2026: qué UE, tras Venezuela
Los halcones de la ultraderecha de EEUU blasonan, con arrogancia, que la UE será "incapaz" de reaccionar si EEUU se hace con Groenlandia.
2026 acaba de comenzar; no amanece el año con buena cara: la intervención militar de EEUU en Venezuela y la "captura de Maduro" no solo por la violación de la soberanía e integridad de una nación integrante de la comunidad internacional, sino por su en vidas humanas (cerca de un centenar) a las que se presenta como negligible colateral damage de una operación sólo al alcance de quien controla el botón rojo de una superpotencia que no se siente obligada a respetar ninguna ley ni a dar explicaciones a nadie. Supone además la voladura de lo que quiera que quede en pie de la legalidad internacional. Esto consuma los peores presagios acerca de la segunda presidencia Trump, exaltación de una "ley de los fuertes" que es ley de la selva, desafiando, si es que no despreciando abiertamente, a quienes aún apuesten por un mundo regido por reglas. Estimula así a los regímenes despóticos o autoritarios que dispongan de arma nuclear a servirse por su mano a todo lo ancho del orbe (alegando su "hemisferio") cuanto pueda convenir a sus "intereses estratégicos".
Envía, en definitiva, un réquiem demoledor que entierra todo lo aprendido a través del terrible y "olvidado S. XX" sobre el que escribió Tony Judt. Pero este estremecedor episodio se explica como “solo el comienzo” de lo que está por venir: Cuba, Colombia, México…y Groenlandia (territorio autónomo bajo soberanía del Reino de Dinamarca, UE). Nada ni nadie está ya a salvo, nos gritan desde el Air Force One.
Excuso, por innecesario, todo excurso acerca de hasta qué punto el régimen que ha gobernado Venezuela ininterrumpidamente desde 1998 (primera victoria de Chávez, por lo que lo conocemos como "chavismo") merece y recibe rechazo por su grosera violación de derechos humanos y estándares democráticos. No es precisa ninguna simpatía por Maduro para mostrar preocupación por cómo se le ha “extraído” del país que gobernaba por métodos que conculcan todas las normas y procedimientos del Derecho internacional.
Todo esto, y mucho más, ha sido explicado en ríos de tinta y por opiniones expertas reclutadas por los medios para desmoralización de la ya aturdida opinión pública de las sociedades abiertas. En este lado del Atlántico la pregunta es tan asfixiante como inevitable: "¿Qué va a hacer ahora la UE?" pero esta encadena otra más: "¿Qué hará si Trump toma por la fuerza Groenlandia?" Ninguna respuesta informada invita a la tranquilidad.
Desde la agresión de Putin a la vecina Ucrania, la UE ha desaprovechado todas sus oportunidades de honrar con acción coherente su discurso proclamado. En ausencia de unanimidad para formular una posición reconocible en política exterior y seguridad común, una Coalition of the Willing (de las que se excluyen los Gobiernos prorrusos de Hungría y Eslovaquia) se esfuerza por mantener su expresado compromiso de apoyo incondicionado a Ucrania, as long as it takes, tanto como sea necesario.
La UE ha sido incapaz de mantener el mismo estándar ante el genocidio perpetrado por Netanyahu en Gaza. Débil y dividida se ha mostrado ante el envite de la guerra comercial desatada por Trump, al punto de haberse prestado a una imposición unilateral de aranceles sin reciprocidad, rubricada en humillante escenificación en el club de golf del magnate en Escocia.
La UE no ha encontrado palabras conjuntas para rechazar con contundencia, como grave violación del Derecho Internacional, la agresión contra Venezuela, desvinculada en su presentación ante el mundo de toda referencia a la democracia y a la “libertad” para centrarse en el petróleo, partiendo de la falacia de que lo expropió el chavismo (la historia remonta su nacionalización al primer Gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1976). Los halcones de la ultraderecha de EEUU blasonan, con arrogancia, que la UE será "incapaz" de reaccionar si EEUU se hace con Groenlandia: nadie en la Casa Blanca ni en el Pentágono ni en el US Congress prevé que ningún EM de la UE, y menos ésta, con su personalidad jurídica única, moverá militarmente un solo dedo para confrontar sobre el terreno al US Army (que ya cuenta con bases en la Isla ártica).
La UE cuenta, sin embargo, con un prontuario de herramientas de respuesta: desde una voz unitaria en la ONU (Consejo de Seguridad y Asamblea General) con imposición de sanciones contra EEUU y suspensión de los actuales Acuerdos comerciales, de cooperación y de transferencia de datos, hasta la activación de la cláusula de “solidaridad y defensa mutua” del art.47.2 TUE (equivalente funcional del art.5 del Tratado de Washington, fundacional de la OTAN).
Es obvio que para que esa caja de herramientas fuese creíble, si es que no disuasoria, sería precisa una unidad y una voluntad de ser (una voluntad política) que, lamentablemente, parece hoy una hipótesis lejana si es que no impensable para cualquier analista global. Es más: buena parte de la ciudadanía europea (la que persiste en una aproximación progresista y federalista al futuro de la UE), sabiéndose minorizada en la actual correlación de fuerzas (escorada como nunca a la derecha minada por la ultraderecha) puede asomarse con temor a una posición mayoritaria de la UE que difícilmente apostaría por prioridades cohesivas y de solidaridad, inclinándose, como están las cosas, por un zafarrancho de rearme, remilitarización e inversiones presupuestarias en seguridad y defensa.
Y, sin embargo, es obvio que la inanidad europea —que sólo puede empeorar con una ampliación acrítica que acentúe su división, cacofonía e irrelevancia— es la peor opción de entre las disponibles. No sólo porque abunda en el riesgo del declive de la UE por la pendiente de la historia, con pérdida de peso y de significación (PIB y población, contractiva y envejecida), ausente de cualquier foro en el que podría contribuir a una gobernanza de la globalización basada en reglas y respetuosa de un orden multilateral (una perspectiva hoy seriamente amenazada), sino porque, esto es lo peor, arriesga perder el crédito que aún le quede en la propia opinión pública europea (la ciudadanía europea), erosionado, si es que no herido fatalmente, por la inasumible praxis del doble estándar moral ante quienes agreden, invaden, practican violencia sin límite y violan derechos humanos al puro socaire de su fuerza, sin que haya legalidad internacional ni sanciones que les frene ni les importe en absoluto.
Difícilmente puede pensarse en una coordenada geopolítica más turbada y retadora para este UE que se asoma a este segundo cuarto del S.XXI, en el que se juega, otra vez, su razón y su futuro.