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28/01/2013 06:02 CET | Actualizado 11/10/2013 12:19 CEST

Relatos de los jóvenes que huyen desesperados a Alemania

Los Migueles atravesaron en 38 horas el camino que separa Cáceres de Wuppertal. Elena, Michel y Javi embarcaron en Alicante en un vuelo con destino a Colonia. Raúl es licenciado en Filología Hispánica. Todos huyen de su país con la esperanza de que Alemania les devuelva la sonrisa que una crisis borró del rostro de toda una generación.

Los Migueles, dos jóvenes extremeños condenados a ser temporeros en un campo cada vez más solitario, atravesaron en 38 horas el camino que separa Cáceres de Wuppertal. Hoy comienzan a ver la luz, pero han vivido días de penumbra en un país en el que incluso llegaron a no reconocerse a sí mismos. Elena, Michel y Javi embarcaron el pasado mes de noviembre en el aeropuerto de Alicante en un vuelo con destino a una ciudad desconocida para los tres: Colonia. Ninguno habla alemán y, pese a ello, luchan a contracorriente en servicios de hostelería en los que se enredan con un idioma que no entienden. Raúl es licenciado en Filología Hispánica y se ha tenido que reinventar a sí mismo para lidiar con tareas laborales de las que nunca pensó que serían su sustento económico. Todos son jóvenes españoles que huyen de su propio país con la esperanza de que Alemania les devuelva la sonrisa que una crisis -de la que no son responsables- borró de un plumazo del rostro de toda una generación.

A la estación de Wuppertal llegan cada día emigrantes, sobre todo polacos, griegos y españoles. Foto: O.C.

Sin tarjeta sanitaria, sin "ná de ná", cansados de ir de un sitio a otro, de ser testigos de expedientes de regulación de empleo y de empresas que se derrumbaban, los Migueles, como ya se les conoce en Wuppertal, una ciudad industrial alemana de Renania del Norte-Westfalia, decidieron huir de tanta miseria a bordo de un coche desde un pueblo de la provincia de Cáceres hasta su nuevo destino germano. En total, unas 38 horas de viaje, con un calor sofocante en pleno mes de julio y con el miedo agarrotado en el cuerpo de dos jóvenes que decidieron que su futuro se encontraba en la misma ciudad a la que viajó el abuelo de uno de ellos hace más de cuarenta años.

Quedo con ellos en la ciudad en la que viven desde hace casi siete meses, pero sólo aparece Juan Miguel, acompañado de otros dos españoles recién aterrizados en Wuppertal. Dani, de 28 años, llegó hace menos de dos días después de conducir casi 20 horas desde Madrid y Lucía, de 25 años, de Badajoz, lleva poco más de una semana en una ciudad perdida a medio camino entre la Cuenca del Ruhr y la región de Renania en la que va a tratar de conseguir el empleo que siempre se le resistía en Extremadura.

Juan Miguel, uno de los Migueles, entre Dani y Lucía, dos recién llegados a Wuppertal. Foto: O.C.

"Nos vinimos con una mano delante y otra detrás"

Juan Miguel estudió la especialidad de Industria Alimentaria, un grado superior que en la España actual condena a la mayoría de sus profesionales al martirio de trabajos temporales cada vez más espaciados. "Nos vinimos", dice, "con una mano delante y otra mano detrás. Teníamos mucho que ganar y poco que perder. Cuando llegamos, cansados tras casi dos días sin dormir, nos sentamos en la acera, llamamos a la mujer a la que le habíamos alquilado el piso, pero estaba de vacaciones y sin hablar alemán era imposible comunicarse con ella. Nos quedamos un par de horas sentados en una acera sin saber qué hacer hasta que me acerqué a un grupo de obreros que se encontraban cerca de donde estábamos. Le pregunté al jefe dónde podíamos pasar la noche. Tuvimos mucha suerte. Nos encontró una pensión en la que su dueña hablaba español. Ella no sólo nos dio alojamiento sino que, además, se comprometió muchísimo con nosotros y nos ayudó a estudiar alemán, a preparar el currículum y a contactar con empresas".

"Durante el primer mes", añade, "lo pasamos muy mal, nadie nos quería contratar por no hablar alemán, nos planteábamos qué hacer cada día, si seguir aquí o seguir viajando hacia el Norte. Pero tuvimos otro golpe de suerte. Una empresa de jardinería nos contrató cuando menos lo esperábamos. Nos levantamos todos los días a las cuatro y media de la madrugada y trabajamos hasta las cinco de la tarde. Comenzamos ganando cinco euros la hora y en sólo dos meses nos subieron el salario a 10 euros. Mi compañero de viaje sigue viviendo en la misma pensión, yo me he alquilado un piso".

Rosario, la madre de los españoles de Wuppertal

Rosario Fernández hizo el mismo viaje que Juan Miguel hace cincuenta años. Lo realizó con sus padres desde León. Ella es la primera persona a la que recurren en Wuppertal cada vez que un español pone un pie en esta ciudad. Tiene 57 años y trabaja media jornada en la caja de ahorros y, además, está contratada con un minijob por el que percibe 400 euros por el servicio social de madres católicas.

Rosario, la madre española de Wuppertal. Foto: O.C.

Ella conoce mejor que nadie el perfil de los españoles que van llegando "poco a poco, siempre en grupitos" a Wuppertal. Hace dos semanas llegó un grupo de seis enfermeros contratados por un hospital. Es una de las profesiones más codiciadas en una ciudad con un déficit de profesionales en los centros hospitalarios y los geriátricos. "Y luego están", apunta, "los que se meten en el coche y se lanzan a la carretera porque han escuchado que en Alemania se necesitan obreros. Lo hacen sin saber que quien no sabe el alemán lo tiene muy complicado".

