He vivido 90 días en Nueva York sin ordenador, sin internet y sin móvil

He vivido 90 días en Nueva York sin ordenador, sin internet y sin móvil

Durante la mitad de mis 25 años de vida, internet ha controlado la mayoría de mis relaciones e intercambios cotidianos. Hace unos meses, harto de esa sensación de enajenación, decidí probar la aventura inversa: conectarme a los individuos y al mundo, guiado por mi intuición en vez de por un móvil.

Durante tres meses, estuve colaborando con el Huffington Post para compartir con vosotros los momentos más intensos de esta experiencia. Enviaba cada artículo manuscrito por correo y luego los miembros de la redacción lo pasaban a ordenador. Aquí va una compilación. ¡Que disfrutéis de la lectura!

Del 15 de octubre de 2014 al 11 de enero de 2015, probé una experiencia un poco particular... 90 días en Nueva York sin internet, sin ordenador y sin teléfono móvil. ¿El objetivo? Desconectar para reconectar mejor en un ambiente hiperconectado. ¿Que cuál es el veredicto a la vuelta?

Origen del proyecto

Una verdadera necesidad de emancipación, motivada por una búsqueda de autenticidad. Durante la mitad de mis 25 años de vida, internet y sus tecnologías asociadas (smartphone, ordenador, etc.) han concentrado la mayor parte de mis relaciones e intercambios cotidianos. Intercambios virtuales de información, pero sobre todo de emociones. Harto de alienar el sentido, decidí probar la aventura inversa: conectarme a los individuos y al mundo, guiado por mi intuición en vez de por un móvil.

No se trataba sólo de una desintoxicación digital. Sí, a veces tengo la sensación de ser dependiente de mis dispositivos electrónicos y la decisión de meterlos en el armario un tiempo va en la dirección de la desintoxicación. Pero si ese hubiese sido mi objetivo, habría elegido California y el aire libre en lugar de Nueva York y sus edificios de vidrio... Ni hablar de irse a Estados Unidos para declararle la guerra a Google. Obviamente, si no fuera gracias a su tecnología no podría compartir mi experiencia con vosotros. La idea no es demostrar que se puede vivir sin tecnología. Millones de individuos del planeta siguen sin tener acceso a internet y, hasta que se demuestre lo contrario, sobreviven.

Lo que me ha motivado realmente en esta decisión aparentemente paradójica es la voluntad de comprender mejor los conceptos de conexión y desconexión. ¿Su significado se limita ya al número de clics en la red? Como estoy convencido de lo contrario, decidí vivir la conexión en vez de vivir la conectividad.

Las reglas del juego

Nada de internet, de ordenador (ni equivalentes) ni de teléfono móvil. Para comunicarme con mi familia, con mis amigos o con cualquier persona que he ido conociendo en el transcurso de la experiencia, utilizaba cabinas telefónicas, el teléfono fijo situado en el sótano de mi edificio (para pasar llamadas locales) y el servicio postal neoyorquino.

Las cabinas telefónicas de Grand Central Terminal, la histórica estación de Nueva York.

Mis preciadas herramientas: un smartphone de papel...

Para guiarme en un Nueva York híper extenso, un mapa de la ciudad y un plano de metro. Mi agenda en papel también me siguió ultramar, así como mis tarjetas de visita hechas a mano. Para no olvidarme de nadie y seguir en contacto con las personas que conocí durante la aventura, apunté con cuidado los números de teléfono y las direcciones postales en una libretita.

Mi día a día neoyorquino

Es difícil resumir tres meses de vida en un puñado de líneas, sobre todo cuando hay un ser humano de por medio en la aventura. Aquí tenéis una muestra de los episodios clave que me gustaría contar.

