El problema del feminismo
El problema es el machismo. No el feminismo. El problema de los hombres no es el feminismo. Parece una obviedad, pero conviene recordarlo.
En torno al 8 de marzo vuelve una escena cada vez más familiar: el feminismo en el banquillo de los acusados.
Si miramos atrás, vemos que España ha vivido una década de avances feministas incontestables. El feminismo dejó de ser una conversación de minorías para convertirse en sentido común, en hegemonía en el mejor de los sentidos: incluso quienes estaban en contra intentaron subirse al carro. Ahí estaban Ana Rosa llamando a la huelga feminista -que como ahora con el "No a la Guerra", colocó a nuestro orgulloso país en las portadas de medio mundo-, o Zara facturando miles con camisetas con consignas feministas.
Fue una fuerza social que sacudió todo y abrió debates que a nuestras madres se les negaron y que nuestras abuelas ni siquiera pudieron imaginar. Ojalá nuestros padres y abuelos hubieran hablado y pensado más sobre consentimiento, reparto de tareas del hogar, desigualdad de poder, violencia sexual o mandatos de la masculinidad.
Corremos el riesgo de pensar que esta irrupción y expansión del feminismo era inevitable. Que tocaba, que era lo natural. Pero para nada. Conviene recordar que allá en 2011, en plena efervescencia de las plazas del 15M reclamando más democracia, un hombre arrancó, entre vítores y aplausos, una pancarta recién desplegada que rezaba "la revolución será feminista o no será". Esa escena también forma parte de nuestra memoria reciente.
El tsunami feminista que empapó toda la sociedad no cayó del cielo, fue fruto de mucho y buen trabajo en muchos frentes.
Hoy el contexto es otro. Vivimos una ola reaccionaria que ha encontrado en el discurso antifeminista un filón especialmente rentable para fomentar y canalizar el malestar de muchos hombres, especialmente jóvenes. Han puesto en marcha una industria de la misoginia, dopada por los algoritmos, que les bombardea con miles de mensajes que fomentan el resentimiento y el agravio. Un ecosistema que no solo alimenta la desconfianza hacia el feminismo, sino que crea un abismo creciente entre chavales y chavalas mientras les impone a ellos unos estándares inalcanzables para minar su autoestima. El resultado está a la vista. Miles de jóvenes, y no tan jóvenes- identifican el feminismo -y en muchos casos a las propias mujeres- como el origen de sus problemas: la precariedad, la soledad, la ansiedad, las dificultades materiales…
Mientras todo esto ocurre, hay hombres progresistas que prefieren centrar el debate en que "las feministas" son poco pedagógicas. Que no incluyen suficientemente a los hombres. Que van demasiado rápido. Que utilizan un lenguaje demasiado duro. La lista de reproches es larga y, curiosamente, siempre apunta en la misma dirección. Basta recordar a Pedro Sánchez señalando que sus amigos de cuarenta y cincuenta años estaban incómodos con algunos discursos feministas. Con el tiempo hemos ido conociendo un poco mejor a esos amigos.
Es una especie de paradoja discursiva: en lugar de centrar los esfuerzos en señalar al machismo y el patriarcado como el sistema que explica buena parte de los problemas que seguimos viviendo, se señala al movimiento que precisamente trata de desmontarlo. Como si, ante la existencia de la contaminación, el problema fueran los ecologistas por protestar demasiado o protestar mal.
Por supuesto que puede haber discusiones tácticas. Sobre estrategias, discursos y prioridades. Es sano y necesario. Pero solo si se parte de algo elemental: el problema es el machismo. No el feminismo. El problema de los hombres no es el feminismo. Parece una obviedad, pero conviene recordarlo.
A partir de ahí la discusión sobre cómo interpelar más y mejor a los hombres puede ser fértil. No como una lista de tareas pendientes que le endosamos a las de al lado sino como un conjunto de responsabilidades que nos marcamos los hombres que no compramos la mercancía averiada a la extrema derecha y que estamos comprometidos con un mundo más libre y justo.
Cómo generamos referentes masculinos que hablen -y sobre todo que sean escuchados- sobre igualdad; cómo ponemos a los referentes masculinos que ya existen a hacer ese trabajo; cómo diseñamos y aplicamos políticas públicas dirigidas específicamente a los hombres sobre aquellos problemas con mayor prevalencia masculina; cómo hacemos frente a aquellos hombres que directamente militan en el machismo; cómo incorporamos a los hombres que están desorientados pero no compadrean con el antifeminismo; cómo arrebatamos la capacidad de determinar "qué es un hombre" a las posiciones más retrógradas; cómo conectamos con hombres que se reconocen en valores antifascistas pero que todavía no se sienten interpelados por postulados de igualdad entre hombres y mujeres o diversidad sexual… la lista es interminable.
Esta y no otra es, a mí entender, la conversación que nos debería estar ocupando. Porque no consiste en delegar, sino en hacerse cargo. Es la única manera de que las cosas vayan mejor. Y, sinceramente, porque sé que vamos a estar a la altura del desafío.
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