayoría social y descargado de algunos de los pesos que, en la Izquierda tradicional, habían condenado en los últimos tiempos los proyectos de transformación social a la autorreferencia o al sectarismo, cuando no a la melancolía del beautiful loser.

"¡Preséntense a las elecciones!" Se recordará cómo, al calor del 15M, muchos politicos y editoriales se lanzaron a aconsejar que toda esa energía ciudadana se canalizara, "como debía ser", presentándose a unos comicios. Cuando, tras Vistalegre, Podemos mostró explícitamente su voluntad de presentarse como un partido dispuesto a encarar la lucha electoral, no pocos de ellos censuraron entonces cómo se había "perdido la magia". A muchos nos les gustó que dejáramos claro que la formación buscaba colocarse en la mejor posición para disputar las elecciones generales de 2015. Si hoy, un año después, suena muy viejo el desafío de "¡Preséntense a las elecciones!" es porque, tras el hito inaugural de Vistalegre, Podemos se ha convertido con todo derecho en un actor fundamental en el tablero político actual.

A pesar de que todavía queda mucho por afinar y mejorar, no es exagerado afirmar que Vistalegre señaló el rumbo para construir el partido político más deliberativo y abierto de la historia española. En las votaciones que hace un año tuvieron lugar participaron nada menos que 112.070 personas, en donde el documento Claro Que Podemos obtuvo la victoria con un 80, 71% de los votos. Unas cifras extraordinariamente llamativas si tenemos en cuenta un simple dato: en las primarias del PSOE del año 2000, donde se dirimía el liderazgo entre José Bono y José Luis Rodríguez Zapatero, Matilde Fernández y Rosa Díez, participaron algo menos de 1000 militantes socialistas. No es exagerado afirmar que Vistalegre fue un punto de inflexión y elevó el listón de la participación ciudadana al resto de los partidos, tradicionalmente forjados desde un pétreo concepto tradicional de militancia alejado de la gente y con lógicas de aparato necesitadas de avales y orientadas solo a su perduración en el tiempo.

El evento, que congregó aproximadamente a 8.000 afiliados -de los 130.000 que ya por entonces estaban inscritos-, puso de manifiesto el debate interno que por entonces tenía lugar con toda transparencia: con cámaras de televisión y a la vista de todo el mundo. No había nada que ocultar. Aparte del documento organizativo que marcaría la futura hoja de ruta política, varios fueron los textos que se aprobaron por votación y que se añadieron a la línea política de la organización en temas como educación, anticorrupción, vivienda, sanidad y auditoría-reestructuración de la deuda. Un compromiso innegociable con la educación; una reivindicación del derecho a la vivienda y la sanidad pública; la apuesta por otro modelo de crecimiento económico. Un nuevo modelo de país, en suma. Hoy, nuestro programa para las elecciones generales de diciembre supone la culminación de todo ese proceso colectivo.

Durante cuatro días, 38.279 personas eligieron por Internet entre más de 100 opciones. Durante todo el encuentro se utilizaron aplicaciones técnicas, inéditas en un partido político, que permitieron con éxito una interacción prácticamente simultánea entre ponentes y público. Todos estos datos ya indican hasta qué punto Vistalegre fue un aldabonazo dentro de la corta historia de Podemos. Hubo un intenso debate entre los documentos, pero, aunque muchas informaciones buscaron acentuar el sentido del enfrentamiento, todos los grupos apelaron a la unidad y llamaron a respetar la discrepancia y a colaborar todos juntos una vez que hubiera concluido el proceso asambleario.

Es evidente que, al rebufo del ciclo de movilizaciones abierto por el 15M, Podemos logró abrir una brecha inédita, desplazando el horizonte de lo posible con oportunidades que hacía pocos años parecían impensables. Podemos también era y sigue siendo un síntoma de ese nuevo clima social donde, en los bares y lugares de trabajo, en las puertas del colegio y los mercados, se habla abiertamente de política y no se cede al cinismo y la resignación del "no hay alternativa". En ese paso del yo indignado a un nosotros comprometido Vistalegre fue un hito fundamental.

Guillermo Zapata aludió al evento con una sugerente comparación: del mismo modo que Dylan electrificó su música frente al folk, Iglesias y el grupo promotor electrificaron institucionalmente sus propuesta frente a las viejas raíces movimientistas. De Vistalegre salió una formación política dispuesta a la lucha por seducir a una nueva mayoría social y descargado de algunos de los pesos que, en la Izquierda tradicional, habían condenado en los últimos tiempos los proyectos de transformación social a la autorreferencia o al sectarismo, cuando no a la melancolía del beautiful loser; liberado de dobles militancias y dotado de una mayor imagen de solvencia programática a a la hora de ofrecer propuestas.

Un paso adelante hacia una forma realista de hacer política no incompatible con la ilusión de cambio ni lastrado por las conveniencias tacticistas de la Realpolitik, pero también al mismo tiempo consciente de la necesidad de atravesar muchas contradicciones y tensiones. Como sintetizó Pablo Iglesias: "Ya no somos un movimiento ciudadano, somos una fuerza política". Del mismo modo que, tras la aparición del 15M, muchas organizaciones y partidos entendieron que, por fin, la realidad les estaba dando la razón cuando realmente solo estaban confirmando sus prejuicios, tras la irrupción de Podemos, muchas organizaciones y movimientos creyeron que, por fin, la tendencia histórica estaba madura para sus hojas de ruta.