Cuatro de los seis enfermeros acuden a la cita junto a Rosario. Su caso no ha pasado desapercibido para la prensa internacional. La BBC y la edición española de Deutsche Welle ya ha entrevistado a este grupo, que ha firmado un contrato que le vincula a un hospital de Wuppertal durante los próximos tres años. De momento, tendrán que aprender alemán durante seis meses como paso previo a su incorporación laboral.

Cuatro de los seis enfermeros que han sido contratados por un hospital de Wuppertal. Foto: O.C.

Rosario nos reconoce que, a diferencia de los profesionales, "hay personas que se aprovechan de los más desesperados y recurren a ellos para la realización de trabajos por los que sólo les paga dos euros la hora. Otros, con sólo 17, 18 ó 19 años vienen y comienzan a trabajar en la obra sin aprender el alemán. No lo estudian y, una vez que se les termina el contrato, se quedan sin nada y tienen que empezar de cero. Se enfrentan a un escenario incierto. Es como jugar a la ruleta, unos tienen suerte y otros no".

Raúl: "He vivido en pisos patera"

Hamburgo se encuentra a 380 kilómetros de Wuppertal. Un viaje de cuatro horas por pequeños pueblos y ciudades industriales cubiertas por la nieve. Raúl, de 37 años, nos espera en la estación central. Mitad de Barcelona, mitad de Granada, llegó aquí hace tan sólo diez meses. Es licenciado en Filología Hispánica y antes de embarcarse en su aventura alemana trabajó como productor musical con el fallecido Enrique Morente y la joven promesa Juan Habichuela (nieto).

Raúl, en la estación de Hamburgo. Foto: O.C.

Llegó con la intención de trabajar como profesor de español, pero no había hueco en las academias y tan sólo pudo colaborar puntualmente con la Universidad y como practicante y colaborador del área de Cultura del Instituto Cervantes. El resto, minijobs en el sector de la hostelería, en el que ha llegado a compaginar hasta cinco trabajos, y una experiencia de sólo tres días desembarcando pescado de madrugada en la zona portuaria.

"He vivido incluso en lo que yo denomino pisos patera, en los que se ocupa como cama hasta el sofá, otros comparten una misma habitación y en los que se van sumando amigos que van llegado a una ciudad en la que el principal problema es el acceso a un hogar. En Motril hay mucha luz, pero sin empleo se siente gris. Alemania es oscura, pero hay algo de esperanza. Aún así, esto no es jauja. Yo me he tenido que reinventar y lo he pasado verdaderamente mal. El desarraigo es muy fuerte", concluye Raúl.

De Alicante a Colonia en un viaje sin fecha de retorno

En Colonia viven desde hace apenas mes y medio tres jóvenes que el pasado mes de noviembre se embarcaron en un vuelo de Air Berlín en Alicante y poco más de dos horas después les dejó en el aeropuerto que comparten las ciudades de Colonia y Bonn. Elena (34 años), Javi (24 años) y Michel (40 años) tampoco hablan el idioma de Goethe y su único contacto aquí era una amiga alemana que conocían en España. Los dos primeros trabajan en un conocidísimo restaurante de cocina cubana. Javi pinta casas entre semana y los fines de semana curra en otro establecimiento hostelero. Los tres comparten la misma vivienda.

Michel y Elena, dos de los tres chicos que viajaron a Colonia desde Alicante. Foto: O.C.

Elena se cansó de esperar, de que en unos sitios no le pagasen y en otros le abonasen su trabajo una semana sí y otra no. "La situación en España es insostenible, no hay perspectivas, en muchos sitios se aprovechan y sólo te pagan dos euros la hora. Colonia era una opción y la aproveché". Michel es cubano, pero tiene la nacionalidad española. "Un día", relata, "nos volvimos locos y nos vinimos a Colonia. Me vine obligado por la misma situación que en su día me llevó a emigrar desde Cuba a España". Trabaja en la barra y, aunque se aturulla con las palabras que los camareros anotan con letra de médico en las comandas, lo intenta con ayuda de otro cubano.

Alberto, de 25 años, también vive en Colonia. Estudió Historia en la Universidad de Castilla-La Mancha, pero aquí sólo ha encontrado salida, hasta ahora, en el servicio de cocina de Pizza Hut. Él, a diferencia de los "tres de Alicante", salió de Pedro Muñoz, en Ciudad Real, por una cuestión vital, "una huida hacia adelante para crecer como persona". Comparte piso con tres alemanes con los que apenas se comunica. "Cuando hablan entre ellos, no les entiendo, me aburro, me encierro en mi habitación y skypeo con mis amigos españoles".

Alberto, de Pedro Muñoz, es licenciado en Historia, pero trabaja en Pizza Hut. Foto: O.C.

Francisca: "En Colonia nunca sale el Sol"

Francisca, de Cádiz, llegó a Alemania hace seis meses. Tiene 41 años y vino con su hijo Fernando, de 4 años. Su pareja la esperaba aquí. Ninguno habla alemán. "No es tan fácil como dicen", señala, "es muy complicado comunicarse sin conocer el idioma. Llegué por la noche a Frankfurt y al día siguiente me desperté en Colonia preguntándome qué hacía aquí. En España no tenía empleo en mi profesión, que es Turismo y Restauración, pero aquí es muy difícil trabajar en cocina sin el idioma y lo hago como camarera de pisos".

Asegura que conoce a algunos españoles que "están durmiendo en la calle y otros que, sin trabajo, se ven imposibilitados para alquilar una vivienda y han terminado retornando a España. Es un drama en una ciudad en la que, además, casi nunca sale el Sol. Y eso entristece a personas que, como yo, estamos acostumbradas a la luz de Cádiz".

Projekt Migration, centro de apoyo a los emigrantes. Foto: O.C.