Carla, 101 años: "Me levanto entre las 7:30 y las 8:00 de la mañana y desayuno café con galletas. Me salto el almuerzo y ceno pollo con verduras o pescado, a veces tomo helado de café"
Su vida recorre buena parte de la historia reciente de Milán: la guerra, la droguería familiar, la maternidad en solitario y una tienda de antigüedades que mantuvo durante casi dos décadas.

Carla Villa tiene 101 años, vive desde hace 99 en la misma calle de Milán y mantiene una rutina diaria tan sencilla como constante. "Me levanto entre las 7:30 y las 8:00 y desayuno con café y galletas. Me salto el almuerzo y ceno pollo con verduras o pescado", explica en una entrevista en Il Corriere della Sera. A continuación añade: "De vez en cuando me como el helado de café que trae Thomas".
No presenta esta alimentación como una fórmula para llegar a los cien años ni habla de secretos milagrosos. Es, simplemente, la forma en la que organiza sus días. Una vida cotidiana en la que siempre tiene compañía y en la que todavía intenta salir a pasear cuando el calor y su movilidad se lo permiten.
Una vida entera en la misma calle de Milán
Carla vive en la Via San Marco desde enero de 1927, cuando todavía circulaba un canal bajo sus ventanas y tenía que cruzar un puente para acudir a la escuela. Su familia regentaba allí la droguería Villa, propiedad de su padre, Luigi, situada frente a la redacción del Corriere della Sera. Por el establecimiento pasaron periodistas y personalidades conocidas de la época.
"Todo el mundo venía a la tienda de comestibles de mi padre, incluso Indro Montanelli, que compraba café y algunos productos de afeitar", recuerda. "Venía tanta gente importante que nosotros también nos sentíamos un poco importantes".
En aquel mismo espacio abrirían después sus hermanos Cesare y Franco el local El Tombon, cuyo nombre escogió ella. Carla recuerda a su hermano como una persona generosa: si un cliente no tenía dinero, le permitía marcharse sin pagar.
La guerra y la pérdida de su hermano
Su memoria también conserva los episodios más duros del siglo XX. La guerra quedó ligada para siempre a su hermano Aldo, que murió con 22 años en la batalla del Don durante la campaña de Rusia. "Se fue a Rusia a los 22 años. Le escribió muchísimas cartas a mi madre. Murió en la batalla del Don. Mi madre, enferma, se dejó morir de pena", cuenta.

Carla asegura que sigue hablando mentalmente con sus hermanos fallecidos y que le cuesta creer que la vida termine por completo después de la muerte. "No puedo creer que solo vivamos durante el breve tiempo que estamos en la Tierra. Después de eso, seguimos aquí, de alguna manera invisible", reflexiona.
Decidió criar sola a su hijo
Uno de los episodios que mejor refleja su carácter llegó cuando decidió tener y criar sola a su hijo Thomas, en una época en la que esa elección era mucho menos habitual.
Conoció al padre del niño en el Jamaica Bar, un local frecuentado por artistas del barrio de Brera. Cuando descubrió que estaba embarazada, la relación ya había terminado. "Me preguntó si era suyo. Lo negué. No me creyó, pero yo quería a Thomas", explica.
Su familia aceptó el embarazo con naturalidad. Su hermana, que no tenía hijos, se encariñó especialmente con el niño y participó en su crianza. Carla resume su forma de afrontar aquella etapa con una frase directa: "Vivimos con tan poco que nunca me he planteado si algo se podía o no hacer".
Trabajó hasta después de los 70
Después del nacimiento de Thomas, abrió una pequeña tienda de antigüedades junto a una amiga. La regentó entre 1972 y 1990 y se hizo conocida por vender piezas valiosas a precios bajos.
Pero su vida laboral no terminó ahí. A los 78 años volvió a trabajar en una tienda de vestidos de novia para sustituir a una empleada embarazada.
La ropa y la elegancia siempre formaron parte de su identidad. Ella misma diseñaba vestidos y encargaba su confección a costureras. Cuando La Scala reabrió después de la guerra, acudió con un traje largo que había dibujado personalmente. "La elegancia no se aprende", sostiene en la misma entrevista.
Su rutina y su manera de mirar la muerte
Actualmente, Carla recibe ayuda de Lolita, que duerme en su casa y prepara la cena, además de las personas enviadas por el Ayuntamiento y de su hijo. "Ya no puedo caminar muy bien, pero si no hace demasiado calor, me gusta dar un paseo por el barrio", explica.
Su visión de la muerte es directa y sin dramatismo. No la desea, pero tampoco la convierte en un tabú. "Si Thomas no estuviera aquí, no me preocuparía. Al final, hay que morir. Pero no digo: ‘Qué maravilla, voy a morir pronto’", afirma.
Cuando le preguntan cómo ha llegado hasta los 101 años, su respuesta no habla de dietas estrictas ni de rutinas imposibles. Resume toda su vida en una frase: "Siempre he hecho lo que he querido. Seamos claros, no fue fácil", concluye. Genia figura, historia viviente de Italia y ejemplo de vida y de longevidad.
