El miedo decide por nosotros
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El miedo decide por nosotros

"En España hay determinadas fuerzas políticas que han cosido el miedo en sus banderas y las ondean sin complejos"

Una mujer, con miedoGetty Images

Antes de lanzarse al vacío, Mick Boyle (Harvey Keitel) le dice a su amigo Fred Ballinger (Michael Caine): «Dices que las emociones están sobrevaloradas, pero es lo único que tenemos». En La juventud (2015), Paolo Sorrentino resume en esa escena una idea poderosa: incluso cuando creemos actuar racionalmente, son las emociones las que terminan decidiendo por nosotros. Y ninguna tiene tanta fuerza como el miedo.

Las emociones son la fuerza que nos pone en movimiento prácticamente durante todo el día. Es cierto que siempre intentamos justificar o planificar nuestro día a día, nuestro futuro, e incluso explicar nuestro pasado basándonos en criterios (presuntamente) racionales. Sin embargo, casi siempre, al final el motor que hace que nos movamos en una dirección o en otra, o que reaccionemos a los acontecimientos de una manera u otra, son las emociones.

En política, como parte de la vida, las emociones siempre han sido fundamentales. Desde la Antigüedad han sido las que han empujado la ambición de los grandes líderes, reyes y conquistadores, así como también han sido el principal motor de las masas a la hora de dejarse llevar. En el siglo XXI no es distinto. Y la principal, la que parece estar omnipresente en nuestras sociedades, es el miedo. Hay miedo al futuro, al presente, miedo a las nuevas identidades, a los cambios de identidad y a la pérdida de referentes.

La emoción más potente

El miedo, como una de las emociones más potentes, es una herramienta política fundamental. No es pues casual que proliferen los discursos basados en una presunta quiebra de la seguridad ciudadana, a pesar de que la tasa de criminalidad de España se sitúa en 40,5 delitos por mil habitantes, manteniéndose como uno de los países más seguros de Europa según datos del Ministerio del Interior. O que usan el temor a que una presunta invasión de inmigrantes provoque la pérdida de la identidad y de la cultura propia, cuando en realidad las entradas de migrantes por mar y tierra a España experimentaron una reducción interanual significativa con caídas acumuladas superiores al 30%, según datos oficiales de la UE. Y también que se utilice la incertidumbre en un mundo inestable que parece estar siempre al borde de una posible crisis debido a una geopolítica agresiva.

Se mezcla también con esferas más personales, como cierto temor masculino a encontrar o a perder la pareja (o el control sobre ella) debido al avance de los derechos individuales como el feminismo; o la preocupación por el futuro de los hijos debido a un cambio climático que avanza y una sociedad cada vez más competitiva y agresiva que no tiene claro su papel ante la llegada de la Inteligencia Artificial.

Hay muchas razones reales para sentir miedo y es muy fácil fabricar nuevos temores. En este sentido, en España (y en todo el Occidente) hay determinadas fuerzas políticas que han cosido el miedo en sus banderas y las ondean sin complejos apostando por la fuerza de las emociones, a pesar de que, si se analizan desde un punto de vista racional, no se sostienen según numerosos estudios y estadísticas. Pero el miedo persiste. Mes tras mes, el CIS sitúa entre las principales preocupaciones ciudadanas cuestiones cuya percepción social es muy superior a la incidencia objetiva reflejada por numerosos indicadores. El dato no mata al relato.

La creación del miedo

Los miedos no nacen de forma espontánea. Son consecuencia de una percepción labrada por un relato previo. Por ello, cuando se escuchan los discursos de determinados políticos, los contenidos de algunos medios de comunicación y las opiniones publicadas, resulta evidente que están dirigidos a crear ese miedo, y si no lo están, al menos lo provocan. Además, les ayuda que las redes sociales premian aquello que provoca una reacción inmediata, y el miedo se ha convertido en uno de los contenidos más rentables para captar atención. Esto tiene su importancia si se tiene en cuenta que ya nada funciona sin pasar por las aplicaciones de nuestros móviles.

Es entonces cuando emergen fuerzas políticas con unas supuestas soluciones a esos miedos. Aquí cabe preguntarse, ¿estamos ante una oferta política que busca cubrir una demanda? ¿O, por el contrario, primero se construye un escenario que genera esa demanda? Es decir, se crea un escenario artificial que pide una solución absolutamente emocional para abrir las puertas del poder a unas fuerzas que solamente pueden sobrevivir a base de la emoción más poderosa: el miedo.

Se llega así a una conclusión peligrosa. Corremos el riesgo de que las emociones ya no solamente sean un instrumento, sino un fin en sí mismo para llegar al poder y, sobre todo, para mantenerse en él como ya hicieron algunas dictaduras durante el siglo XX. Estamos a tiempo de decidir si queremos evitar que sea el miedo el que decida por nosotros, porque las democracias no desaparecen únicamente cuando dejamos de votar. También empiezan a erosionarse cuando dejamos que sea el miedo quien vote por nosotros.

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Michael Neudecker es periodista y politólogo

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