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02/10/2012 08:20 CEST | Actualizado 01/12/2012 11:12 CET

Desde mi escenario vacío

No es de recibo que todo un Señor ministro de un Gobierno legítimo de mi País confunda, por culpa de una sola letra, el verbo entretener con el verbo entretejer, que es lo que realmente hace la Cultura... entretejer los frágiles hilos de nuestra convivencia histórica.

Cuando acaba la representación la energía no vuelve con los espectadores a sus casas. La energía se suelta de la mano tutelante que la introdujo en la sala y, haciéndose la tonta, se esconde entre las butacas o debajo de los programas de mano, o incluso a veces se baña con deleite entre los destellos de las bombillas de las enormes arañas de cristal que cuelgan del techo.

La energía huele. Es un olor especial, mezcla de perfume, mezcla de papel, mezcla a veces de olores no deseados, mezcla de pasión, de ansiedades calmadas, de obsesiones correspondidas, de decepciones, de amores silenciosos, de robo de imágenes que por la noche, y cuando nadie les ve, los espectadores utilizan en la soledad de sus sábanas vacías para inflarlas como velas y navegar, amarrados a ellas, por los mares del placer.

Esa es la energía del teatro.

Cuando acaba la representación yo siempre acudo a mi cita con ella. Después de ducharme y con el orgullo generalmente muy alto... entro en el escenario semi-iluminado y en medio de un denso silencio me siento en el proscenio, dejo mis piernas colgando en ese abismo que separa el Escenario de la Platea, me dejo caer ligeramente hacia atrás agarrado con las palmas de las manos al suelo, como un niño que mirara la luna soñando con un viaje espacial, y dejo que la energía haga conmigo lo que quiera. Me dejo poseer y revolcar por esos destellos silenciosos, por esa caja de Pandora de los recuerdos escénicos. Esos recuerdos que te hacen amar tus esencias. Que te hacen valorar lo que te rodea y sobre todo a quienes te rodean. Y es en ese escenario vacío cuando me doy cuenta de que la base del entendimiento que tan necesario es para construir la difícil convivencia que entreteje nuestro País ha de ser el culto al respeto. No ya el destierro de la falta de respeto que es lo más inmediato... ¡No...! ¡Que va...! Es más apasionante que todo eso. Quererse o amarse en la igualdad es fácil. Eso no es más que "empatía futbolera". Lo difícil, y por tanto apasionante, es aprender a quererse... a vincularse en la diferencia.

Esto no lo he deducido yo. Esto me lo han dicho las energías que pueblan los escenarios vacíos de Galicia, de Cantabria, de Asturias, País Vasco, Cataluña, Rioja, Navarra, Castilla y León, Aragón, Castilla La Mancha, País Valenciano, Murcia, Andalucía, Extremadura, Baleares, Canarias, Madrid, Ceuta, Melilla...

Y lo que es más grande... Estas energías no hacen sino repetir exactamente lo mismo que sus primas hermanas de América Latina, Reino Unido, Portugal, EE UU, Alemania... etc... etc... etc...

No es que me parezca mal que se le atribuya a la cultura por tanto a las Artes Escénicas la capacidad de entretener. En serio que no me parece mal. Si hay algo de lo que soy un militante detractor es del aburrimiento, desde el ámbito de la pareja, hasta el de la representatividad ciudadana en un Parlamento. Pero del mismo modo que no se puede confundir el atún con el betún, no es de recibo que todo un Señor ministro de un Gobierno legítimo de mi País confunda, por culpa de una sola letra, el verbo entretener con el verbo entretejer, que es lo que realmente hace la Cultura... entretejer los frágiles hilos de nuestra convivencia histórica. Y es que dentro de esta paradisíaca Patria común que es la Cultura, coexisten en armonía distintas identidades o idiomas que son los vehículos a través de los cuales los ciudadanitos "de a pie" del mundo real construimos el futuro de nuestros hijos. Los vehículos de la Pintura, la Escultura, la Música, el Teatro, la Literatura, el Cine, el Idioma... y tantos y tantos rasgos que son los husos que convierten las madejas de las lanas de distintos colores y matices en maravillosos tejidos llenos de luz y de consistencia histórica.

Pasa el tiempo en la boca de mi escenario vacío. Minutos que parecen años. Salto con valor y aterrizo en el pasillo central de la sala. Miro la oscuridad que me envuelve. Lo atravieso deprisa. Empujo las puertas de acceso al teatro. Me veo en mitad de una calle que no reconozco. Busco un bar donde calmar la sed. Lo encuentro. Y mientras el camarero me pone la tercera caña... la caña de la verdad, me pregunto: ¿para qué sirve la Cultura?

Y me respondo: ¡para que no te tengas que hacer esta pregunta!

Llega la tercera caña.