Rebeca, veterinaria, le salvó la vida un chimpancé: "Me miró con los ojos como diciendo: 'corre'"
“Voy a morirme aquí”.
Rebeca Atencia no es solo una completa apasionada de los animales, especialmente de los primates, sino que también es una reputada veterinaria. Pero Atencia no es una veterinaria cualquiera, no es una profesional que se pueda caracterizar por llevar una vida corriente. Ni mucho menos. Esta veterinaria española, quien es también primatóloga, es ni más ni menos que la encargada de dirigir el Centro de Rehabilitación de Chimpancés de Tchimpounga, ubicado en la República del Congo.
Ser la líder de este proyecto, vinculado al Instituto Jane Goodall, que tiene como objetivo la protección y la recuperación de primates no es para nada una tarea fácil, y eso Atencia lo sabe muy bien. Durante una entrevista realizada en el podcast Tenía la duda, presentado por la influencer Judith Tiral, la especialista ha explicado que parte de su trabajo es “establecer un vínculo” con los animales, los cuales suelen llegan “con un trauma enorme” como, por ejemplo, ver “cómo mataban y descuartizaban a su madre delante de él”.
“Es como un niño que ha perdido a su madre y está solo, buscando cariño… y el ser que ha matado a su madre es un humano. ¿Cómo va a confiar en un humano? Tienes que recuperar esa confianza, crear un espacio de confort dándoles mucho cariño”, ha subrayado la veterinaria.
Viva de milagro
Solo conociendo un poco de la biografía de esta profesional ya es fácil hacerse una idea de que su trabajo es difícil y poco convencional, pero Atencia ha conseguido realmente dejar a todos los oyentes con la boca abierta cuando ha contado la historia de cómo en una ocasión estuvo a punto de morir durante un ataque pero un chimpancé le salvó la vida.
"Un día yo estaba en la selva marcando árboles, porque allí marcamos los árboles, ponemos el nombre científico. Estaba dándole golpecitos al tronco mientras por allí había un chimpancé que se llamaba Chinua, que estaba enfadadísimo porque estaba siguiendo a una hembra en celo del grupo, pero ella no le hacía ni caso”, ha comenzado relatando la experta.
“Chinua estaba dando golpes a los árboles, haciendo un ruido que sonaba por toda la selva. Y claro, como yo estaba también dando golpes a un árbol, él pensó que yo estaba haciendo también un gesto de dominancia. Él siempre estaba pensando cosas así”, ha continuado narrando.
"Me saltó por detrás"
“De repente estoy dando un golpecito al árbol y me saltó por detrás. Es que ni lo reconocí, lo vi enorme, todo hinchado, me miró con unos ojos de malo… Y yo le dije: ¿Qué pasa? Así, en español. Y ahí cogió y me saltó a la cabeza. Me agarró de los hombros, me mordió en la cabeza y yo sentí: ¡Crack! Y empecé a notar como líquido que caía…”, ha recordado la primatóloga, ante la cara de estupefacción de Tiral.
“Conseguí desequilibrarle, se cayó al suelo y se me quedó mirando. Yo pensaba que me iba a atacar otra vez, pero no me atacó: empezó a vocalizar. Empezó a hacer una vocalización y miraba a un sitio y me miraba a mí, miraba a un sitio y me miraba a mí. O sea, que estaba haciendo una vocalización de caza y la presa era yo”, ha matizado la veterinaria.
“Entonces miré hacia la dirección a la que él miraba y vi a un grupo de chimpancés. Cinco o seis chimpancés que venían saltando, todos gritando hacia mí. Y yo pensando: no me lo puedo creer, ¿quién me ha dicho a mí que me vengo al Congo a salvar chimpancés? Voy a morirme aquí. Me temblaban las piernas, no podía moverme”, ha detallado la profesional.
Un giro inesperado
“Ya estaban casi llegando, todos erizados, y coge el primero, se para, se queda con los puños en el suelo y empieza él a hacer una vocalización y a cambiar la dirección del ataque, mirando a Chinua. Al segundo, todos los chimpancés que estaban detrás de él empiezan a atacar a Chinua”, ha expuesto.
“Él se puso entre mí y el grupo. Y yo no entendía nada, estaba temblando. O sea, este chimpancé me estaba protegiendo. Y de repente se dio la vuelta y me miró con los ojos como diciendo: 'corre'”, ha recordado Atencia aún con los pelos como escarpias.
“Y corriendo me puse a andar. Tardé hora y media en llegar al campamento y pensé que si sobrevivía y tenía alguna vez un hijo le iba a llamar Kutu”, ha concluido la primatóloga quien, efectivamente, ahora tiene un hijo que se llama Kutu.