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14/10/2018 09:31 CEST | Actualizado 14/10/2018 09:31 CEST

Diario de un dependiente

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Soy un dependiente, un gran dependiente. No puedo hacer nada por mí mismo sin necesitar la ayuda de otra persona salvo pensar, demasiado tiempo para ello sin tener que batallar contra los monstruos que pueden ir surgiendo. De principio a fin del día necesito ayuda de una persona cerca de mí para resolver los pequeños o grandes problemas que puedan aparecer. Despertar, desnudar, duchar, echar crema y colonia, vestir, pasarme de la cama a la silla, levantarme, acostarme, moverme de una habitación a otra, prepararme todas las comidas y dármelas por sencillas que sean, encender y prepararme el ordenador (afortunadamente solo necesito eso pues lo manejo con la mirada), tiene que haber una persona que pueda atender a cualquier necesidad que me surja, y un largo etcétera de lo que pueda aparecer a lo largo del día.

Depender es volver a la infancia, es éste el sentimiento cuando al finalizar la ducha se me envuelve con la toalla, así hacía yo con mis hijos, cuando se cubre mi cuerpo con colonia tal y como hacía mi madre conmigo en las grandes ocasiones, comer con la servilleta a modo de babero, irme dando poco a poco la comida, arroparme cuando llega la hora de dormir y despedirme con un beso. Lo que ayer hacía yo con mis hijos hoy lo hacen ellos conmigo, al igual que mi mujer.

Soy un gran dependiente, mi movilidad ha llegado a cero. Soy un peso muerto, una carga con la que hay que convivir, a la que no es posible dejar de lado, una carga física y moral, muy difícil de soportar para los que tienen que llevar ese peso y para el peso mismo, más allá de la calma en ocasiones un tormento, más allá del aire fresco en ocasiones una asfixia, un ahogo, una vía sin salida, entre la vida una llamada a la muerte. Agotamiento.

Las aparentes condenas pueden compararse, pero en mi caso junto al agotamiento la realidad permite la existencia de momentos de felicidad

Todo esto forma parte de mi vida, y sin embargo también forma parte la fortuna. Imaginamos una situación similar en una casa sin recursos económicos suficientes como para poder contratar a una persona que te acompañe y cuide. Imaginamos como se incrementa la tormenta cuando se ha perdido además la cabeza. Falta de recursos que también impide disponer de medios técnicos necesarios como puede ser una silla eléctrica que te otorga cierta autonomía o una cama articulada que te evita pasar el día tumbado. Es importante disponer de un círculo afectivo y social que te impida el aislamiento, mis hijos con mi mujer al frente pendientes de mí, mis amigos que sé que estén presentes físicamente o no se encuentran cerca de mí. La posibilidad o no de salir a la calle. La presencia de unas escaleras y la ausencia de un ascensor te obliga a pasar un año tras otro encerrado en casa. La combinación de todo eso supone un castigo inmerecido: la soledad y la presencia inacabable de una rutina reducida a un repetir constante, las mismas cuatro acciones. Las aparentes condenas pueden compararse, pero en mi caso junto al agotamiento la realidad permite la existencia de momentos de felicidad. Puede uno tener ocasiones para maldecir la vida, las mismas quizás, al menos, que para estar agradecido a ella.

Este texto ha sido escrito con la mirada, ya no puedo utilizar las manos para ello y la voz es un sistema poco fiable. La mirada me ha permitido poder manejar el ordenador y escribir, algo inesperado, un verdadero regalo de mi hijo menor. Este discapacitado, incapaz de casi todo descubre que cuando él se encuentra haciendo pasar el tiempo, de alguna manera otros piensan en él y para él, que cuando él duerme otros velan su sueño, un círculo de afecto le rodea. Este sistema no se trata de un simple aparato electrónico, es también, para mí, un acto de amor, es ese amor el que me libera de mis inutilidades.

Este post se publicó originalmente en el blog del autor