BLOGS
02/09/2013 07:33 CEST | Actualizado 01/11/2013 10:12 CET

La depresión postvacacional es una gilipollez

En realidad cuando cae la noche del primer día de vacaciones ya sientes que se acerca el final, sientes, como en los cumpleaños, que ya te queda uno menos para el fin y que pasadas otras pocas noches, faltarán once meses para volver a disfrutar de un primer día de vacaciones.

No sé muy bien cuándo empiezan las vacaciones o cuando terminan. Yo cuando relleno el papel para solicitar a mi empresa mis días correspondientes pongo hasta el viernes, pero en realidad no me incorporo hasta el lunes siguiente, luego mis vacaciones reales deberían ser hasta el domingo inclusive, pero no, en realidad unos días antes del final del periodo ya sientes que esto se está acabando por lo que tu cabeza ya no está de vacaciones, aunque sigas metido en la playa hasta el corvejón. Digo playa, porque así parece más veraniego, pero yo soy de secano, gusto de los frescos aires nocturnos segovianos que permiten conciliar el sueño y dormir tapadito y decente, en vez de hacerlo en un charco de sudor y con el ruido machacón de la discoteca cercana.

En realidad cuando cae la noche del primer día de vacaciones ya sientes que se acerca el final, sientes, como en los cumpleaños, que ya te queda uno menos para el fin y que pasadas otras pocas noches, faltarán once meses para volver a disfrutar de un primer día de vacaciones.

En el comienzo ocurre igual: sufres un último mes donde vas descontando días, que se hacen interminables, hasta que aparece en tu calendario el deseado día de inicio del descanso. Pero me surge el mismo dilema. Yo pido las vacaciones desde un lunes, pero en realidad el último día que trabajo es el viernes anterior, entonces no sé muy bien cuando es mi primer día, si el sábado o realmente el lunes, que fue el que yo pedí a mi empresa, y como decía El Principito de Saint Exupéry, no sé cuándo preparar mi corazón para las vacaciones.

Ya que hablo de mi empresa, quería comentar que ayudó en gran medida a que el mes de julio, mi último mes de descuento, fuera especialmente malo, largo como meada cuesta abajo y penoso por el desencanto.

¿Por qué desencanto? Pues porque no contentos con haberme reducido dos o tres veces mi sueldo hasta perder un 25% de mi poder adquisitivo -primero fue una reducción del 7% a todos los empleados públicos, luego la desaparición de la paga de navidad, que no es extra, está en el convenio donde pone que cobramos lo que cobramos dividido en 14 pagas, que ahora son 13, mejor dicho 12 y media porque la de junio se queda en nada, no sé muy bien por qué desde el otro año-, además me he pasado el mes trabajando el doble y gratis: mi compañera se va de vacaciones y no ponen suplente, luego no hay vacaciones, porque a la vuelta le espera otro periodo doblando gratis cuando yo me voy.

Regreso de mi periodo vacacional un lunes -aunque las vacaciones no sé cuando se me terminaron realmente-, y mi empresa tiene a bien volver a alegrarme la vuelta. Me encuentro a día de hoy haciendo tres consultas de pediatría porque no se ha sustituido a ninguna de mis dos compañeras. No me quejo por la carga de trabajo, porque debido al cierre de las escuelas, la patología infantil ha decrecido mucho, pero me veo solo, desatendido por mis jefes, que por cierto, tampoco están. Necesito mimos.

Hace pocos años cuando yo vine aquí, todas las tardes Marga, la encargada de la limpieza, preparaba café y a escote aportábamos algún euro para galletas o algo que mojar. Nos juntábamos en la salita para hacer un rápido break y hablar con los compañeros, pero ahora le han reducido su horario y ya no está por el centro a la hora del café, con lo que la vomitona de un bebé sigue en la puerta hasta que ella llegue y nadie tiene ganas de hacer café, ni de salir de su despacho. Paso días sin hablar con ellos. Paso mis horas metido detrás de la mesa y pegado al ordenador. Me levanto a recibir a mis pequeños pacientes acompañados de sus mamás, papás y abuelos que callan y miran para otro lado por no ver la vomitona, ni ver los recortes, ni la degeneración social a la que nos están conduciendo los inútiles o malvados que nos gobiernan.

Negro, todo está muy negro, a punto de caer la tormenta vespertina y aquí tras mi pantalla, con el ruido del aparato de aire acondicionado, me apago, porque mis jefes lejos de incentivar mi trabajo me hunden y se despreocupan de mí, no les importo.

No sé qué hago aquí.

EL HUFFPOST PARA PHILIPS HUE