Los días siguientes a mi llegada a Nueva York, me sentí muy solo. Aislado tecnológicamente, rodeado por el silencio de mi propia condición, nado completamente en la incertidumbre: qué hacer en los tres próximos meses. Primer paso, encontrar alojamiento. No tan fácil, y más teniendo en cuenta que ya casi no se anuncian en la prensa neoyorquina. Después de unos cuantos sudores fríos y de la ayuda de mis amigos franceses expatriados, por fin encuentro asilo en el Consulado de Francia. Por el boca a boca (siempre tan eficaz), allí conozco a un equipo simpatiquísimo. Unas horas después de mi visita al Consulado (es decir, cinco días después de mi llegada), recibo una propuesta seria: una habitación en alquiler en un piso de Harlem, al norte de Manhattan. Y aprovecho la ocasión. Mis compañeros de piso, Adam y Clara, son franceses. Y son amigos desde entonces.

Buscando piso... ¿os tienta?

Una vez instalado, decido buscarme una actividad. No sólo para ocupar mis jornadas en algo, sino también para darle sentido a esta experiencia. Como mi estatus de turista no me permite trabajar de forma legal en Estados Unidos, decido invertir mi tiempo en el ámbito asociativo. Tras conseguir unos cuantos contactos en el Consulado de Francia durante mis peregrinaciones inmobiliarias, me hago voluntario en tres asociaciones: Comptoir Pastoral de la Francophonie, New York Common Pantry y Murphy Center. Durante dos meses y medio, me dedico a una causa decisiva para la búsqueda de la aventura: la lucha contra el aislamiento. A las personas menos favorecidas o sin hogar, estas asociaciones ofrecen alimento, tiempo y un lugar de acogida abierto a todos. Además de sentirme útil, tomo conciencia de otra forma de desconexión: la ausencia de consideración. Esto marca una ruptura fundamental en el desarrollo de mi experiencia y me impulsa a atreverse, a probar la valentía acercándome al Otro, a traspasar lo que demasiado a menudo he disimulado por vía electrónica. Comprendo también por qué me siento solo sin esta tecnología. Por qué en el pasado abusé de ella. Por qué hay personas adictas. Internet es ese Otro virtual, el que le da a me gusta en mis fotos de Facebook, el que me sigue en Twitter o consulta mi perfil en LinkedIn. Internet es quien me ofrece consideración, atención, amor. Al final, conectarme a internet es asegurarme de no estar nunca desconectado.

Para dar sentido a mi experiencia, me metí en varias asociaciones, entre ellas New York Common Pantry, que da de comer y acoge a varios centenares de personas cada día.

Cuando no soy voluntario, busco a las personas. Personas de aquí, pero sobre todo personas de fuera. En Nueva York, cada uno va a lo suyo. Personas de América Central y del Sur, de África, de Europa, de Asia... Sus habitantes conviven y dan a la Gran Manzana su estatus de capital mundial. Quedamos en cafeterías cerca del campus de Columbia, en conciertos de jazz en Harlem o en Brooklyn, en veladas improvisadas del Lower East Side. Nos cruzamos en la calle, en el metro. Por el día, por la noche. La gente está en todas partes, y en todas partes hay gente. Ahora estoy más atento. Al dejar a un lado las pantallas, he redescubierto el placer de los encuentros fortuitos. Porque, ¿quién dice que no volveremos a vernos?

También he recuperado el placer de escribir. Escribir a mano. Durante siete años, no he hecho más que teclear sobre un teclado. Teclear, qué palabra. Han sido pocas las ocasiones que he tenido de coger la pluma desde entonces. En tres meses, he recuperado la destreza del puño, los borradores y las manchas de tinta. Y le veo su encanto a todo esto.

Decidí personalizar mis sobres antes de enviarlos por correo. "Márcame", me decían.

En cambio, lo que he descubierto es la intensidad de la correspondencia por correo. Aparte de las contadas postales enviadas a mis abuelos en verano, no me acuerdo de haber escrito una carta antes de Nueva York. Y sin embargo, ¡qué profundidad! ¡Qué poder! Cuando hablo de todo esto en mi entorno, todo el mundo coincide en señalar lo mucho que les gusta recibir cartas.

¡Qué júbilo!

¿Es fácil vivir sin tecnología?

