Groenlandia, el juguete de Trump
"No es posible que el caprichoso Trump consiga su juguete territorial, pero tampoco este asunto debería ser la causa de una ruptura a gritos de la comunidad atlántica".
El valor estratégico de Groenlandia ha variado radicalmente con el calentamiento global. Hasta que se materializó la tesis del cambio climático, que ya no es controvertible, aquella isla cubierta en más de un 90% de hielos perpetuos y de una dimensión que cuadruplica la de la Península Ibérica y que apenas alberga a 57.000 habitante era poco más que una curiosidad geográfica, que por azares geopolíticos pertenecía a Dinamarca.
Según la historia, entretejida en este caso de diversas leyendas, la isla ha estado asociada con Escandinavia y con Islandia desde hace mas de un milenio, A principios del siglo XVIII, Hans Egede -misionero luterano noruego- restableció el contacto con Groenlandia, pasando a depender de Dinamarca en 1814, tras la disolución del Reino de Dinamarca y Noruega. Desde la promulgación de la Constitución de Dinamarca de 1953, Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca con una relación conocida como Rigsfællesskabet ('Mancomunidad de la Corona'). En 1979, Dinamarca le otorgó la autonomía, en 1985 la isla se escindió de la Unión Europea y en 2008 el gobierno danés transfirió la mayor parte de las competencias al gobierno local groenlandés, dejando a la metrópoli el cuidado de los asuntos exteriores, la seguridad y la política financiera. Copenhague concedió a Groenlandia un subsidio anual de 633 millones de dólares, en torno a 11.300 dólares per cápita, suficientes para mantener la sanidad y la educación gratuitas -esta en el idioma autóctono- y los restantes servicios públicos, todo lo cual otorga a los isleños un nivel de vida digno.
El cambio climático, que es reconocidamente progresivo, incrementará como es lógico la habitabilidad de la isla, pero sobe todo su accesibilidad ya que el deshielo ha abierto nuevas rutas marítimas hasta ahora prácticamente inviables. Por ejemplo, la ruta que va desde China por el Pacífico y el Ártico hasta el Atlántico y Europa occidental es casi un 40% más corta que la que pasa por Suez y el Meditérráneo. En octubre del año pasado, China logró un avance histórico en el comercio marítimo global tras completar con éxito la travesía de su carguero ‘Istanbul Bridge’ a través del Ártico, sin necesidad de rompehielos, reduciendo a la mitad el tiempo habitual de transporte y abriendo una nueva etapa para las rutas internacionales.
El deshielo del Ártico no solo impulsará la actividad económica en Groenlandia, rica en petróleo y en toda clase de minerales, incluidas las tierras raras, sino que vivificará la Siberia rusa, hoy prácticamente deshabitada en gran parte. En definitiva, los Estados Unidos quedan aprisionados por la posibilidad de acceso a su flanco septentrional que logran las dos grandes potencias asiáticas, China y Rusia. Es, pues, lógico que Washington haya entendido la necesidad de ejercer el control sobre esta vasta extensión del globo. Y no ha sido Trump el primero en darse cuenta de ello: al terminar la II Guerra Mundial, EEUU propuso a Dinamarca pagarle 100 millones de dólares en oro (unos 13.000 millones de dólares de 2026), por Groenlandia, pero el Gobierno danés declinó la oferta. El 30 de marzo de 1867, Estados Unidos compró Alaska a los zares por 7.200.000 dólares de la época…
El interés estratégico de Washington es, en fin, comprensible, a pesar de que los EEUU ya tienen una base militar en la isla, la de Pituffik, tras la firma de un tratado con Copenhague de 1951 que contempla la construcción de otras instalaciones militares para controlar el Ártico. Y la geografía, que siempre pesa más que la historia, da razones a este afán americano. Máxime cuando los groenlandeses tienen reconocido constitucionalmente el derecho de autodeterminación.
Según datos aportados por Ignacio Cembrero, los partidos groenlandeses aspiran a la independencia de Dinamarca, algunos rápidamente, como Naleraq, y otros más despacio, como el socialdemócrata Inuit Ataqatigiit o los conservadores de Demokraatit. Los sondeos arrojan una mayoría a favor de la independencia que oscila entre el 56% y el 84% de la población. Pero este porcentaje se desploma cuando se pregunta a los encuestados si estarían dispuestos a perder poder adquisitivo con tal de ser independientes. Por lo demás, solo un 6 % son partidarios de integrarse en EEUU y un 9% se muestra indeciso, según un sondeo reciente publicado por los diarios Sermitsiaq y Berlingske.
En estas circunstancias, los Estados Unidos podrían plantearse pacíficamente incrementar su influencia de acuerdo con sus intereses sin humillar a Dinamarca mediante exigencias inaceptables que, entre países civilizados, solo pueden entenderse por el influjo brutal de este personaje atrabiliario y maleducado que es Donald Trump. De común acuerdo con Dinamarca, se podría pactar un estatuto para Groenlandia que satisficiera los deseos de independencia de los isleños, planteara el progreso material y el desarrollo de la isla y colmara las necesidades de seguridad de Norteamérica y de todo el Occidente. Por ejemplo, introduciendo Groenlandia en la OTAN.
Por fortuna, el régimen americano sigue siendo democrático y a Trump solo le quedan algo más de dos años de mandato, sin posibilidad de renovación (a menos que viole la Constitución americana), y en todo caso su provecta edad impide imaginar una larga estancia del autócrata en el poder. Con cualquier otro mandatario, como todos los predecesores de Trump del último siglo, el problema de Groenlandia ni siquiera se hubiera planteado en esos términos desabridos. Por todo ello, la Unión Europea, que lógicamente arropa a Dinamarca (con más perplejidad que decisión, bien es cierto), haría bien dando largas al asunto todo lo posible y planteando fórmulas intermedias que no generen más fracturas en esta resbaladiza realidad que llamamos Occidente. No es posible que el caprichoso Trump consiga su juguete territorial, pero tampoco este asunto debería ser la causa de una ruptura a gritos de la comunidad atlántica, que bastante tiene con contemporizar con sus grandes rivales.