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04/07/2012 10:07 CEST | Actualizado 02/09/2012 11:12 CEST

Rodolfo Walsh, una reivindicación

Escribía para semanarios obreros y publicaciones clandestinas y es considerado el precursor del Nuevo Periodismo, esa corriente ecléctica que se le atribuye a Truman Capote.

La dictadura militar argentina, que tuvo lugar entre los años 1976 y 1983, dejó un reguero de cadáveres, desaparecidos y víctimas, por los que aún hoy, 35 años después, se sigue juzgando a militares como Alfredo Astiz o a dictadores como Jorge Rafael Videla, quienes en el colmo del retorcimiento se siguen declarando "inocentes políticos que contribuyeron al logro de la concordia nacional".

Fueron más de 20.000 las personas desaparecidas o asesinadas por aquellos militares mesiánicos y atroces, entre los que se hallaban numerosos periodistas, escritores e intelectuales. Uno de tantos fue Rodolfo Walsh, que fue abatido en la confluencia de dos avenidas de Buenos Aires el 25 de marzo de 1977, justo un año después del golpe de Estado y tras publicar su demoledora Carta abierta de un periodista a la Junta Militar.

Dependencias de la ESMA, centro de detención clandestina en pleno centro de Buenos Aires. Fuente: Wikicommons.

Entonces Rodolfo Walsh tenía 50 años y hacía tan solo seis meses que su hija María Victoria, apodada Hilda, de apenas 26 años de edad, se había quitado la vida pegándose un tiro en la sien tras un enfrentamiento con más de 150 soldados de la Junta Militar argentina. Con una extraña frialdad impropia de un padre que está contando la muerte de su hija, Rodolfo Walsh había enviado una carta a sus amigos donde relataba cómo María Victoria, militante ferverosa de Montoneros, organización guerrillera de tendencia peronista, antiimperialista y nacionalista, estaba dispuesta a no entregarse viva bajo ningún concepto, aún a pesar de tener un bebé de apenas un año de vida.

En aquel mes de septiembre de 1976, María Victoria llevaba consigo una pastilla de cianuro, algo muy común entre los guerrilleros y paramilitares argentinos, dispuesta a ingerirla en cualquier momento, como había hecho el periodista Paco Urondo, amigo de la familia. Aquella pastilla era vista como un símbolo postrero contra la barbarie. Pero no hubo de utilizarla. Cuando asaltaron la casa clandestina en la que se hallaba, Hilda se defendía desde lo alto de una terraza, y como dejó escrito Rodolfo Walsh, lucía pelo corto, un aspecto enflaquecido y un camisón que le quedaba demasiado grande. Tras estar un buen rato disparando con su metralleta contra los soldados que iban a por ella, acabó por tirarla al suelo, y junto al compañero con quien estaba en la terraza, levantaron los brazos y a voz en grito exclamaron: "¡No son ustedes quienes nos matan, somos nosotros quienes elegimos morir!". Entonces se llevaron las pistolas a las sienes y se quitaron la vida delante de todos los soldados. Al entrar en el edificio, los militares encontraron a la nieta de Rodolfo Walsh, de apenas un año de vida, sentada en su cama, junto a los cinco cadáveres de los guerrilleros que acompañaban a María Victoria.

Este episodio ilustra la tensión y el dolor con que Rodolfo Walsh vivió toda su vida.

Descendiente de una familia humilde de irlandeses, insobornable de carácter, delgado, con el rostro afilado, la frente despejada y gafas de pasta de carey, Walsh se consideraba un guerrillero antes que periodista, y periodista antes que escritor. Lo cierto es que sus reportajes estaban más cerca de la gran literatura que del mero reportaje de actualidad. Su vida como periodista estuvo muy vinculada a su actividad política, quizá en línea con la concepción sartreana del compromiso del intelectual. Fue nacionalista en su adolescencia, peronista en su juventud, montonero en su madurez y defensor a ultranza durante toda su vida del movimiento obrero en su más pura esencia, aquella que anteponía la defensa ecuánime del trabajador sin verse en la obligación "de optar entre la barbarie peronista y la barbarie revolucionaria".

Rodolfo Walsh, que escribía para semanarios obreros y publicaciones clandestinas, es considerado el precursor del Nuevo Periodismo, esa corriente ecléctica que se le atribuye a Truman Capote, y lo cierto es que Operación Masacre fue escrita nueve años antes que A sangre fría. Pero uno duda de que el escritor argentino aceptase tan alto honor leyendo su epílogo de Operación Masacre, donde desconfía y pone en solfa las posibilidades del periodismo, preguntándose si la sociedad necesitaba enterarse de cosas como las que él denunciaba. Escribía: "Aún no tengo una respuesta. Se comprenderá, de todas maneras, que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, en todas esas palabras, y finalmente en lo que una vez fue mi oficio (el periodismo), y ya no lo es".

Algunos de los integrantes del grupo que lo asaltaron en plena calle, justo el día después de publicar su famosa Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, aseguran que Rodolfo Walsh se parapetó tras un árbol, enarbolando una pistola Walther de calibre 22, y que no dejó de disparar hasta que fue herido de muerte. Por lo visto, su cuerpo fue exhibido a los secuestrados del campo de concentración de la ESMA, donde ocurrían los más siniestros y cruentos crímenes de Argentina. Pero esto pertenece ya al terreno de la ficción o, al menos, al más difuso de la probabilidad, puesto que el cadáver de Rodolfo Walsh nunca apareció. Lo que sí es cierto es que murió como lo había hecho su hija, luchando por defender a su país de la barbarie y la degradación moral.

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