Fracaso y retorno del multilateralismo
La situación geoestratégica de la comunidad internacional no sería tan inquietante si la ONU mantuviera su 'imperium' como árbitro supremo, servido con lealtad por sus miembros. Pero Trump lo tenía previsto.
El final de la Segunda Guerra Mundial, con un saldo sobrecogedor de víctimas —entre 70 y 85 millones de muertos, de los que al menos 45 millones eran civiles— producidos por el fanatismo ideológico de unos supremacistas abominables que pretendían imponer su hegemonía racial, supuso para el mundo un gran alivio que incluía la definitiva y eterna abominación de aquellas ideas fanáticas y destructivas. Lógicamente, el nazismo y el fascismo pasaron a ser los perpetuos e irredimibles enemigos de toda la humanidad, que pronto se organizó espontáneamente en los términos de una bipolaridad establecida entre dos opciones ideológicas antagónicas, basadas en sendos vectores utópicos: el capitalismo liberal a un lado y el colectivismo autoritario al otro. La división era tan explícita que se alzó entre ambas comunidades el llamado “telón de acero”, e incluso en Berlín, la ciudad del pecado original nazi, se alzó un gran muro que dividió materialmente la urbe en dos reductos incomunicados entre sí. El 24 de octubre de 1945, pocos meses después de la capitulación de Berlín el 9 de mayo, se firmó la Carta de las Naciones Unidas que entronizaba la ONU, la institución multilateral y globalizada que habría de encargarse en lo sucesivo de resolver pacíficamente los conflictos, para no tener que recurrir nunca más a la guerra. Llegaba finalmente la ocasión de utilizar globalmente la democracia política como el método más depurado y eficaz de resolución de conflictos.
Aquel modelo, cargado de optimismo y que incluía una nueva visión intelectual del devenir de los pueblos, concedió al mundo una sólida estabilidad, en parte debida al modelo de relaciones establecido por los vencedores de la gran guerra, en parte a consecuencia de la propia experiencia vital de las personas. Europa, consciente de que las querellas en su interior habían sido el germen de las dos grandes convulsiones, reabrió el viejo debate sobre la integración continental: pugnaron federalistas y funcionalistas, Altiero Spinelli y Jean Monnet. Aquel debate concluyó con los Tratados de París y Roma y el triunfo de las tesis de Monnet, a quien, en palabras de Spinelli, corresponde por eso el mérito de haber puesto en marcha la unificación de Europa y la culpa de haberlo hecho por un camino equivocado. Los términos de la discusión siguen siendo hoy los mismos: federación o comunidad; estado federal o unión de estados. Los federalistas parecían imponerse, pero los euroescépticos se han atrincherado tras una inquietante extrema derecha que parece añorar trágicos y mortales disensos. De cualquier modo, la Unión es un logro irrevocable —la caída de Viktor Orbán lo confirma— y ha sido y es un factor muy eficaz de progreso y estabilidad.
En la práctica, la estabilización global se consiguió mediante la bipolaridad, el equilibrio entre dos bloques políticos compactos, ideológicos y militares (la guerra fría). El 4 de abril de 1949 nacía la OTAN y el 14 de mayo de 1955 el Pacto de Varsovia. Las dos grandes potencias se repartieron el poder, la influencia y el mundo, aunque pacíficamente, atenazadas por la Mutual Assured Destruction (MAD) generada por la simetría nuclear de ambas.
Pero pasados los años, el bloque del este, embarrancado en su idealismo ineficiente, terminó naufragando, Moscú realizó de la mano de Gorbachov un ejercicio de realismo y en 1989 caía por su propio peso el muro de Berlín, símbolo enhiesto de la confrontación silenciosa. Aquel cambio brusco, que no había sido planeado tan precipitadamente, obligó a cavilar sobre cuál sería la dirección futura de los grandes equilibrios estratégicos. En aquel momento, solo los Estados Unidos merecían la calificación de gran potencia y la mayoría de los analistas presagió que el sistema global de relaciones internacionales avanzaría hacia la multipolaridad… Fue en aquella época cuando Fukuyama, en un rapto de excesivo optimismo, habló del “fin de la Historia” (1992), es decir, del éxito definitivo del modelo democrático occidental basado en el parlamentarismo y en el imperio sin restricciones de los derechos humanos.
