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12/04/2014 09:53 CEST | Actualizado 11/06/2014 11:12 CEST

Ni con el pétalo de una rosa

Es una mujer querida y admirada en su círculo de amigos. Eso me cuentan. Todos ellos o por lo menos la mayoría se han hecho presentes en éste momento donde el destino le está obligando a vivir la peor de las experiencias. Se llama Natalia Ponce de León. Tiene 33 años y va camino a cumplir dos semanas en el Pabellón de quemados del Hospital Simón Bolivar en Bogotá, víctima de un ataque con ácido que tiene comprometido el 37 % de su cuerpo.

Veo una y otra vez el vídeo que fue clave para la captura del presunto agresor que resultó ser un vecino de infancia llamado Jonathan Vega y que según las informaciones está obsesionado con Natalia. No puedo evitar sentir rabia y dolor. Parece que en la distancia es la única forma que tengo de solidarizarme con alguien a quien no conozco pero a la que me encantaría darle palabras de aliento y consuelo. Encuentro reportajes, artículos y víctimas. Muchas víctimas con historias dolorosas e incomprensibles como la de Natalia.

Somos todos, excepto los desgraciados agresores, quienes rechazamos la violencia en todas sus formas. Teniendo en cuenta las cifras, los perpetradores parecen multiplicarse para protagonizar los titulares diariamente. Si no son golpes, son puñaladas, balazos o chorros de ácido. No puedo entender semejante barbarie. ¿Qué puede estar pensando una persona para desfigurar a otra con un líquido corrosivo? ¿Qué pasa por la mente de un criminal para cometer semejante daño permanente a otra persona que se supone es su amiga o en la mayoría de los casos, su pareja?

Mientras en Colombia la información sobre el crimen cometido contra Natalia se apoderaba de las redes sociales como una intensa marea rechazando la violencia hacia las mujeres, yo me uní desde España con el hashtag #NiConElPétaloDeUnaRosa esperando a que haga eco junto a los miles de mensajes escritos desde ese día. La campaña que lleva ese nombre es liderada por Alejandra Borrero, actriz y activista por los derechos de las niñas y las mujeres colombianas pero con la firme intención de ser escuchada en el mundo entero.

Como infortunada coincidencia durante la semana pasada en Madrid, otra mujer llevaba a juicio a su exmarido por el mismo delito: ataque con ácido. La historia de celos y obsesión en éste caso terminó con la contratación de un sicario llamado Bryan, el rostro de María Ángeles con cicatrices y secuelas de por vida, y Özgur, el autor intelectual al que posiblemente no puedan relacionarlo con los hechos. El juez tendrá que decidir ante un drama de una historia de terror de la vida real.

Así como éstas mujeres son miles las víctimas cada año alrededor del mundo. Unas corren mejor suerte que otras pero al final sus vidas no vuelven a ser las mismas jamás. En la mayoría de los casos son precisamente ellas quienes llevan las banderas de su incesante lucha. Crean fundaciones y organizaciones para brindarse apoyo mutuo y sentirse reconocidas por el colectivo al que ahora pertenecen mientras buscan un lugar en la sociedad de la que formaron parte años atrás. Las sobrevivientes son mujeres valientes. Personas a las que la vida les obliga a reorganizar sus prioridades. Un precio muy alto tienen que pagar por su libre desarrollo personal cuando puedan gozar de una segunda oportunidad como espero que tengan cada una de ellas. Mis respetos y admiración a tan valiosas mujeres.

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