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13/08/2014 07:37 CEST | Actualizado 12/10/2014 11:12 CEST

Oh capitán, mi capitán: muchas gracias, Robin Williams

el club de los poetas muertos Era un viernes, 8 de marzo de 1996. Yo tenía 13 años y no había salido del armario. Mi familia decidió ir a ver a la última película de Robin Williams, Una jaula de grillos. Yo estaba aterrorizado.

Jordan Strauss/Invision/AP
Robin Williams arrives at the CBS, CW and Showtime TCA party at The Beverly Hilton on Monday, July 29, 2013 in Beverly Hills, Calif. (Photo by Jordan Strauss/Invision/AP)

Era un viernes, 8 de marzo de 1996. Yo tenía 13 años y no había salido del armario. Mi familia decidió ir a ver a la última película de Robin Williams, Una jaula de grillos. Yo estaba aterrorizado.

Sabía que era una película de gays en la que él actuaba como miembro de una pareja de homosexuales junto con el actor Nathan Lane. A mí me daba mucho miedo. Me daba miedo por ser gay, porque estaba preocupado por mi futuro y por morir de sida. Puede que al ver a Robin Williams, uno de los hombres más divertidos de Estados Unidos, en el papel de gay, mis padres me miraran y se dieran cuenta de todo. ¿Me iban a odiar?

Culturalmente, supuso mucho eso de ver a Robin Williams interpretando a un hombre homosexual que no se moría de sida, ni se suicidaba, ni era asesinado, sino que formaba parte de una pareja que se quería y que criaba a un niño. Quizás a partir de esta película, las descripciones de gays en el cine y la tele empezaron a ser más apropiadas. ¿Habrían existido La boda de mi mejor amigo, Ellen o Queer as Folk (que salieron tras el estreno de Una jaula de grillos) si no hubiera sido por la actuación de Williams? No lo sé, y no me importa.

Como al resto de estadounidenses, a mi familia le encantó Una jaula de grillos. Al ver sus reacciones y al escuchar cómo citaban las frases del guion, empecé a pensar que quizás las cosas me iban a ir bien. Puede que me quisieran a pesar de ser gay (de hecho, siguieron y siguen queriéndome).

Ahora me siento a escribir esto con lágrimas en los ojos por la muerte de Robin Williams a la edad de 63 años. Como muchas personas, entre ellas yo mismo, el actor sufrió los demonios de la depresión y de la adicción. Ya habló de estos demonios, y la posibilidad de que hayan contribuido a su muerte resulta desgarradora, pero no disminuye en absoluto el increíble regalo que nos hizo: su propia persona.

Se escribirán muchas cosas buenas sobre Robin Williams, sobre su trabajo, su filantropía y, sí, también sobre sus demonios. Pero para mí, su muerte es algo personal.

Diecisiete años después, tras seis meses de quimioterapia, creé una versión en vivo de mi #Chemocation. Después del espectáculo tuve la gran oportunidad de comer con Robin Williams. Tengo que aclarar que no éramos íntimos, en absoluto. Pero en ese momento, al hablar con él, al ver a ese hombre que cambió mi vida, que me ayudó sobremanera a aceptarme como escritor y cómico gay, me sentí sobrecogido por la emoción. Estaba demasiado nervioso para contarle la historia de aquel día de 1996. Estaba atónito, pero no por su fama, sino por darme cuenta de dónde me había llevado la vida. Estuvimos hablando sobre la comedia y sobre mi cáncer. Nunca me olvidaré de su risa al ver a ese enorme tumor cantando.

En cierto modo, siento que un miembro de mi familia se ha ido. Estoy seguro de que mucha gente que le quería se siente igual. Es importante recordar que bajo la máscara de la comedia había un hombre con hijos, con seres queridos, un hombre que luchaba, pero, sobre todo, un hombre que vivía.

Para mí, siempre será el hombre que consiguió que me sintiera bien conmigo mismo por primera vez en mi adolescencia.

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