Todos éramos conscientes de que el final de la política de bloques, plausible desde todos los puntos de vista, generaría sin embargo cierta conflictividad ya que las fuerzas confrontadas se desenfrenarían y se desbocarían con más facilidad. La desaparición del sistema equilibrante y autorregulado sugería el regreso al desorden, a menos que se reforzaran los mecanismos de regulación y control, es decir, Naciones Unidas y todo el entramado institucional que, por sectores, permitiría establecer normas, conciliar intereses, convivir, en una palabra.
Pero no ocurrió de este modo. En la práctica, una serie de guerras de relativamente baja intensidad ha generado una belicosidad cuasi permanente, casi siempre estimulada por el irresuelto conflicto palestino israelí de Oriente Medio. La guerra de Afganistán duró entre 2001 y 2021; Oriente Próximo (Medio para los norteamericanos) saltó por los aires con la guerra Irán-Iraq (1980-1988) a la que siguieron la Guerra del Golfo o invasión iraquí y ulterior liberación de Kuwait (1990-1991); la guerra de Irak se extendió entre 2003 y 2011; los conflictos incluidos en la Primavera Árabe a partir de 2010 derrocaron regímenes autoritarios en Túnez, Egipto y Libia y provocaron guerras civiles en Siria y Yemen; la guerra de Gaza de octubre de 2023, que muchos consideran un auténtico genocidio, arrancó en octubre de 2023, tras un salvaje y cruento golpe de mano de Hamas contra la población civil israelí; y últimamente la guerra de Irán acaba de ser lanzada por el macabro tándem Trump-Netanyahu el último día de febrero… En suma, los viejos territorios ubicados a caballo de Asia y de África han sido en el último cuarto de siglo escenario de numerosas contiendas, varias de ellas particularmente atroces y sanguinarias.
En lo que a Rusia respecta, el dictador Putin inició en 2014, con la toma de Crimea, una campaña nacionalista por recuperar los arrabales periféricos del país de los zares; campaña que desembocó el 24 de febrero de 2022 en la agresión a Ucrania, una confrontación supuestamente local y sin mayores repercusiones pero que se ha enquistado y que por ello mismo plantea evidentes peligros, toda vez que reproduce el esquema de la antigua rivalidad global.
En medio de este panorama confuso, irrumpió Trump, un heterodoxo profesional, irrespetuoso con el Derecho Internacional, dispuesto a todo para satisfacer su egocentrismo y sus intereses y sin una visión moral del mundo ni lealtades exteriores. Aquel personaje atrabiliario ejerció como el 45.º presidente de los Estados Unidos entre 2017 y 2021, perdió ante Biden las elecciones de 2020 y se convirtió en el 47.º presidente el 20 de enero de 2025. En poco más de un año, Trump ha bendecido el genocidio israelí, ha intervenido mortalmente en Venezuela, ha fracturado la relación con Europa con su reclamación absurda de Groenlandia… y ha iniciado arbitrariamente junto a Israel la gran guerra contra Irán, de proporciones alarmantes, que amenaza con incendiar definitivamente toda la región y con abrir una relevante crisis económicos mundial. Además, el ambiente bélico en las proximidades de China ha puesto Taiwan en el disparadero, aunque Xi Jinping parezca ser un estadista de mayor fuste que el atrabiliario Trump, tan amigo de Epstein.
En definitiva, la irrupción belicista de Trump ha generado nuevas y grandes dudas sobre cuál será al cabo el desenlace de la vieja bipolaridad. Y parece confirmarse cada vez con mayor claridad la convicción pesimista de que no estamos avanzando en modo alguno hacia el multilateralismo sino hacia el horizonte mucho más oscuro y perverso del hegemonismo.
