Ainhoa, ganadera con 380 vacas: "El relevo generacional no existe porque esto es un trabajo esclavo. Y yo no quiero que mis hijos vivan como yo"
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Ainhoa, ganadera con 380 vacas: "El relevo generacional no existe porque esto es un trabajo esclavo. Y yo no quiero que mis hijos vivan como yo"

Produce 6.000 litros de leche al día, gasta 1.000 euros en gasoil en dos semanas y teme otra crisis como la de Ucrania: "La gente paga 1,19 por un litro, pero no sabe lo que cuesta producirlo"

Una profesional de la ganadería con una tableta, en una imagen de archivo.Getty Images

Ainhoa Labaka no habla desde un despacho ni desde una teoría. Habla desde una explotación ganadera en Zizurkil, desde un caserío en el que cada día empieza temprano y termina tarde, si es que termina. Allí, junto a su padre y su hermano, gestiona 380 vacas, 160 de ellas en producción, y sostiene una rutina que no entiende de pausas.

"El relevo generacional no existe".

No es una frase lanzada al aire. Es la conclusión a la que llega después de años viviendo un trabajo que no se puede apagar. Porque en el campo no basta con querer quedarse: hay que poder hacerlo.

Una vida sin pausa

En el caserío Ugarte producen unos 6.000 litros de leche al día. Una cifra que depende de todo: del estado de las vacas, de las enfermedades, de la alimentación o incluso de decisiones sanitarias que llegan sin avisar. Hace unas semanas tuvieron que vacunar a todo el ganado contra la dermatosis nodular y la producción bajó.

Más costes, menos ingresos. "No es un trabajo duro, es un trabajo esclavo".

La diferencia, explica, está en que no hay desconexión. Las vacas comen todos los días, se ordeñan todos los días y necesitan atención constante. No hay fines de semana ni festivos que valgan.

Y, además, cada vez cuesta más sostenerlo.

El impacto de la guerra

"Ya empezamos a notar los efectos de la guerra".

Ainhoa lo explica con cifras muy concretas. El gasoil se ha disparado, el maíz ha subido entre 20 y 30 euros por tonelada, la soja también se encarece y el transporte se complica. En solo dos semanas han gastado 1.000 euros en combustible.

Y eso es solo el principio.

El recuerdo de 2022 sigue muy presente. Entonces, la guerra de Ucrania provocó una subida de costes que puso contra las cuerdas a muchas explotaciones. Ahora, el miedo es que la historia se repita, con un contexto aún más incierto.

"No se paga lo que cuesta producir".

"La gente compra un litro de leche por 1,19 euros… pero no sabe lo que cuesta producirlo". Detrás de ese precio hay alimentación del ganado, combustible, veterinarios, maquinaria, mantenimiento de instalaciones y una inflación constante que no siempre se traslada al consumidor. El margen se reduce, pero el trabajo sigue siendo el mismo. O más.

De otra vida… al caserío

La historia de Ainhoa tampoco es la de alguien que no conociera otra vida. Durante años trabajó como auxiliar de enfermería en un centro odontológico. Tenía estabilidad, horarios definidos y un entorno completamente distinto.

Pero decidió volver.

"Quería otra cosa. Quería formar una familia".

Su padre le ofreció quedarse en el caserío y aceptó. No por tradición, sino por elección. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa elección ha ido cambiando de matices.

"No quiero esto para mis hijos"

"No quiero que mis hijos vivan como yo". La frase pesa más que cualquier dato. Porque no habla solo de un caso concreto, sino de un problema estructural. Cuando quienes están dentro del sector dudan en recomendarlo, el relevo deja de ser una opción natural.

Y pasa a ser una incógnita.

En Euskadi hay miles de explotaciones ganaderas, pero cada vez menos jóvenes dispuestos a asumirlas. No es solo una cuestión económica, aunque influye. Es también una cuestión de vida: conciliación, estabilidad, capacidad de parar.

Porque aquí no se para.

Un sector en equilibrio

El sector intenta adaptarse. Surgen cooperativas, servicios técnicos, asesoramiento, estructuras que buscan dar apoyo integral a las explotaciones. Todo suma, pero no siempre compensa el desgaste.

Mientras tanto, la incertidumbre sigue creciendo. Más costes, más presión, más dependencia de factores externos que no se controlan. Y una sensación cada vez más extendida. "Así es muy difícil que alguien quiera quedarse".

Lo que ocurre en el caserío de Ainhoa no es una excepción. Es un reflejo de algo más amplio. Un sector que sostiene parte de la alimentación diaria, pero que vive en equilibrio constante.

Un equilibrio que, cada vez más, depende de decisiones que se toman muy lejos del campo. Y que acaban llegando, tarde o temprano, a cada litro de leche.

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Soy redactor de actualidad en El HuffPost España. Mi objetivo es que no te pierdas nada, sea la hora que sea, estés despierto o dormido.

 

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Lo hago desde una perspectiva informativa, sin perder esa mirada crítica con la que aportar algo diferente a lo habitual.

 

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Creo que soy periodista desde que nací, o eso dice mi madre. Desde ese momento hasta ahora han pasado muchas cosas. Soy de Azuébar, un pueblecito de apenas 300 personas del interior de Castellón y, aunque estudié, entre en mi querida ‘terreta’ (Grado en Periodismo por la Universitat Jaume I) y Salamanca (Máster en Comunicación e Información Deportiva por la Universidad Pontificia de Salamanca), aprendí la profesión en la Agencia EFE, donde cubrí los Juegos de Río 2016, los de Tokio 2020, los de París 2024, así como también los Juegos Olímpicos de Invierno de Pieongchang 2018 y de Pekín 2022. Además, cubrí los Mundiales de fútbol de Rusia 2018 y Qatar 2022.

 

Por otra parte, abrí una extensa etapa como autónomo en la que he colaborado con ‘El Independiente’, el ‘Playas de Castellón, la ‘Revista Volata’, ‘Súper Deporte’, ‘Yo Soy Noticia’ o ‘Ciclo 21’, antes de aterrizar en el Huffington Post. 

 

Si alguna vez me necesitas y no me encuentras, búscame en una pista de tenis. Te puedo recomendar la mejor novela negra de cada país y hablar durante horas del cine de los 80 y 90. Ah, por cierto, acierto todas las preguntas naranjas del Trivial. 

 


 

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