¿Odiar al odio es también odio?
Lo que hará que el odio, el amor o el miedo sean deseables o indeseables no es la emoción en sí, sino el hecho al que se refieren.

“Enfadarse es sencillo. Lo difícil es enfadarse con la persona adecuada, con la intensidad exacta y en el momento oportuno”. Aristóteles
I. Lo confieso. Llevo años utilizando de forma secreta un truco que me da excelentes resultados. Se resume en un eslogan: “si habla del odio como categoría de análisis político, no te lo folles”. Así de fácil. Si habla del odio como categoría de análisis político, le falta una patatina para el kilo. Pocos detalles son tan reveladores como éste. Si no distingue entre la escala subjetiva sentimental y la escala objetiva política, es un jipi. Que él dirá que es de izquierdas, fijo. Pero de una izquierda que le debe más a Lennon que a Lenin. Si cree que el tema de la política es el amor, a lo mejor está más influido por Lady Gaga que por Hobbes. Por lo que sea. Digo yo. Llámame loco, pero nunca falla: empiezan hablando de discursos de odio y media hora después hablan de energías mentales, mascotas y ayuno intermitente.
II. A ver si lo entendemos. Desde que Darwin publicara en 1872 “La expresión de las emociones en el hombre y los animales”, sabemos que las emociones son complejos sistemas de respuesta corporal que preparan a los individuos para manejarse en el mundo. “Hay un tiempo para amar y un tiempo para odiar, un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz, un tiempo para reír y un tiempo para llorar”, cantaba Pete Seeger. Y todo eso requiere emociones: esperanza, miedo, odio, ira, asco, amor, sorpresa… No hay emociones buenas ni malas. Estaríamos muertos si nos faltara alguna de ellas. Reducir las emociones a la mera sensación agradable o desagradable que nos producen es propio de niños que aún no han aprendido que, nos gusten o no nos gusten, hay que comerse las espinacas porque alimentan.
No existe el odio, sino el “odio a…”. No existe el amor ni el miedo, sino el “amor a…” y el “miedo de…”. Y lo que hará que el odio, el amor o el miedo sean deseables o indeseables no es la emoción en sí, sino el hecho al que se refieren. “La ira es virtuosa”, dice Aristóteles en su “Ética a Nicómaco”, según cómo y a quién se dirija. ¿“All you need is love”? Pues depende de lo que ames, colega. Porque si lo que amas es la pederastia… Personalmente, me siento muy orgulloso de mi capacidad de amar la exposición de Maruja Mallo en el Reina Sofía y mi capacidad de odiar el racismo. Pero vete tú a explicarle esto a un progre, pasmado en su experiencia hedónica infantil, aplastado contra sus sentimientos como una mosca contra un parabrisas, como un dirigente del PSOE contra un argumentario.
III. Y, por cierto, ¿odiar el odio es también odio? ¿Computa como odio en HODIO odiar el odio? ¿Y odiar el odio hacia el odio? ¿Y odiar el odio hacia el odio hacia el odio hacia el odio ad infinitum? No sé si me explico. ¿Al odio hay que odiarlo con todas las fuerzas? ¿O es mejor, bueno, rechazar el odio de una forma amable y suave? Porque si odiar al odio fuera amar, entonces amar sería una forma de odio. Pero si odiar al odio fuera odiar, entonces no habría que odiar al odio, sino amarlo. Pero amar al odio es odiar. Luego, odiar es una forma de amar. Luego, hay que odiar. Luego, no hay que odiar. Luego, hay que amar. Luego, no hay que amar. Luego, hay que amar el odio y odiar el amor. Luego, hay que buscar urgentemente a un barbero cretense mentiroso para que nos afeite.
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