Y amén: la Rosalía más divina derrocha talento en un espectáculo visualmente arrollador
La artista catalana ha presentado hoy en Madrid su LUX Tour entre el fervor pagano y la devoción mística.

Con poco de penitencia pero sí con mucho de culto y devoción, el desembarco de la LUX Tour en Madrid en la semana más sagrada del año litúrgico católico bien podría no haber sido cosa de un azar pertinente.
Dios ha estado en el centro del espectáculo, igual que lo han hecho otros símbolos religiosos, desde la primera canción Sexo, violencia y llantas, con la que, ya se sabía, iba a inaugurar el repertorio. En el escenario la catalana ha aparecido como una bailarina de una caja de música, con su tutú rosa y sus puntas, completamente inmóvil sobre una imaginaria peana también durante Reliquia y liberada de ella con Porcelana, para marcarse una atrevida coreografía entre pasos de ballet y 'disparos'.
Ha sido entonces cuando muchos de nosotros hemos renegado de las redes sociales, esas que en las últimas semanas nos han mostrado trocitos de canciones, de coreografías, de detalles que han arrebatado el efecto sorpresa y que no hacían justicia a lo que ocurría en directo sobre el escenario y en las imágenes que mostraban las pantallas en este primer concierto de la catalana en Madrid.
Delicada y celestial, oscura y burdelesca
"La semana pasada estuve un poco delicadilla de salud, pero ya estoy mucho mejor", ha advertido Rosalía a los pocos minutos de comenzar, calmando así los miedos que se extendieron entre sus fans después de que tuviese que abandonar el escenario en Milán por una intoxicación alimentaria. Que su voz estaba en perfecto estado lo ha demostrado exhibiendo todo su poderío con Mio cristo piange diamanti y después con el dramatismo operístico de Bergain, que ha terminado en versión tecno, la que estrenó en los premios Brit.

Con el que fue su primer sencillo de su álbum LUX, Rosalía ha salido de ese primer mundo de rosa, sedas y delicadeza para dar paso a La Rosalía más pasional, a la del frenesí y la dictadura en el escenario: es la marca Rosalía, la que nadie puede imitar. Lo ha demostrado con Saoko , con La fama y con De madrugá. Un grupo de bailarines, coreografías medidamente exageradas y unos cubos de diferente tamaño repartidos por las tablas han hecho el resto.
Porque ese es el otro punto a elogiar del show: una escenografía mínima, delicada y celestial en muchos momentos, y en otros oscura y burdelesca, interpretada con una realización soberbia que confía a Rosalía todo el protagonismo.
Ese minimalismo llevado al extremo ha sido celebrado por todos cuando, tras sentar a Soy una pringada en el confesionario -la única sorpresa del concierto- ha cantado La Perla, uno de los hits de LUX, con el escenario a oscuras, delante del micrófono, con los guantes blancos de los bailarines jugando a vestirla, abrazarla, convertirla en La venus de Milo o rodearla de un halo celestial.
Entre el éxtasis de 'La yugular' y el buenrollismo de 'Bizcochito'
Sauvignon Blanc -ha brindado con una copa de este vino sentada sobre el piano- y La Yugular han devuelto al estadio a la Rosalía mística y cercana al éxtasis que se ha apoderado de la nueva era creativa de la catalana. Después, vestida con un miriñaque -la lencería y la fantasía son la base de los estilismos que luce en el espectáculo- y con un gran tocado sobre su cabeza, ha cruzado la pista -en las cámaras las imágenes se sucedían en blanco y negro-, entre delirio de las primeras filas, hasta llegar a situarse junto a la orquesta, la Heritage Orchestra, en medio del estadio, para interpretar Dios es un stalker, mientras un botafumeiro de luz y humo sobrevolaba ese espacio. A continuación ha recuperado su bis flamenca con La rumba del perdón en el que han sido los minutos musicales más brillantes de la noche.

La rave organizada con Cuuuuuuuuuute ha dado paso de nuevo a la era Motomami con Bizcochito y Despechá, que ha llenado el escenario de amigas y almohadas en guerra, y el estadio de buen rollo y felicidad.
Tras cantar Novia Robot y presintiendo que llegaba el final, el estadio ha ovacionado su nombre y ha jaleado a la artista al grito de "Y guapa y guapa, y reina y reina", el cántico que se usa para celebrar a las vírgenes en Semana Santa. No ha sido esta la única vez en la que Rosalía no ha podido contener la emoción y las lágrimas: en varias ocasiones ha agradecido a Madrid su acogida y ha asegurado que esta será una de esas noches que nunca se olvidan.
Y con toda la solemnidad, toda la emoción, toda la tristeza bonita de su Magnolias, Rosalía ha vuelto a salir al escenario, ha vuelto a lucir su trabajada voz y su talento interpretativo para terminar su primera gran noche en Madrid: "Yo que vengo de las estrellas / Hoy me convierto en polvo / Pa' volver con ellas". No le hizo falta decir adiós.
Solo se le puede poner un 'pero' a esta exhibición de talento y excelencia de Rosalía: se sigue echando de menos la era de El mal querer.