En la práctica, mi vida neoyorquina no es tan diferente de la de los demás. Me he adaptado con facilidad a mi nueva condición y he mantenido la apuesta hasta el final sin demasiadas dificultades. Antes de la salida, me preguntaba: ¿Voy a echar de menos mi ordenador? Al llegar, fue un no, un no rotundo. No he echado en falta nada de lo que dejé en París. Lo que sí echaba de menos era consultar mis mails. Aunque no tengan la intensidad de una carta, siempre me ha gustado recibir correos personales. Porque si lo pienso bien, me doy cuenta de que mirar el correo electrónico (fuera del ámbito profesional) consiste en medir el grado de atención que los demás te conceden. ¿Quién me ha escrito? ¿Quién se interesa por mí? ¿Quién me quiere? Y, por otra parte, ¿cuánto me quieren?, ¿cuántos me gusta me han puesto? En una época no tan lejana, confundía ambos conceptos. Convencido de la existencia de un amor cuantificable, mi comportamiento en línea, especialmente en las redes sociales, aspiraba a alcanzar un máximo número de me gusta. Para que os hagáis una idea: cuantos más me gusta tenía mi foto, más tenía la impresión de ser digno de interés. Del mismo modo, si a nadie le gustaba, me sentía menos valorado. El hecho de haberme dado cuenta me ha ayudado a explicarme las causas y a readaptar mi comportamiento en internet para evitar que me perjudique en la vida real.

Vivir sin tecnología no ha sido difícil, pero tampoco ha sido demasiado práctico siempre. ¡Sobre todo estando en una ciudad como Nueva York! Retrasos, falta de precisión en las citas, olvidos... Todas estas situaciones se pueden solucionar teniendo un móvil al alcance de la mano. En cambio, a mí me tocaba acordar citas con antelación, llegar a tiempo, dar indicaciones estratégicas, elaborar un plan B por si pasaba algo. Bastante riguroso todo. Riguroso y exigente para mí, pero también para todas las personas con quien me he cruzado. ¡Gracias a todos por haberme seguido el juego hasta el final! Decir que la humanidad ha vivido así durante siglos y que internet y sus accesorios fetiches han revolucionado nuestra manera de interactuar en menos de una generación... es bastante loco. En fin, en cualquier caso, ahora soy mucho más tolerante en cuestión de retrasos.

El Consulado de Francia, un espacio de intercambios fundamental durante mi experiencia.

La prueba de la desconexión: dudas, faltas y aislamiento

No, no he echado de menos ni mi smartphone ni mi ordenador. Ni siquiera Facebook o LinkedIn, donde antes me pasaba las horas muertas. Entonces, ¿valdría la pena hablar de aislamiento? Pues sí. Porque llegué a sentirme solo e internet era lo que antiguamente llenaba mi vacío afectivo. Esta soledad es la experiencia de la desconexión. ¿Ese malestar? El miedo de la última desconexión. En algunas circunstancias, he tomado conciencia de que había un principio y había un final. Sin Google a mano para que me ofreciera respuestas, tuve que compartir este descubrimiento, buscar la atención en los demás, coger confianza con desconocidos, entregar una parte de mí mismo que a menudo disimulaba por miedo a ser juzgado, incomprendido o rechazado. Es ahí, en un momento de duda absoluta, donde mido la potencia del contacto humano. Con la valentía de mostrarme vulnerable y la oportunidad de rodearme bien, la prueba de la desconexión ha dado lugar al alivio de la reconexión. Así que, Steph, gracias por estar ahí.

Instalación de Richard Serra en el Dia:Beacon, Nueva York.

Intensidad y nuevos sabores más allá de las pantallas

Una aventura maravillosamente caótica es como me gusta definirla. Porque, antes de escribirla, hay que vivirla. He vivido algo desgarrador, una experiencia dura. Fuera de las pantallas, he descubierto sabores más intensos, más profundos, más ricos. Un poco como si de la noche a la mañana redescubres el sabor del tomate. Sigue siendo un tomate; ni la sustancia ni la composición han cambiado. Lo que ha cambiado es tu percepción sobre ello, la importancia que le das, la mirada que le lanzas. Queridos lectores, ese tomate sois vosotros.