El término hegemonismo es polisémico y confuso, por lo que conviene puntualizarlo: la palabra, patrimonio del marxismo, fue introducida por el ideólogo comunista italiano Antonio Gramsci (1891-1937) para referirse a la dominación no coercitiva sino ideológica de la clase prevalente. También se denominó hegemonismo a la acción imperialista que en su tiempo desplegó la Unión Soviética sobre sus países satélites y sobre su zona de influencia geopolítica y que tuvo las mismas características expansivas y dominantes que el imperialismo tradicional. Últimamente se ha generalizado la utilización del concepto en el sentido de dominio autoritario de la única gran potencia global, los Estados Unidos, tras el fracaso de los checks and balances del sistema global que deberían controlar espontáneamente los poderes efectivos e impedir el deslizamiento del presidente electo por la rampa de la arbitrariedad. Sólo en las últimas semanas se ha percibido una reacción de la sociedad USA contra el arbitrismo de un Trump a quien algunos sus propios adictos del MAGA han llegado a calificar de “lunático genocida”.
En definitiva, hemos pasado de la bipolaridad equilibrante al dominio hegemónico de la gran potencia, que amenaza o impone su voluntad sobre estados soberanos —Venezuela, Cuba, Canadá, Países Bajos (Groenlandia), Irán, Líbano, etc.— o interfiere en conflictos abiertos al margen de sus obligaciones políticas que resultan de los pactos internacionales establecidos. Es dramáticamente paradójico que el senil presidente norteamericano amenace con adueñarse «por las buenas o por las malas» de un territorio que está bajo la soberanía de un aliado suyo en la OTAN. Y resulta muy destructivo el desafecto que profesa a la Unión Europea, a su juicio un artilugio ideado para perjudicar a USA.
La situación geoestratégica de la comunidad internacional no sería tan inquietante si la ONU mantuviera su imperium como árbitro supremo, servido con lealtad por sus miembros. Pero Trump lo tenía previsto: en la última reunión de Davos presentó su inefable Junta de Paz, que en principio será un fideicomiso impuesto, formado y dirigido por los Estados Unidos para gobernar Gaza. Entre los miembros propuestos para dirigir el artefacto está lo mejor de cada casa: Netanyahu, Erdogan, Milei… Salvo Tony Blair, que últimamente se apunta a todas las guerras, todos los europeos, incluso Pedro Sánchez, han declinado lógicamente la invitación.
Lo más llamativo de esta iniciativa es que Trump ya ha insinuado que esa Junta podría ser una especie de ONU 2.0, ya que la ONU original, a su juicio, habría fracasado. De momento, la evidencia de que el mundo está de nuevo en llamas, a iniciativa de Washington, es la prueba de que ese invento trumpista, esta inefable Junta de Paz, es una pura entelequia. Y menos mal, porque lo que nos faltaría para concluir el dibujo descabellado del desorden que mana de Washington es que, a la hegemonía del orate Trump, se sumara un nuevo y peculiar sistema institucional de arbitraje patrocinado y dirigido por el propio autócrata. La situación es horrenda, la guerra de Oriente Medio se superpone y oculta la de Ucrania, y el rumbo de Trump depende cada vez más de un factor incierto: la actitud reactiva del propio pueblo norteamericano ante los desvaríos de un presidente que da pruebas de haber perdido el tino. Apenas asoma de momento en USA la reacción contrariada que cabría esperar, pero los primeros indicios de revuelta del ámbito republicano contra el delirio de su líder son hoy el único germen de esperanza en cuanto se refiere a este país.
Por lo demás, el progresismo parece haber reaccionado, como se desprende de la reunión de la primera Global Progresive Mobilissation, en cuyo marco se ha celebrado la IV Reunión de Defensa de la Democracia, impulsado por España y Brasil, en la que han participado una veintena de líderes de este ámbito, que ha reunido, además de a Sánchez y a Lula, a la mexicana Sheinbaum y al colombiano Petro, además de altos representantes de otros países. Los objetivos no pueden ser más explícitos: «defender los principios y valores de la democracia, el multilateralismo y el respeto al orden internacional basado en reglas».