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24/07/2012 19:48 CEST | Actualizado 23/09/2012 11:12 CEST

Un buen enseñante

Don Gregorio Peces Barba quedará como una de esas pocas personas sobresalientes y polifacéticas que cada generación mima para colocar en el anaquel de la historia. Y le tocó brillar, redactar e iluminar ese difícil tránsito hacia la democracia en el vigente texto constitucional.

Hay ciudadanos y ciudadanas a los que debiera estar prohibido morir, personas que prestigian cuanto tocan. Gregorio Peces-Barba es uno de ellos. Político, profesor, jurista, un ciudadano ejemplar, de reconocido prestigio público al que incluso a sus adversarios le costaba encontrar alguna arista.

A lo largo de los años, tuve la fortuna de conocer y compartir vivencias y conocimientos, fue mi profesor en el quinto curso de Derecho de la asignatura Filosofía del Derecho. Entonces era un cristiano de firmes creencias y un luchador contra la Dictadura, pero dialogante, y muy comprometido. Un demócrata de profundas convicciones cuando esa expresión aún costaba masticar; un trabajador incansable contra un régimen agonizante pero férreo. Su apellido estuvo asociado a causas nobles y justas siempre desde el predominio de la razón.

Don Gregorio Peces-Barba quedará como una de esas pocas personas sobresalientes y polifacéticas que cada generación mima para colocar en el anaquel de la historia. Y le tocó brillar, redactar e iluminar ese difícil tránsito hacia la democracia dejando su impronta en el vigente texto constitucional.

Hay personas que viven y sobreviven a la sombra de un carnet político. La franquicia puede mucho más que su figura. Otras, es su caso, honran, dan luz, calor y lustre al carné que llevan. Gregorio es de los que honran el carnet del PSOE por su conducta.

Peces-Barba, allá en el escaño, en el sillón presidencial del Congreso, en el aula Magna o en la escuela más humilde, ha honrado la actividad pública que le tocó desempeñar. Su brillantez expositiva, su ponderación, sus reflexiones a punto o contrapunto eran siempre sinceras, y cuanto más críticas, más equilibradas.

De Peces-Barba he aprendido en la política, en la Universidad, en el Congreso de los Diputados, en la vida. Hace apenas dos semanas hablaba con él, a resultas de un artículo de prensa, y hacíamos bromas sobre el segundo exilio de Don Manuel Azaña: de la puerta principal del Congreso a un cómodo recodo frente a unos urinarios del edificio de la ampliación.

Hablábamos de esa estúpida cualidad de los españoles y de sus dirigentes políticos de rompernos la cabeza a botijazos por estériles enfrentamientos. Lo hacíamos con buen humor y sin ira, pero subrayando esa necesidad de discernir, separar y deslindar a los hombres de enjundia, autónomos, las gentes cabales, bien instruidas y de bien, entre las que él se encuentra, de otra constelación de dioses menores y de ocasión.

Ha muerto Peces-Barba, padre de la Constitución y un "padrazo" de la Universidad y del Partido. Un hombre cabal con quien he tenido la fortuna de compartir esos momentos de la vida que no pasan nunca. De él aprendí tantas buenas cosas que me será imposible darlo por muerto.

Gregorio estará presente en la vida de muchos españoles. ¡Ahora y siempre!

Que descanse en paz.

José Bono

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