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09/01/2017 07:21 CET | Actualizado 09/01/2017 07:22 CET

Lo que me gustaría haber sabido antes de la muerte de mi hermano

matthew hallSi pudiera volver a esos días, esas semanas o esos meses anteriores a la muerte de Patrick, lo único que sé que haría con certeza es llamarle por teléfono. Le diría que no sólo le quiero porque es mi deber como hermano. Le quiero porque se lo merece. Merece luchar la pena por él.

Matthew Hall

Mi hermano Patrick murió el año pasado por sobredosis de heroína. No hace falta que diga que ha sido un año duro. Su muerte ha hecho que sienta el dolor más puro y desgarrador de mi vida, y sus efectos siguen haciendo mella en mi día a día.

Desde que Patrick murió, he leído y reflexionado mucho sobre el duelo: he leído artículos sobre cómo procesar una pérdida y testimonios personales de gente que ha perdido a seres queridos por una adicción. No sé si han sido de ayuda. Supongo que algunos sí, pero el mensaje principal de este tipo de artículos es que el duelo es total y necesariamente personal. Que no se puede compartir el peso de esta carga, de ninguna manera; y me parece que esas guías se equivocan porque llegan demasiado tarde. ¿De qué sirve leer un panfleto sobre cómo nadar cuando ya te han soltado en la parte más profunda del océano?

Por eso, estoy escribiendo esto para las personas que estén como estaba yo antes de que mi hermano muriera. Para las familias que saben lo que es luchar contra una adicción, lo que son los frustrantes bucles de recuperaciones y recaídas. Para esas familias que siguen teniendo fe en sus seres queridos aunque saben que la muerte es una posibilidad si la adicción sigue ganando. Es algo que me gustaría haber sabido antes de que mi hermano muriera.

La recuperación la llevan a cabo seres humanos, no dioses (ni diablos)

El bucle de autodestrucción y recuperación de Patrick se remonta 15 años por lo menos. La primera vez que intentó suicidarse tenía 15 o 16 años. La primera vez que le recetaron antidepresivos ni siquiera tenía pelo en las axilas. Para cuando ya había cumplido los 28, había pasado por media docena de tratamientos e innumerables evaluaciones psiquiátricas, todas ellas con un diagnóstico y una metodología ligeramente diferentes.

El patrón era predecible. Tocaría fondo, normalmente después de una juerga, y al final acabaría pidiendo ayuda. Encontraría un programa nuevo, un psiquiatra nuevo, algo nuevo a lo que aferrarse. Los nuevos psiquiatras dirían que los anteriores se habían equivocado. Le cambiarían las medicinas, sería duro. Superaría la "parte difícil" de la recuperación y habría esperanza. Y luego algo (cualquier cosa) fallaría y antes de que alguien pudiera identificar el problema o cómo solucionarlo, Patrick habría abandonado el camino hacia la recuperación y habría empezado el ciclo una vez más.

Era muy frustrante para todos y, con los años, fuimos perdiendo la fe poco a poco: en los médicos y en su capacidad para trazar una línea entre una enfermedad mental y la adicción, en Patrick y en su capacidad de seguir un plan, en nosotros mismos y nuestras capacidades de saber qué era apoyar y qué era facilitar la adicción.

En cuanto le das el beneficio de la duda a alguien, incluidos los adictos, el mundo se convierte en un lugar mucho menos cínico.

Con el paso de los años, perdí la esperanza en el mundo de la rehabilitación y en la arrogancia institucional que hace que todo siga funcionando así. Me convencí de que nadie sabía de lo que hablaba, de que muchos centros de rehabilitación profesionales eran corruptos y de que muchos psiquiatras tenían complejo de Dios y no podíamos confiar en ellos. No creo que nosotros, como sociedad, tengamos la solución a la adicción. Y creo que sabemos menos sobre las enfermedades mentales (incluso los profesionales del ámbito de la psiquiatría) de lo que nos gustaría admitir. Pero esto no tiene que ver con mis sentimientos con respecto a la recuperación; de hecho, como he perdido hace poco a un ser querido por esto, admito que soy bastante subjetivo con este asunto. Tampoco tiene que ver con la culpa.

Dejé de buscar culpables en el funeral de Patrick. Ese día, me sorprendió la cantidad de gente que le quería. Amigos, adictos, médicos, psiquiatras, profesores... todos vinieron porque querían a Patrick. Ahí me di cuenta de que nadie tiene la culpa de que la recuperación no funcionara. Lo que importaba era que esas personas se habían esforzado. Que Patrick les preocupaba lo suficiente como para que le dedicaran tiempo y esfuerzo -dos cosas finitas y valiosas cuando se trata de adictos- para ayudarle.

Somos humanos y nadie es perfecto. Lo importante no es tener todas las respuestas, es intentar ayudarnos de la mejor manera posible mientras sigamos vivos. Patrick lo intentó. Sus psiquiatras lo intentaron. Todos lo intentamos.

En cuanto le das el beneficio de la duda a alguien, incluidos los adictos, el mundo se convierte en un lugar mucho menos cínico.

Los actos de supervivencia no merecen la pena

El resto del mundo perdió a Patrick hace un año, pero yo le perdí mucho antes. Al igual que muchos seres queridos de adictos, me daba la sensación de que no me apreciaba y de que me manipulaba, así que me alejé de Patrick (emocionalmente hablando) después de sufrir tanto. Ojalá no lo hubiera hecho porque, aunque fue un acto de supervivencia, no me sirvió de nada.

