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28/02/2013 08:26 CET | Actualizado 29/04/2013 11:12 CEST

¿Hay motivos para pensar que hay crisis en Can Barça?

El Barcelona fue batido en la noche del martes por el Real Madrid en un choque que dominaron los blancos de principio a fin. Una velada que manifestó la superioridad de los de Chamartín de una manera jamás vista con Mourinho en el banquillo. No hilaron los azulgranas más de tres toques seguidos en las inmediaciones del área.

El Barcelona fue batido en la noche del martes por el Real Madrid en un choque que dominaron los blancos de principio a fin. Una velada que manifestó la superioridad de los de Chamartín de una manera jamás vista con Mourinho en el banquillo. El mánager portugués ha equilibrado la balanza definitivamente. Vino para quebrar la dinámica ganadora del Barça y lo ha conseguido. Ya se puede ir tranquilo. De un tiempo a esta parte el conjunto azulgrana parece jugar con menos furor, falto de energía y de ideas. Sobre todo de lo segundo. Si otros días se le acusaba de pecar de retórico, en el encuentro del Camp Nou ni siquiera se puede dar por válido tal argumento.

No hilaron los azulgranas más de tres toques seguidos en las inmediaciones del área. Nadie mezcló con precisión en el balcón del área blanco y los delanteros apenas avistaron a Diego López.

Sin alarmas innecesarias, sí que es cierto que el Barça ha perdido el hilo, que parece estar desinflándose a tenor de los últimos partidos. El síntoma más evidente es la falta de intensidad a la hora de presionar en equipo, la voracidad con la que acudían como hienas a recuperar la pelota nada más perderla. Parecen los culés saciados, desprovistos del constructor de esta obra, Pep Guardiola, y de su peón de brega en la sombra, Tito Vilanova. Los jugadores miran a la banda y no encuentran soluciones. Roura no se las da, tardón en los cambios y falto de tino en la gestión del vestuario. La repetición reiterada de las alineaciones altera los códigos de la caseta y su falta de carisma provoca que los futbolistas no cambien el discurso. El técnico interino es incapaz de sacarles de la académica rutina de la posesión y usar algún punzón, todo lo contrario que su predecesor, que encontraba siempre recursos para evolucionar. Esa falta de un referente simbólico en el banquillo con dotes de mando incide en que la autogestión campe sin mesura.

Esta ausencia de gobierno es otra causa más pero no se puede solo atribuir a la figura de un entrenador coyuntural el bache que atraviesa el Barcelona. Los jugadores no están respondiendo como se les supone. Iniesta, termómetro del juego culé, está desenchufado, como si la fiesta no fuera con él y el juego coral se resiente. Lo mismo que pasa con Messi y con Xavi, las otras piezas del trípode. A ellos son a quienes hay que pedir responsabilidades, porque Pedro, Busquets o Cesc son magníficos complementos cuando están en su pico de forma, pero los que acuden a las galas de la FIFA reconocidos como los mejores del mundo son los otros, la terna que ha elevado al Barça a lo más alto.

Ocurre, sin embargo, que para que el juego del Barça fluya se requiere de socios en la vanguardia a quienes buscar con pases verticales. La movilidad es otro hecho revelador. Xavi e Iniesta duermen la pelota sin hacer daño cuando no hay desmarques arriba. A Cesc y a Pedro les falta frescura. Tello y Villa pueden ser dos vías válidas para los próximos compromisos, como así lo reclama la hinchada.

La retaguardia es otro cantar: Alves hace tiempo que dejó de ser decisivo; sonó con fuerza para ser traspasado pero al final se quedó por más que le pesara a alguno. Puyol ya peina canas y se le notan las costuras más que otros años. El liderazgo sobre sus compañeros es lo que le mantiene de titular, si bien el relevo para el capitán se antoja inminente. La vuelta de Abidal puede ser una solución a corto plazo; pero en verano los retoques en la zaga serán imprescindibles.