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09/12/2016 21:26 CET | Actualizado 09/12/2016 21:26 CET

El camino por delante

Siempre he estado profundamente orgulloso de ser americano. En el tiempo que me queda de vida, rezo para que esto no cambie nunca. En nuestra democracia, la decisión de seguir siendo libres la tomamos nosotros.

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Este año cumplo cien. Cuando nací en 1916 en Amsterdam (Nueva York), Woodrow Wilson era nuestro presidente.

Mis padres, que no sabían ni hablar ni escribir inglés, habían emigrado de Rusia. Eran parte de una oleada de más de dos millones de judíos de huyeron a los criminales pogromos del Zar a principios del siglo XX. Buscaron una vida mejor para su familia en un país mágico en el que, creían, las calles estaban literalmente asfaltadas con oro.

De lo que no se dieron cuenta hasta que llegaron fue de que las palabras grabadas en la Estatua de la Libertad en el puerto de Nueva York: "Dadme a vuestros pobres y cansados, a vuestras masas hacinadas que anhelan respirar libertad" no se aplicaban de manera igualitaria a todos los nuevos americanos. Rusos, polacos, italianos, irlandeses y, especialmente los católicos y los judíos, sentían el estigma de ser tratados como extraños, extranjeros que nunca serían "auténticos Americanos".

Dicen que no hay nada nuevo bajo el sol. Desde que yo nací, nuestro planeta ha viajado alrededor de él un centenar de veces. En cada órbita, he visto cómo nuestro país y nuestro mundo evolucionaba de manera que mis padres jamás hubieran imaginado: y yo sigo asombrándome cada día que pasa.

Durante mi vida, las mujeres americanas consiguieron el derecho a voto, y una, finalmente, ha sido la candidata de uno de los principales partidos. Un católico irlandés-americano fue presidente. Y, lo más increíble, un afroamericano es hoy nuestro presidente.

Cuanto más vivo, menos me sorprende la inevitabilidad del cambio, y cuánto me alegra que muchos de los cambios que he vivido hayan sido para bien.

Aún así, también me tocó vivir los horrores de la Gran Depresión y dos Guerras Mundiales, la segunda de las cuales comenzó con un hombre que prometió que devolvería a su país su anterior grandeza.

Yo tenía 16 años cuando ese hombre llegó al poder en 1933. Durante casi una década, antes de su ascensión, la gente se reía de él: no se lo tomaron en serio. Le veían como un bufón que no podría engañar a una población educada y civilizada con su retórica nacionalista y llena de odio.

Los 'expertos' le despreciaron, como si fuera una broma. Se equivocaron.

Hace pocas semanas escuchamos unas palabras en Arizona que mi esposa Anne, que creció en Alemania, dice que le helaron el alma. Se podrían haber escuchado también en 1933:

"Tenemos que ser honestos acerca del hecho que no todos lo que quieren venir a nuestro país serán fácilmente asimilables. Es nuestro derecho, como nación soberana, elegir a los inmigrantes que creemos tienen más posiblidades de triunfar aquí..."

Estos no son los valores Americanos por los que luchamos en la II Guerra Mundial.

Hasta ahora, creía haber visto todo bajo el sol. Pero esta forma de sembrar el miedo jamás la había presenciado antes en mi vida, en ninguno de los candidatos a la presidencia de los principales partidos de EE.UU.

He tenido una larga y buena vida. No estaré aquí para ver las consecuencias si esta maldad enraiza en nuestro país. Pero vuestros hijos y los míos sí lo harán. Y sus hijos. Y los hijos de sus hijos.

Todos nosotros suspiramos por ser libres. Es lo que queremos como país. Siempre he estado profundamente orgulloso de ser americano. En el tiempo que me queda, rezo para que esto no cambie nunca. En nuestra democracia, la decisión de seguir siendo libres la tomamos nosotros.

Mi 100 cumpleaños es exactamente un mes y un día después de las próximas elecciones presidenciales. Me gustaría celebrarlo soplando las velas de mi tarta, y murmurando: "Los días felices han vuelto".

Como mi adorada amiga Lauren Bacall dijo una vez: "¿Sabes silbar, no? Juntas los labios y soplas".

Este post se publicó originalmente en inglés en The Huffington Post, en septiembre de 2016.

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