Lo que nos condujo a Vistalegre no fue la irrefenable ola de nuestras victorias, sino los callejones sin salida de las casillas políticas prestablecidas, el aprendizaje de muchas impotencias y derrotas.

Sin embargo, lo que presenciamos en Vistalegre poco tenía que ver con los actos de los viejos partidos ni con los típicos escenarios activistas. No había banderas, los lemas, mínimos, apelaban a la gente común. Y el perfil sociológico, intergeneracional: personas mayores que ahora recuperaban la esperanza, pero también muchos jóvenes. El pabellón de Vistalegre fue decorado con una escenografía de 10 palabras que colgaban del techo: transparencia, pueblo, dignidad, círculos, democracia, derechos, soberanía, futuro, cambio, ilusión. Todas ellas remitían a un simple sentido común que había emergido para una nueva mayoría social en el trance de una crisis económica terrible. ¿Por qué entonces no "ocupar la centralidad de este tablero"? Se entendía que aspirar a conquistar esta posición pasaba por asumir que, tras el corrimiento de tierras surgido del 15M, muchos principios y propuestas de cambio se estaban empezando a convertir en una suerte de horizonte de época con una capacidad mayoritaria de atracción tal que a los que hasta entonces sostenían posiciones antidemocráticas, depredadoras de lo público o legitimadoras de las elites extractivas no les quedaba más que girar de posición hacia ella y seducirlo. La voluntad política de conquistar este nuevo "centro de gravedad política" pasaba por construir un tipo de organización híbrida, pero eficaz, a la altura de este gran desafío.  

Lo que nos jugábamos en Vistalegre era simplemente una estructura organizativa lo suficientemente permeable como para llegar a ese nuevo centro de gravedad social. Había espacio para una iniciativa ambiciosa más orientada a mirar en términos constructivos hacia esa nueva geografía social que hacia dentro, más hacia politizar el mínimo común denominador del malestar que a ensimismarse en las eternas discusiones teóricas o asamblearias de las luchas militantes. Se requería una organización no ajena a los movimientos de sus Círculos, con cuadros cercanos a la gente, una maquinaria electoral cuya fuerza motriz no fuera rutinaria y conservadora, sin vida, meramente dominadora. De hecho, este riesgo de degeneración era totalmente opuesto al espíritu hegemónico que guió a Podemos desde el principio. Si habíamos crecido tanto en tan poco tiempo, ¿no era justo por habernos infiltrado como un viento democrático por todos los estratos sociales, sensibles a la pluralidad, respetuoso con los diferentes ritmos de los territorios y sus singularidades?

En los días de Vistalegre un amigo definió a Podemos como una situación viral donde sus simpatizantes y afiliados, como zombis, crecían de forma desbordante. Podemos no se desarrolló como un agente contaminante tan rápido por ser la mejor idea, sino por ser un proyecto cuya construcción concreta en la práctica se desmarcó precisamente de todas las magníficas ideas que dialogaban en torno a sí mismas y por tomar el creciente pulso destituyente articulando un nuevo relato capaz de conectar tanto el malestar como la ilusión de cambio.

La expresa confianza de algunos de los opositores al documento Claro que Podemos en que el desbordamiento por sí mismo era la mejor solución subestimaba, sin embargo, la necesidad de asegurar antes políticamente posiciones institucionales que pudieran servir de plataforma al cambio de las formas de vida desde abajo. Desde este ángulo debe leerse la conquista, tiempo después, en las elecciones autonómicas y municipales, de muchas alcaldías de ciudades importantes. Lejos de asumir una posición triunfalista respecto al tiempo histórico precedente, Vistalegre tenía en cuenta la larga marcha de dónde veníamos: por mucho que nuestras mareas y las movilizaciones surgidas al calor del 15M habían allanado y abonado el camino a seguir, no podíamos tampoco ignorar en qué medida la ideología privatizadora neoliberal también había modelado en parte en las conductas y el sentido común de época. No ocupar institucionalmente el espacio que ahora se debatía agónicamente en su crisis de legitimación hubiera sido perder una oportunidad histórica usando viejas recetas que ya no funcionaban.

Un año después de un ciclo político vertiginoso, Vistalegre aparece como un hito decisivo del relato de Podemos: un momento que dio forma política a las impaciencias de la voluntad de transformación; que dotó al proyecto de mayor concreción, de solvencia y madurez, pero también de vértigo. Lo que nos condujo a Vistalegre no fue la irrefenable ola de nuestras victorias, sino los callejones sin salida de las casillas políticas prestablecidas, el aprendizaje de muchas impotencias y derrotas. Hoy, lo que nos sigue impulsando más allá de ese aldabonazo inaugural es la misma y tenaz fidelidad a un proyecto con voluntad de ganar, una ilusión que, en un paisaje electoral abierto, volátil y sin precedentes, sigue abriéndose camino. Hablábamos más arriba del sano efecto de politización que se ha producido en la sociedad española. En un envite en el que votar va a importar mucho, si hay una fuerza con opciones reales de garantizar el cambio, esa es Podemos. 

NUEVOS TIEMPOS