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31/10/2012 08:20 CET | Actualizado 30/12/2012 11:12 CET

Der Zorn Gottes

2012-10-29-LopezAguilar_portada20121025125138674.jpgSi queremos recuperar el proyecto europeo hay que plantar cara a Merkel. Y es lamentable que Rajoy, vista la desesperante situación en que se encuentran hoy millones de españoles, haya relegado ese incómodo pero imprescindible trabajo al socialista François Hollande.

La postergación de la Unión Bancaria y de la recapitalización directa de los Bancos hasta 2014 es la más relevante conclusión de entre las alcanzadas en el último Consejo Europeo, celebrado en Bruselas los días 17 y 18 de octubre. Estamos, para que nos entendamos, ante la vigésimoquinta oportunidad perdida para la UE.

La evaluación de daños se agrava considerablemente si reparamos, además, en que en esta ocasión (y no por primera vez) el Consejo decepciona contradiciéndose a sí mismo, al posponer el calendario para la generación de estrategias previamente fijadas y decisiones adoptadas con anterioridad. Y suscita indignación cuando constatamos que la causa de esta postergación es por enésima vez- la preponderancia del "interés nacional alemán", por encima de todos los demás, desde la interpretación mezquina, cortoplacista y egoísta que de ese interés impone la derecha alemana que lidera Angela Merkel.

Todo el mundo sabe que ese retraso perjudica la posibilidad de España de abaratar a corto plazo los asfixiantes intereses del servicio de su deuda, reforzando de nuevo el diferencial negativo del bono español frente al bono alemán que actúa como referencia.

No todo el mundo sabe, en cambio, que la motivación de Merkel para obstaculizar la puesta en marcha de los objetivos asumidos es del todo electoralista: se trata de retrasar hasta después de las elecciones al Bundestag (septiembre de 2013) este paso decisivo en la configuración de una Unión Económica y Bancaria que coadyuve a la supervivencia de la moneda única, visto que la opinión pública alemana -azuzada por medios de comunicación cada vez más escorados hacia posiciones conservadoras, nacionalistas y antieuropeas- es refractaria a avanzar en nada que pueda suponer ningún compromiso efectivo de solidaridad económica, mutualización de la deuda o transferencia de renta desde los países acreedores hacia los países endeudados.

Menos extendida es aún la convicción -que yo suscribo- de que bajo ningún concepto podemos aceptar la premisa de que la Unión Política se reduzca a una mera "Unión Bancaria", o que avanzar hacia la Europa federal que necesitamos más que nunca pueda limitarse al diseño de un mecanismo de supervisión de las instituciones financieras, con programas comunes de intervención de entidades con problemas y esquemas comunes para la garantía de los depósitos.

La valoración profundamente negativa que me merece este estado de cosas me conduce a recordar que todo el proyecto europeo se cimentó en las lecciones de la II Guerra Mundial y por tanto en el esfuerzo de superar la historia y de apostar por una "Alemania europea". La irrefrenable deriva hacia una "Europa alemana" o "germanizada" en la que la derecha alemana (actualmente en el Gobierno) impone a los demás miembros su agenda de prioridades, la subordinación constante del interés europeo al interés de un Estado miembro con la complicidad de algunos (Países Bajos, Finlandia) junto a la pasividad de un buen número de los demás (el nuevo hinterland de la Europa central y del este, más los países bálticos) supone una subversión de los fundamentos primarios que en su momento explicaron y justificaron la UE.

La descompensación del complejo entramado de equilibrios europeos (checks&balances) que durante largas décadas aseguró la paz y la prosperidad en un proyecto de aliento intergeneracional y alcance continental es hoy tan insoportable como atestiguan las reacciones desatadas a propósito de la visita de Merkel a Atenas, ante una Grecia deshecha y tronchada por infinitos sacrificios que están muy lejos todavía de esperar ninguna recompensa.

A estas alturas del drama en que se ha sumergido a millones de europeos condenados a la pobreza o el empobrecimiento. Produce hastío la invocación de la "opinión pública alemana" como factor determinante de las decisiones siempre sesgadas de Merkel, mostrándonos hasta qué punto su Gobierno ha renunciado al liderazgo moral, político, y económico que durante largos años en esta agónica crisis muchos habíamos esperado de la gigantesca Alemania: la activa "locomotora alemana" ha dejado de ser un factor generador de más y mejor Europa de la mano de una canciller que desmerece el legado de los Konrad Adenauer, Willi Brandt, Helmut Schmidt y Helmut Kohl.

Preocupa e incluso entristece que una parte significativa de los socialdemócratas -el SPD que ha confiado a Pier Steinburck su opción de recuperar el Gobierno- muestre un temor simétrico a esa misma opinión pública que, piensan, no premiaría a quien recupere el discurso de la progresividad fiscal y la cohesión que conducen a crear las condiciones para ayudar a los países en peores dificultades para reforzar de una vez la razón de ser de Europa.

Va siendo hora de que digamos alto y claro que todos, absolutamente todos, tenemos opinión pública. No solo Merkel actúa bajo la presión del ojo de una ciudadanía que nos escruta de forma cada vez más impaciente, sin sombra de benevolencia. También en España la política sufre la estigmatización cada día más despiadada de la política y lo público. Va siendo hora, además, de que Angela Merkel entienda que Europa solo podrá ser si se hace democráticamente. Lo que quiere decir que no puede imponer políticas que no sean aceptadas -ni tan siquiera aceptables- por la ciudadanía, como si los Gobiernos de los Estados miembros pudiesen asemejar satrapías orientales acostumbradas a pisotear los derechos de sus ciudadanos, administrándoles despóticamente cuantas dosis de ricino haga falta hasta que entiendan que lo hacen "por su bien" porque "no hay alternativa".

Vuelvo a insistir en que España necesita con urgencia otro escenario temporal de reducción del déficit: uno realista, no de imposible cumplimiento. Necesita otro BCE y un Tesoro Europeo capaces de jugar un papel en el aligeramiento de las cargas de la deuda, mutualizando costes y movilizando recursos para la inversión en crecimiento y en empleo. Necesitamos, en suma, otra Europa con urgencia, en la que los dictados miopes y cicateros que Merkel identifica con sus propios intereses no puedan pasar por encima de los ciudadanos de los Estados Miembros y sean condenados inapelablemente al sufrimiento o a la emigración.

En 1972, el realizador alemán Warner Herzog filmó una perturbadora elegía del legendario Lope de Aguirre, cuyo "viaje equinoccial" (según Ramón J. Sender) a la desembocadura del Orinoco hasta morir masacrado en 1561, versionó el arquetipo de quien, animado por su propia inflexibilidad y determinación, acaba condenando a todos sus acompañantes y a sí mismo al hundimiento final: La cólera de Dios. Der Zorn Gottes. Merkel persiste abatiendo a sus acompañantes hasta llevar a la UE a su peor situación desde que se puso en marcha a mediados del siglo pasado.

Si queremos recuperar el proyecto europeo, y si queremos reforzar la dimensión ciudadana y democrática de Europa, hay que plantar cara a Merkel. Y es lamentable que Rajoy, vista la desesperante situación en que se encuentran hoy millones de españoles, haya relegado ese incómodo pero imprescindible trabajo al socialista François Hollande.

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