Frente al odio
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Frente al odio

Las sociedades democráticas se sostienen precisamente por juzgar a las personas por lo que hacen, nunca por lo que son, de dónde vienen o en qué creen.

Berlín pride.dpa/picture alliance via Getty I

No hay matices posibles cuando alguien intenta sembrar el terror. Pero hay una segunda responsabilidad que tampoco podemos olvidar.

No permitir que el horror de un atentado termine convirtiéndose en una condena contra millones de personas que no tienen ninguna responsabilidad en él.

Es posible hacer ambas cosas al mismo tiempo. Es posible denunciar el fanatismo con absoluta claridad y, al mismo tiempo, rechazar que una religión, una nacionalidad o una comunidad entera sea convertida en una sospechosa permanente.

Porque la responsabilidad siempre es individual. Quien mata, quien agrede, quien siembra el terror debe responder por sus actos. Nadie más.

Las sociedades democráticas se sostienen precisamente sobre ese principio: juzgar a las personas por lo que hacen, nunca por lo que son, de dónde vienen o en qué creen.

Como activista LGTBIQA+, sé muy bien lo que significa que te señalen por pertenecer a un colectivo. Sé lo que supone que se construyan prejuicios sobre personas que ni siquiera conocen. Precisamente por eso no puedo aceptar que el dolor que hoy sufrimos sirva para hacer con otros aquello contra lo que llevamos décadas luchando.

No quiero un mundo donde una persona pueda ser asesinada por ser quien es.

Pero tampoco quiero un mundo donde el crimen de una persona sirva para señalar a millones de inocentes. Eso no es justicia. Eso es sustituir una injusticia por otra.

Hoy toca estar con las víctimas. Con quienes han perdido a un ser querido. Con quienes siguen recuperándose de sus heridas físicas y emocionales. Con quienes salieron a celebrar la libertad y regresaron con miedo. Y mañana seguirá tocando defender una sociedad en la que nadie tenga que vivir con miedo por su orientación sexual, su identidad de género, su religión, su origen o cualquier otra condición.

Porque la seguridad nunca nace del odio. La justicia tampoco. Solo una sociedad capaz de defender con la misma firmeza la dignidad de las víctimas y la igualdad de todas las personas podrá evitar que el terror consiga aquello que siempre persigue: convertir el miedo en odio.

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