La experiencia vivida por mis allegados

Un enriquecimiento mutuo, una experiencia humana, un reencuentro. Una reflexión sobre nuestras interacciones con nuestro entorno. Me hablan de atenciones y de escucha en relación con el Otro, de renacimiento, de arriesgar. Algunos también han evocado su frustración en cuanto a la organización y a la gestión de los imprevistos in situ: hubo que aprender a esperar. Otros me han comunicado su alegría de compartir conmigo otra era, la suya, lejos de la digital. Siempre me han inspirado los que se atreven, así que estoy contento de poder contribuir a sus reflexiones de hoy.

Nuevas prácticas y cambios de comportamiento a la vuelta

Es demasiado pronto para hablar de nuevas costumbres en el sentido de que recuperé mi equipo hace sólo un mes. Evidentemente, una experiencia así va a modificar mi contacto con la tecnología, pero ya volveremos a hablar del tema. De momento, me suelo olvidar de mi móvil, no salgo de casa sin un mapa de París y me he impuesto una regla: nada de mirar el mail después de las ocho de la tarde. He desacralizado por completo mi ordenador y al verlo de nuevo, encenderlo y volver a abrir Google no me emocioné ni un solo segundo. Como desactivé la mayoría de mis redes sociales antes de irme, la experiencia neoyorquina me vacunó por completo. Sólo LinkedIn, como red social profesional, me acompaña en una nueva aventura: ¡la de buscar trabajo!

Agradecimientos

Me gustaría dar las gracias a aquellos que han contribuido al desarrollo de esta fabulosa experiencia. Todo ha sido gracias a vosotros. Gracias a Bastien, mi mejor amigo, y a Charlotte, su Dulcinea, por su acogida y su generosidad, a Stéphane (Adam) y a Sophie (Clara), mis compañeros de piso, por su espíritu abierto y su apoyo, a Brené Brown, mi fuente de inspiración. Gracias a Marianne y a sus historias para no dormir, a Claire, Chris y A., por su compromiso, a mi familia y a todos los que han sacado tiempo para escribirme. Gracias a Shaï por esos maravillosos momentos musicales. A Sandra, Carolyn, Rachel y Will, por el interés de nuestras conversaciones. Tampoco me olvido de las dos Isabelle que no hace mucho tiempo me guiaban. Sí, sois muchos. Gracias a Frédérique, a Florent y a Jean, a quien vi tras nuestros intercambios epistolares. Por último, gracias a todas las personas con quien me he cruzado durante una velada, un trayecto, un paseo. A aquella viejecita del banco de semblante sonriente. Si el mundo va mejor, es también gracias a vosotros.

¿Y como conclusión ?

Más que la tecnología en sí misma, es el uso que hago de internet, del ordenador y del móvil lo que afecta a mi día a día. Desde que comprendí la importancia de mi responsabilidad en su uso, ya no me considero víctima de su impacto en mi vida. Antes me sentía prisionero de las pantallas en busca de reconocimiento (es decir, amor), pero al alejarme, he comprendido que, obnubilado por su poder de atracción, me había olvidado de mirar a mi alrededor: Love is all. Al experimentar unos intercambios más naturales, más espontáneos y sinceros con el Otro, me he dado cuenta de la riqueza del contacto entre los Hombres. Esa es la clave de mi liberación.

Educar mejor a los individuos en el uso de las nuevas tecnologías no es un mal proyecto de futuro, ¿verdad?

Contacto

Como el intercambio forma parte de mi aventura, me gustaría continuar el diálogo con todos los que lo deseen. No dudéis en comentar, dar vuestra opinión, hacer preguntas y compartir vuestra experiencia de la conexión/desconexión. El tema es amplio, así que ¡explayaos!

Para contactar conmigo: empreintenewyork@gmail.com

¡Hasta pronto!

Magdalenas de Proust neoyorquinas

Este post fue publicado originalmente en la edición francesa de 'El Huffington Post' y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano

  5c8b75342400006c05a4c481

Ve a nuestra portada

  5c8b753422000031001af519

Facebook

  5c8b7534360000ba1a6d2220

Twitter

  5c8b7534230000dd0424c84e

Instagram

  5c8b75343b000070066da2af

Pinterest