En defensa del pantalón corto
Opinión
Opinión

En defensa del pantalón corto

"El pantalón corto masculino, en determinados entornos laborales sigue viéndose como una falta de respeto, una dejadez, una especie de derrota moral". 

Un hombre en traje deja al descubierto sus piernas por el calorGetty

Hay consensos sociales que uno entiende. Dejar salir antes de entrar. Preguntar si alguien quiere la última croqueta. Quedarse quieto a la derecha en las escaleras mecánicas. Hay otros que empiezan a ser difíciles de justificar. Uno de ellos es la obsesión con que los hombres vayan con pantalón largo a trabajar aunque haga 39 grados en la calle.

Porque sí: hace calor. Mucho calor. Y no, no es “lo normal en verano” porque ni siquiera estamos en verano. Se llama cambio climático y hace que el calor extremo llegue más temprano y sea más intenso y duradero. El verano ya no espera tranquilamente a julio, ahora invade junio, le da un mordisco a mayo y amenaza con quedarse hasta octubre como quien no quiere la cosa.

En paralelo a las medidas de mitigación, las destinadas a atacar las causas del cambio climático y reducir emisiones contaminantes, hay que desarrollar medidas de adaptación. Ajustar nuestras ciudades, nuestras costumbres y nuestra forma de vida a una realidad que ya está aquí. El calor extremo no es una profecía, no es una amenaza del futuro, es algo que está entre nosotros. Y el cuerpo lo nota.

Se nota en la salud. Se nota en el descanso. Se nota en el humor. En esa sensación de agotamiento permanente que dejan los días abrasadores y las noches incapaces de soltar el calor. Ciudades atrapadas en una relación tóxica con las altas temperaturas: calor acumulado en el asfalto y el cemento al que no dejamos salir y nos condena a noches tropicales (+20ºC), tórridas (+25ºC) o directamente infernales (+30ºC). Tras esas noches, donde acabas empapado y no consigues dormir, toca ir al curro.

Muchos trabajos han encontrado una solución sencilla: aires acondicionados a toda potencia. Y me parece razonable. Frigorías al poder. Electrificarlo todo y, ya que hay que trabajar, al menos que no sea en un horno industrial disfrazado de oficina. Bendita climatización.

Pero hay algo profundamente absurdo en esta ecuación: mientras las máquinas refrigeradoras funcionan hasta echar humo, el planeta se recalienta y las facturas eléctricas no dejan de crecer, mantenemos un consenso social según el cual los hombres deben ir con pantalón largo para resultar “serios”. Como si enseñar una tibia masculina fuera el primer paso hacia el colapso.

El pantalón corto masculino, en determinados entornos laborales sigue viéndose como una falta de respeto, una dejadez, una especie de derrota moral. Una extraña convención que asocia tela extensa con profesionalidad y que se enajena del mercurio que marcan los termómetros. Pero, ¿qué sentido tiene? ¿Para qué obligar a climatizar edificios enteros hasta temperaturas casi otoñales porque culturalmente hemos decidido que un señor no puede acudir enseñando los gemelos?

No estamos hablando de una extravagancia. Las piernas al aire ya existen en los entornos laborales. Miles de mujeres van cada día con falda o vestido y nadie convoca una reunión urgente de recursos humanos porque hay un tobillo visible. Tampoco hablamos de cuestiones higiénicas o de seguridad. Evidentemente, allí donde una pierna al descubierto suponga un peligro, que no la haya. Nadie pide manejar una radial en bermudas. Pero en oficinas, comercios, aulas o interiores, ante episodios de calor extremo, ¿por qué no ampliar las herramientas para combatirlo? ¿Por qué no aflojar la soga del control social? ¿Por qué no dar más libertad?

Lo que ya suena extravagante es otra cosa: mantener intacto un código social pensado para una época en la que había cuatro estaciones reconocibles y no se batían récords de temperatura año tras año. No se trata de imponer un nuevo canon ni crear una nueva obligación, no sumemos al calor la vigilancia de la policía estética. No hace falta que todos los hombres vayan en bermudas. Sería un nuevo absurdo. La cuestión es otra: abrir el abanico de posibilidades. Que no parezca marciano, ni descortés o irrespetuoso, entrar a una reunión en pantalón corto.

Ante la emergencia climática va a haber cosas complicadas. Esta no es una de ellas. Normalizar el pantalón corto no es ninguna frivolidad, no es síntoma de decadencia ni implica perder seriedad. Es pura adaptación. Adaptación de hombres que entienden el clima en el que viven y que se niegan a ser rehenes de una convención social obsoleta que solo genera incomodidad, sudor y kilovatios consumidos.

Ampliemos el mundo del pantalón corto, que no esté limitado a la piscina, el picnic y el tiempo libre. Da igual si eres un entusiasta defensor, un creyente no practicante o un detractor. Lo importante es afrontar lo que tenemos delante sin una mano atada a la espalda o, en este caso, con un pantalón largo de más. No va a resolverlo todo de la noche a la mañana pero dispondremos de una tímida y pequeña mejora. Que no sobra. Y, sinceramente, bastante calor hace ya como para seguir sufriendo por protocolo.

MOSTRAR BIOGRAFíA

Diputado de Más Madrid en la Asamblea

Más de Opinión

Comentar:
comentar / ver comentarios