Los arqueólogos coinciden: los perros no eran solo mascotas hace 15.000 años, los humanos los alimentaban con pescado, los enterraban y posiblemente también se los comían
Una relación mucho más estrecha, profunda y compleja de lo que se pensaba.
Desde hace miles de años, el perro no solo ha acompañado al ser humano, sino que ha ocupado un papel importante en nuestras vidas como amigo, aliado y, en muchos casos, casi familia. Aunque hoy es algo que damos por sentado, esta relación podría ser mucho más antigua y compleja de lo que creíamos. Varias investigaciones arqueológicas y genéticas empiezan a revelar un vínculo que se remonta al Paleolítico.
Ahora, un conjunto de estudios recientes ha aportado pruebas más sólidas que nunca y revelan que hace más de 15.000 años, los humanos no solo convivían con perros, sino que los alimentaban, los enterraban e incluso, en algunos contextos, podrían haberlos consumido. Los hallazgos, basados en análisis de ADN antiguo y restos arqueológicos hallados en distintos puntos de Europa y Asia occidental, sitúan a estos animales en el centro de la vida de los cazadores, mucho antes de la aparición de la agricultura.
Los restos más antiguos analizados sitúan esta relación en lugares tan distantes como Anatolia o el suroeste de Inglaterra, lo que sugiere que los perros ya estaban ampliamente distribuidos por Eurasia. Tal y como recoge The Guardian, en algunos yacimientos los análisis revelan que su dieta incluía pescado, similar a la de los humanos con los que convivían, mientras que en otros aparecen enterramientos conjuntos que reflejan un vínculo emocional y simbólico.
Una imagen más completa
Hasta ahora, el registro genético más antiguo de perros domésticos apenas alcanzaba los 10.900 años, lo que dejaba muchas incógnitas sobre cuándo y cómo comenzó realmente esta relación. Sin embargo, los nuevos análisis amplían ese horizonte varios milenios atrás y aportan una imagen mucho más completa sobre que cómo perros formaban parte activa de la vida cotidiana y simbólica de los humanos. En conjunto, estas evidencias apuntan a una relación mucho más estrecha, profunda y compleja de lo que se pensaba hasta ahora.
La investigación, liderada por equipos de Oxford, el Museo de Historia Natural de Londres y otras instituciones, analizó genomas completos de restos hallados en Pınarbaşı (Turquía), Gough’s Cave (Somerset, Reino Unido) y dos yacimientos de Serbia. El resultado apunta a que no se trataba de lobos cualquiera, sino de una población ya diferenciada de perros que se extendió rápidamente entre grupos de cazadores y recolectores distintos, desde el Magdaleniense hasta comunidades anatolias y epigravetienses.
Más allá de los hallazgos en dietas y enterramientos, en Gough’s Cave la mandíbula del perro apareció con una perforación intencionada, similar a las modificaciones postmortem observadas en restos humanos del mismo yacimiento, asociado a prácticas funerarias y canibalismo ritual. Aunque los autores no hablan de una prueba definitiva de que los perros fueran comidos, sí barajan una posibilidad real de que, tras morir, algunos recibieran un tratamiento comparable al de los humanos.