No hubo ningún punto de inflexión. De hecho, nuestra relación empezó a deteriorarse cuando yo todavía iba al instituto. No es que no nos llevásemos bien, es que, con el tiempo, desarrollé mecanismos de defensa para alejarme de Patrick y para mantener una distancia emocional entre los dos. Le daba largas, dejé de esforzarme, dejé de contestar a sus mensajes y sólo hablaba con él de deporte y de música. Intentaba convencerme de que sólo Patrick podía ayudarse a sí mismo y de que, a lo mejor, lo único que necesitaba era un poco de firmeza e intentar ayudarse, para variar. Me preparé tantas veces para la mala noticia que todo se convirtió en un trámite en vez de en algo emocional. Como ver un vídeo de seguridad en un avión. Veía todos los pasos, pero dejé de pensar en cómo lo estaba pasando él.

Tenemos que acabar con el estigma. Hay que dejar de tratar a los adictos como si fueran leprosos y empezar a tratar las adicciones como haríamos con cualquier otra epidemia.

Y nada sirvió. Cuando llegó la llamada, me quede en shock. Supe lo que había pasado desde el momento en el que mi madre suspiró antes de hablar, pero eso no hizo que me doliera menos. Desde ese momento, todos nos quedamos indefensos.

Por eso siempre me arrepentiré de haber dejado de esforzarme con Patrick. El último año fue la racha más sana y feliz de su vida... y yo me perdí la mayor parte. Cuando la familia y los amigos echan la vista atrás y rememoran ese año y comparten sus recuerdos, hago una mueca de dolor porque me provoca ternura, celos y culpabilidad. Cuando nos veíamos, yo mantenía esa distancia para protegerme y para no caer otra vez.

Si pudiera cambiar algo, lo haría. Estaría disponible y me esforzaría más. Que te engañen duele menos que arrepentirse y muchísimo menos que la muerte.

Que le den a la heroína y a sus amigos

El bucle de autodestrucción de Patrick pasó de "peligroso, pero controlable" a "mortal" en el momento en el que probó la heroína. La heroína es diferente. Si sólo pudiera sacar un mensaje de la muerte mi hermano, sería ese.

La heroína es una asesina. Mata indiscriminada, eficiente y despiadadamente. Se acercó sigilosamente a mi hermano y le mató en un motel con la mitad de la dosis que él pensaba meterse porque llevaba limpio más de un año y no estaba acostumbrado. Seguía teniendo las gafas puestas y ni siquiera había sacado el cepillo de dientes de la maleta.

La heroína es una epidemia. Patrick perdió a aproximadamente una decena de amigos por culpa de la heroína. Mi hermano sabía cuáles eran los peligros y lidió con ellos el 99% del tiempo, pero en ese 1% de debilidad, la heroína ganó y todos perdimos.

Lo que me gustaría haber sabido antes de la muerte de mi hermano es lo mucho que le echaría de menos.

Por grave que sea, hay medidas que se pueden tomar, y hay esperanzas. Naturalmente, lo más importante es intentar alejarles de la heroína. Los médicos se pasan recetando calmantes y los pacientes los subestiman. El 75% de los consumidores de heroína llegan a ella a través de los medicamentos opioides con receta. Estos medicamentos están normalizados en Estados Unidos. De hecho, lo más probable es que a todos se los hayan recetado alguna vez y que algún conocido haya abusado de ellos. Son muy adictivos, pero casi nadie está en contra de ellos porque son muy populares entre la gente blanca de los barrios residenciales.

Pero impedir el acceso a la prescripción de opioides no es una solución, de hecho, es probable que esa medida haya aumentado las sobredosis de heroína en vez de reducirlas. Dicho esto, centrarse mucho más en mejorar el proceso de proporcionar recetas de opioides garantiza la concienciación sobre los peligros de los calmantes con receta.

La segunda lección era una de las causas favoritas de Patrick: tenemos que acabar con el estigma. Hay que dejar de tratar a los adictos como si fueran leprosos y empezar a tratar las adicciones como haríamos con cualquier otra epidemia: con pragmatismo compasivo y rigor científico. Limitar los peligros de la recaída es tan importante como acabar con las recaídas como tal. Necesitamos ampliar el acceso a los antídotos para las sobredosis, como la naloxona. Tenemos que concienciar sobre la ley conocida como "ley del buen samaritano", que protege a las personas de las repercusiones legales que puede conllevar informar de sobredosis de drogas. Tenemos que invertir en investigación y en la divulgación de programas de rehabilitación con base empírica y de las vacunas antisobredosis. Por último, tenemos que tratar a los adictos, estén donde estén, con decencia; y no hay que limitar los esfuerzos a las zonas residenciales de las afueras de las ciudades, donde este problema es relativamente reciente.

Última observación

Si pudiera volver a esos días, esas semanas o esos meses anteriores a la muerte de Patrick, lo único que sé que haría con certeza es llamarle por teléfono. Le diría que me importa. Intentaría hacerle reír. Le diría que no sólo le quiero porque es mi deber como hermano, sino también por todo lo que hemos pasado. Le quiero porque se lo merece. Merece luchar la pena por él.

Y no haría esto porque piense que así podría haberle salvado. Lo haría porque si nos despojaran de todo lo que tenemos, lo único que nos quedaría serían las relaciones, y creo que podría haberme esforzado más con esta en particular. Lo que me gustaría haber sabido antes de la muerte de mi hermano es lo mucho que le echaría de menos.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros.

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