En manos de un loco
"Estamos en manos de un orate sin principios, de un totalitario que no tuvo empacho en enviar a sus huestes a invadir el Congreso"
Donald Trump tiene constantemente a su alcance el botón nuclear, cuya pulsación podría acabar con gran parte de la vida en el planeta. Todavía rige en plenitud el gran argumento inmovilizador que aseguraba que nadie se lanzaría a una guerra nuclear: el «mutual assured destruction», o seguridad de la mutua destrucción, que venía a expresar en tiempos de la guerra fría que si alguien desencadenase un conflicto de aquella naturaleza, sería también inexorablemente víctima de su propia medicina.
No hay indicio alguno de que a Trump se le haya pasado por la cabeza comprobar la veracidad de aquellas teorizaciones pero sobrecoge pensar que la supervivencia de la humanidad está en manos de un anciano ciclotímico e irascible que se mantiene en apariencia en plena forma física, lo que sugiere que podría estar mantenido artificialmente en ese estado, impropio de un hombre de su edad. Sin embargo, es intranquilizador pensar que este sujeto, hijo de un multimillonario y multimillonario él mismo, ostentoso hasta la horterada, fiestero hasta la depravación, amigo de traficantes sexuales, laxo en el cumplimiento de la ley —se le puede atribuir un intento de golpe de Estado cuando fue derrotado por Biden— tiene en sus manos el futuro del mundo.
Acabamos de asistir a una nueva cumbre de la OTAN, esta vez en Turquía, que había suscitado temores porque el irascible mandatario está descontento tanto por la escasa disposición de los europeos a rearmarse como por la nula contribución de los países de la UE a su guerra contra Irán. El melifluo Mark Rutte, secretario general de la OTAN, que parece perpetuamente embelesado con las gracias de su jefe Trump, es en cierto modo el símbolo de las relaciones internas de este organismo que en teoría garantiza la seguridad occidental. Y en esta ocasión, como es usual en los prolegómenos de la cumbre, Trump repartió bofetadas verbales entre los presentes, y lógicamente reiteró sus improperios contra nuestro país: dijo que en España hay “mala gente” y que somos unos socios “terribles”, además de asegurar que nos cortará nos cortará la relación comercial; como es sabido, Trump considera escasa la participación económica España en el presupuesto de la OTAN y está indignado porque nuestro país no cedió las bases de Morón y Rota para que las fuerzas norteamericanas llegaran más fácilmente a sus blancos iraníes. Pero no solo España ha sido objeto de los disparos verbales del fogoso personaje. La vidriosa y cansina reclamación de Groenlandia ha salido de nuevo a la palestra, ante las protestas de la primera ministra de los Países Bajos, respaldada por todos los demás socios atlantistas.
Ya iniciada la cumbre, fuera del alcance de los periodistas y observadores, parece ser que Trump cambió el tono, hizo las paces con Meloni (quien también se había negado rotundamente a secundar a los Estados Unidos en su agresión a Irán) y, según cuentan sus colegas, se comportó un rato como una persona razonable. Sorprendentemente, ya en la cumbre recogió velas con respecto a sus socios, incluida España, y se deshizo incluso en extrañas alabanzas porque, según dijo, España había efectuado una ignota e inaclarada concesión… "Hoy España dio marcha atrás por completo, fue muy generosa", fueron las palabras textuales del mandatario, quien poco antes había recibido de los Departamentos del Tesoro y de Comercio una relación de medidas sancionadoras que supuestamente se hubieran podido aplicar a nuestro país… Nadie en el servicio diplomático español conoce en qué consiste la “generosidad” de España.
Pero quizá lo más escalofriante de la reunión de la OTAN ha sido el anuncio, realizado durante la sesión plenaria, de que los Estados Unidos volverían a bombardear Irán, quizá aquella misma noche.
En efecto, como bien sabía el iluminado que tomó la decisión, unas horas después comenzaban las operaciones en el estrecho de Ormuz, todavía no liberado al tráfico marítimo por Irán. Un comentario banal del gran líder ha dado lugar a un sanguinario bombardeo que puede haber llevado a la tumba a centenares de iraníes… Ni que decir tiene que aquella arbitraria decisión ha obligado a todos los países del Golfo a poner en guardia sus sistemas antiaéreos, mientras los mercados mundiales comenzaban una nueva caída y el petróleo iniciaba sus correspondientes vuelos.
En diversos medios europeos se recogen comentarios de varios políticos, entremezclados con comentarios editoriales, que indican la conveniencia de dilatar todo lo posible las reuniones plenarias de la Alianza Atlántica porque, mientras esté Trump, puede suceder en ellas cualquier cosa, cuantas menos oportunidades encuentre Trump para desfogarse, mejor. En cualquier caso, las mayores esperanzas se dirigen a las elecciones norteamericanas de medio mandato que se celebrarán en noviembre: hasta los más ateos rezan con fervor para que Trump se convierta en un «pato cojo» y quede arrinconado, sin apenas poder, hasta el final de la legislatura.
Estamos en manos de un loco, de un orate sin principios, de un totalitario que no tuvo empacho en enviar a sus huestes a invadir el Congreso, de un genocida que alentó a Netanyahu a exterminar indiscriminadamente decenas de miles de palestinos, de un degenerado íntimo amigo de más reconocido proxeneta de los Estados Unidos… Y eso debería ser reparado y remediado mediante la lega de un personaje honorable al poder en USA.
Lo grave del caso es que el sistema de partidos USA está muy mediatizado por grandes concentraciones de capital. Los ultramillonarios —Musk. Ellison, Zuckerberg, Bezos, Page, Brin…— han adquirido una gran capacidad de influir en la sociedad y en la política. Y los grandes partidos tienen la obligación de recuperar la iniciativa, apoyándose en los grandes valores democráticos y en las instituciones intermedias del gran país, en el que medran grandes caudales de inteligencia.
En cualquier caso, y por lo que pueda pasar, la experiencia amarga de haber tenido que soportar a Trump debería convencer definitivamente a Europa de la necesidad de que la Unión Europa se consolide como gran federación autónoma, como una verdadera potencia que pueda emprender sus propios designios sin supeditarse a terceros. Y con la suficiente fuerza militar para asegurarse de que ninguna amenaza le hará perder el rumbo.
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